26 febrero, 2024

El epicentro del conflicto entre judíos y palestinos: la misteriosa piedra sagrada que oculta un templo de Jerusalén

Incidentes frente al Domo de la Roca en 2004 AGENCIAS
Incidentes frente al Domo de la Roca en 2004 AGENCIAS

El Domo de la Roca, ubicado en el Monte del Templo o Explanada de las Mezquitas, es sagrado para ambas culturas desde hace dos mil años

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Octubre de 2014, hace un suspiro, trajo de la mano una serie de revueltas en el casco viejo de Jerusalén. El 13, día de mala fortuna, el ejército israelí se lanzó de bruces contra un grupo de jóvenes palestinos que, según el Mossad, se preparaba para generar el caos. Lo más llamativo fue el improvisado ‘ring’ en el que se produjo la refriega: la Explanada de las Mezquitas o Monte del Templo –el nombre que le dan, de forma respectiva, musulmanes y judíos–. El enclave es todavía uno de los más sagrados de la urbe. No en vano acoge el conocido como Domo de la Roca, un templo de cúpula dorada que esconde en su interior la piedra sobre la que, según una y otra religión, Mahoma ascendió al séptimo cielo y Abraham estuvo a punto de asesinar a Isaac.

Lugar santo

El origen del templo está ligado de forma íntima con el alumbramiento de la ciudad santa. Fernando Cisneros sostiene en ‘The Dome of the rock: ideology beneath the simbol‘ que la urbe fue poblada en sus inicios por el pueblo jebuseo. Según los textos bíblicos, los hebreos intentaron acabar con ellos, pero les fue imposible: «A los jebuseos que habitaban en Jerusalén no pudieron exterminarlos los hijos de Judá, y así el jebuseo prosiguió habitando Jerusalén con los hijos de Judá hasta el presente». Aquella mezcolanza de sociedades fue la que se asentó de forma definitiva en la zona y asoció el monte Moriah con un lugar sagrado.

La frontera entre la realidad y el mito bíblico es difusa, pero parece que, para ellos, «la cima del monte representaba un emplazamiento sacro, el cual corresponde a una roca sagrada, un ‘betilio’, la piedra fundacional, el ‘omfalós’ u ombligo del mundo». Aquel santuario estaba formado por una infinidad de elementos entre los que destacaba la mencionada roca, un árbol, una fuente y una cueva. También había un templo «donde se efectuaba el banquete ritual posterior a los sacrificios, lo que constituía un sitio de devoción cultural para los semitas». Esa acrópolis sagrada es la misma donde, en la actualidad, se levanta la cúpula dorada, corazón de la discordia entre las tres culturas.

Con el paso de los siglos, la acrópolis contó con un marcado significado bíblico para los hebreos y cristianos. La tradición judaica sostiene que fue en esa roca en la que Yahvé pidió a Abraham que sacrificara a su hijo, Isaac, para demostrar su fe. La historia, más que popular a nivel social, se halla descrita en el ‘Génesis’: «Inmediatamente sacó un cuchillo para matar a su hijo. Pero el ángel del Señor llamó a Abraham desde el cielo diciendo: ‘¡Abraham! ¡Abraham!’. Y Abraham respondió: ‘Aquí estoy’. Luego, el ángel dijo: ‘¡Detente! No le hagas daño al muchacho. No le hagas nada, porque ahora sé que tú respetas y obedeces a Dios. No le negaste a tu único hijo’».

La tradición bíblica es esquiva y difumina la realidad. Según las crónicas, fue el rey Salomón –quien vivió presuntamente entre los años 966 a.C. y el 926 a.C.– el que ordenó construir un templo en aquel monte para crear un nuevo lugar de culto y albergar una infinidad de reliquias: desde el Arca de la Alianza, hasta la misma roca fundacional. El teólogo Mark S. Kinzer desvela en ‘Jerusalén crucificada, Jerusalén resucitada‘, que «Salomón comenzó a edificar la casa del Señor en Jerusalén, en el monte Moriah, donde el Señor se había aparecido a su padre David, en el lugar en el que este había designado».

En ‘Historia verdadera y sagrada del rey Salomón’, el editor del siglo XVIII Manuel José Martín describe hasta el mínimo detalle de este templo, aunque atendiendo siempre a las sagradas escrituras. Afirma, por ejemplo, que «todas las piedras que componían el magnífico edificio eran de mármol, trabadas con hierros muy fuertes», que cada pieza era descomunal, que sumaba «2.224 ventanas» y que las rejas, según Josefo, eran de oro. La opulencia no tenía parangón, en palabras del autor: «El suelo y las paredes estaban cubiertas de tablas de cedro y abeto, y estas de láminas de oro, clavadas con clavos de oro de 25 onzas, engarzadas las cabezas con piedras preciosas».

