Dolor, rabia y deseos de venganza en Puerto Hurraco: «¡Asesinos! ¡Hay que colgarlos!» – Archivo ABC

Antonio Cabanillas es reducido por la Guardia Civil tras intentar entrar al Juzgado con un cuchillo - Juan José Fernández
Antonio Cabanillas es reducido por la Guardia Civil tras intentar entrar al Juzgado con un cuchillo – Juan José Fernández

El enviado de ABC describió la tensión, el ambiente, el agobiante calor, los gritos, los llantos y, sobre todo, el aire de revancha que se respiraba en el pueblo esos días

«Si hubiéramos de sintetizar en una sola frase las situaciones vividas ayer en Puerto Hurraco, habría de ser la siguiente: «demasiado fuerte«. Sí, demasiado fuerte por la tensión, por el ambiente, por el agobiante calor, por la tragedia, por los gritos, por los llantos y, sobre todo, por el aire de venganza». Ese era el ambiente que se respiraba en este pueblo de Badajoz en los días siguientes a la matanza que conmocionó a toda España hace 30 años.

El 26 de agosto de 1990 Emilio y Antonio Izquierdo se despidieron de sus hermanas Ángela y Luciana en su casa de Monterrubio de Serena, armas en mano, diciéndoles que iban a «cazar tórtolas», pero los «Pataspelás», como eran conocidos, se dirigieron a Puerto Hurraco y dispararon indiscriminadamente contra los vecinos que tomaban un refresco en la terraza de un bar o charlaban en las puertas de sus casas. Era su venganza contra la familia rival de los Cabanillas, los llamados «Amadeos», por la muerte de su madre en un extraño incendio ocurrido seis años antes. Y la explosión del odio acumulado durante tres décadas por las lindes de unas tierras. «Ahora que sufra el pueblo, como yo he sufrido durante todo este tiempo», dijo Emilio tras su detención al día siguiente en un monte cercano por miembros de la Benemérita, tras un espectacular despliegue en el que intervinieron más de doscientos agentes. Y Antonio remachó: «Si no nos hubieran detenido habríamos vuelto al pueblo a dispararles durante el entierro de los muertos».

El periodista Ricardo Domínguez, enviado por ABC a esta pedanía pacense, estuvo presente en los entierros de las víctimas y contó cómo si durante la jornada del lunes se había dejado entrever en la población una mezcla de dolor y de revancha, el martes los ánimos parecían más templados, pero «no estaban exentos de una brutal carga de odio hacia todo aquello que recordase a la familia Izquierdo», escribió. El odio había salido a relucir una vez más en Puerto Hurraco y «se vivía sobre una especie de polvorín al que poco a poco se le acerca una cerilla encendida».

Escenas de dolor en el entierro por las víctimas de la matanza+ info
Escenas de dolor en el entierro por las víctimas de la matanza – Juan José Fernández

Desde primera hora de la mañana se habían ido formando corrillos en el pueblo. No se hablaba de otra cosa. Por la calle principal, la de la Carrera, donde se produjo la matanza, apenas se podía dar un paso. Todos aguardaban pacientemente la llegada de los coches mortuorios con los restos mortales de Manuel Cabanillas, Reinaldo Benítez y de la niña Antonia Cabanillas, de 14 años.

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En el número 67 de la calle del Chorrillo, en la casa de la familia Cabanillas, se había velado durante toda la noche el cadáver de la pequeña Encarnación, de 13. «La puerta de la casa, abierta de par en par, deja entrever un largo y amplio pasillo en el que se encuentran sentadas numerosas mujeres que, como plañideras, no cesan de gemir. A veces ese sordo llanto se quiebra por los gritos de la madre o una de las hermanas de las fallecidas que, además de insultar a la familia Izquierdo, la tachan de criminal y de asesina», narró el enviado especial de ABC.

La llegada del coche fúnebre a la calle del Chorrillo con el ataúd de Antonia fue un momento de «auténtica congoja, alaridos, empujones, chillidos y … una vez más, nuevos insultos». Domínguez contó que toda esa tensión dramática aún empalideció cuando a los familiares de las niñas difuntas se les ocurrió abrir el ataúd y abrazarse uno a uno a la fallecida antes de echar a andar camino del cementerio. «¡Fue aquí, aquí!», gritó el hermano mayor de las niñas al pasar por el lugar donde fueron alcanzadas por los balazos.

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Mientras, en las puertas de los juzgados de Castuera donde comparecían los hermanos Izquierdo, un gentío les recibió con insultos y gritos de «¡asesinos!» y «¡hay que colgarlos!». Fue necesario un amplio dispositivo de seguridad para evitar un linchamiento.

En Monterrubio de la Serena, donde residía la familia Izquierdo, algunos vecinos ya apuntaban a una posible implicación de las hermanas, que pudieron haber influido en Emilio y Antonio para que llevaran a cabo la matanza. Decían a ABC que Luciana y Ángela solían insultar con frecuencia a la Guardia Civil desde los balcones de su casa, pero que los hermanos no habían organizado desórdenes de ningún tipo.

Ricardo Domínguez aún pasó varios días en Puerto Hurraco, relatando en el periódico cómo las manchas de sangre de la calle de la Carrera eran borradas y el pueblo iba recobrando poco a poco la tranquilidad, mientras la Guardia Civil intentaba reconstruir lo más fielmente los hechos. Desde allí siguió también las declaraciones de los acusados y los testigos ante el juez instructor de Castuera.

Especialmente tensa fue la llegada de las hermanas Luciana y Ángela a los juzgados. Habían sido localizadas en la estación de Atocha de Madrid en la noche del miércoles 29 cuando se disponían a tomar un tren rumbo a Badajoz. En el mismo viajaron con ellas dos reporteros de Antena 3 a los que manifestaron que «vamos muertas. Llevamos el estómago revuelto por todo lo que ha sucedido. Quien diga que somos culpables de haber inducido a nuestros hermanos a hacer semejante cosa, que lo diga delante de nosotras, si se atreve». E insistían en que los vecinos les echaban la culpa «porque no tienen temor de Dios».

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«Las mujeres tuvieron que ser protegidas por las Fuerzas del Orden Público ante la multitud de fotógrafos, periodistas y curiosos que se agolpaban ante las puertas del Palacio de Justicia. Hubo insultos, gritos, empellones, codazos… hasta que.., finalmente, los inspectores lograron hacer entrar a empujones a las hermanas Izquierdo para ser presentadas, tras su extrañísima ausencia, ante el juez», relató ABC.

Antonio Cabanillas, padre de las dos niñas asesinadas en Puerto Hurraco, s e presentó en el lugar con un cuchillo oculto entre sus ropas y la gente corrió asustada hasta que fue detenido por la Policía.

Santuario de horror y venganza

«Ya tenemos en España nuestro propio santuario de horror y la venganza. Se alza en Puerto Hurraco y, en breve, puede convertirse en lugar de peregrinaje para todo aprendiz de literato que se precie», opinaba en el periódico Francia & Beltran, criticando el morbo que desató el suceso. Las alusiones al tópico de «la España profunda» se multiplicaron y el académico Francisco Ayala salió al paso en una Tercera.

«Siempre de nuevo, el tópico noventayochista de la España profunda, o si se prefiere, de la España negra, recuelo ya estomagante de la romántica «espagnolade», reflota, sale a la luz pública y produce innegable fruición a los comentaristas cada vez que algún suceso viene a suministrar el pretexto idóneo. Así hemos podido comprobarlo días atrás en el estético regodeo con que los medios de comunicación pública trataban un sórdido episodio sangriento: el crimen múltiple de Puerto Hurraco, ocurrido en casual coincidencia con otros análogos del medio rural, pero también en concurrencia —y disputándose por cierto el espacio en los periódicos— con no menos brutales y obtusos o demenciales hechos sucedidos en otras latitudes, tal, por ejemplo, la matanza de estudiantes en una Universidad de Florida. Pero, según se advierte, sólo las hispánicas «tragedias rurales», y sólo por el hecho de ser eso: rurales, nos mueven a reincidir en el viejo y tan remanido tópico», criticaba Ayala.

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El interés con que se siguió esta tragedia volvió a renacer en 1994, con el juicio a los hermanos Izquierdo. Antonio trató de disculparse, pero Emilio se mostró de nuevo agresivo y los familiares de las víctimas gritaron: «Vamos a la calle, tiene que correr la sangre».

Los dos hermanos habían pasado aquellos cuatro años entre 1990 y 1994 en la prisión de Córdoba, en una misma celda. El periodista Pablo Muñoz contaba que «curiosamente por entonces el hermano mayor se mostraba convencido de su inocencia y de que por tanto no serían condenados. Para él la venganza no era un delito, sino un deber y por ello se sentía diferente al resto de internos, a los que consideraba «más malos».

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Nunca dieron ningún problema en prisión, ni en Córdoba, ni en el centro penitenciario de «El Acebuche», en Almería, donde eran considerados presos modélicos. «Se limitaban a salir al patio de vez en cuando y charlar con algún recluso, sin participar en ninguna de las actividades del centro. Y como siempre bastaba una mirada de Emilio para que su hermano le obedeciera», continuaba Muñoz.

Emilio murió de un infarto en la cárcel de Badajoz en 2006 y Antonio no volvió a abrir la boca desde entonces. El 25 de abril de 2010, el mismo día en que podría haber salido de la cárcel de no habérsele aplicado la «doctrina Parot», se ahorcó en su celda del módulo de enfermería. Con su suicidio se cerraba la última página de este infausto crimen.

Un pueblo en busca de olvido

En agosto de aquel mismo año, dos redactores de ABC regresaron a Puerto Hurraco, un pueblo que veinte años después seguía luchando para sobrevivir a los clichés. «Tras sus respectivas tragedias, los vecinos debieron soportar una doble ración: superar la violenta pérdida de un familiar o amigo y borrar del imaginario popular la desagradable e inmediata relación de su pueblo con horribles sucesos», escribieron M. Bianchi e I.M. Prada.

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«Todo aquello quedó en el recuerdo, pero no en el olvido», les decía Manuel Benítez, vecino de Zarautz (Guipúzcoa) pero originario de Puerto Hurraco, que se encontraba en el pueblo de vacaciones cuando ocurrió la matanza. «Han pasado los años. De esa familia están todos liquidados. Las heridas solo se abren una vez año con una mención especial a los muertos el día de la Misa Mayor», decía

«En el pueblo no se habla para nada de aquel episodio. Sólo de puertas para adentro y cuando vienen periodistas, que lo hacen a menudo», apostillaba Blanca, otra vecina de 18 años.

Nadie parecía acordarse del vigésimo aniversario de la matanza, aunque Josefa, de 58 años, se mostraba aliviada porque «afortunadamente, todos los Izquierdo se han muerto».

Origen: Dolor, rabia y deseos de venganza en Puerto Hurraco: «¡Asesinos! ¡Hay que colgarlos!» – Archivo ABC

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