Maqueta del segundo templo de Jerusalén ABC

El templo se mantuvo en pie hasta que, en el siglo VI a.C., cuando el rey babilónico Nabucodonosor II tomó la ciudad tras un largo asedio. Según explica Simon Sebag Montefiore, que estudió historia en el Gonville and Caius College en Cambridge, en el ensayo ‘Jerusalén, la biografía’, el monarca no tuvo piedad ni con los ciudadanos, ni con los edificios: «Deportó a 20.000 judíos a Babilonia. Un mes más tarde, ordenó a su general hacer desaparecer la capital y las construcciones». Entre ellas se hallaba el enclave alzado por Salomón, que fue destruido y saqueado. «Prendieron fuego a tu santuario», lamentaba el salmo 74. Todas y cada una de las piedras del edificio cayeron colina abajo, para humillación de los judíos.

La zona continuó de esta guisa hasta que arribó el judío Zorobabel, en el siglo VI a.C., cuando la urbe se hallaba bajo soberanía persa. Este personaje bíblico, líder de los hebreos exiliados, se hizo con todo tipo de riquezas y reconstruyó el templo en el 515 a.C. Los autores, historiadores y teólogos son esquivos en este punto. Algunos sostienen que, según la tradición, aquella roca sagrada quedó bajo el edificio; otros tantos, que se hallaba en el monte; y los últimos, niegan su existencia. Vaya usted a saber. Lo que sí está claro es que este nuevo lugar santo terminó hecho añicos después de la revuelta que los hebreos protagonizaron contra Roma en el siglo I d.C.

Legiones y cristianismo

Poco duró la revolución. Desde la ‘urbs eterna’ arribaron varias legiones para acabar con ella. Y, al acceder a la ciudad, Tito Flavio Vespasiano se vanaglorió de que un poder divino había permitido a Roma vencer aquella resistencia. «Hemos luchado con la ayuda de Dios y es Dios el que ha expulsado a los judíos de estas fortalezas», afirmó. Poco después, el templo de Jerusalén comenzó a arder. Los historiadores coinciden en que fue provocado por los militares. Sin embargo, el historiador Flavio Josefo sostuvo después que, aunque había sido un soldado el que había extendido las llamas, el general había ordenado expresamente que no se atacara este edificio.

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Aún destruido, el templo permaneció en la mente de los judíos. Para ellos, su emplazamiento, huérfano de edificio, era todavía el ‘axis mundi’, el ‘punto más alto’ o el ‘ombligo de la Tierra’. El enclave permaneció virgen hasta el 130, cuando Adriano se propuso levantar una nueva ciudad sobre aquel monte: la Aelia Capitolina. Aunque esta quedó en ‘stand by’ por diferentes causas. Al final, fue en el año 330 cuando Flavia Julia Helena, madre del emperador, arribó a la ciudad santa y agitó la sociedad de la época al afirmar que había hallado la cruz del salvador en ella. «Casi inmediatamente se inició la construcción del complejo del Santo Sepulcro, la basílica de la Natividad en Belén y la Eleona en el Monte de los Olivos», sostiene Cisneros.

Durante los siguientes tres siglos, el cristianismo insistió en que debía reinar la devastación sobre el viejo templo. En palabras del experto español, «como el emblema de la desgracia del culto de la llamada ‘antigua alianza’». Pero Cisneros va más allá. En su texto mantiene que, por un lado, los hombres de la cruz sentían «repugnancia» hacia los enclaves consagrados a los dioses paganos. Por otro, «desarrollaron la estrategia de sobreponer la devoción cristiana sobre los sitios de culto de los dioses anteriores». En la práctica, prohibieron el rezo en aquella zona, salvo una vez al año, cuando se permitía a los judíos ungir la roca fundacional y, tal y como recogían las escrituras, «lamentar su suerte rasgando sus vestiduras antes de irse».

Domo de la Roca

En el siglo VII aquella colina, más conocida por entonces como ‘quadra’, era todavía un lugar de tensión entre cristianos y judíos. Los primeros obviaban los restos del templo; los segundos, por su parte, estaban convencidos de que tarde o temprano se produciría su reconstrucción. Cuando el Islam conquistó Jerusalén en el 637 d.C. a los bizantinos todo cambió. El califa Omar planteó la necesidad de erigir un lugar para la oración de los musulmanes…. y escogió el monte por su valor simbólico. «El califa comenzó él mismo a escombrar el espacio donde realizaría el rito, lo que constituía un acto simbólico notable», explica Cisneros.

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La primera mezquita construida al sur de la explanada fue definida por un cronista del siglo VII como «una casa de oración cuadrada, hecha con grandes trabes y tablones, sobre ruinas; una obra de baja calidad». Fueron los omeyas quienes la sustituyeron por un complejo arquitectónico que se transformó en uno de los mayores y más ricos enclaves de Jerusalén. El califa ‛Abd al-Malik ordenó levantar el actual Domo el año 688. Su construcción finalizó en el 691, aunque un derrumbamiento obligó a reconstruirla en el siglo XI. El resultado, en todo caso, es espléndido: un edificio octogonal coronado con una cúpula dorada y mosaicos de color azul.

tres mujeres palestinas a su paso por el domo dorado del «Monte del Templo» o Explanada de las Mezquitas en la ciudad antigua de Jerusalén ABC

En su interior, además, se esconde aquella roca en la que Abraham habría intentado acabar con la vida de su hijo. Y tiene un porqué. Tras la conquista por parte del Islam, se extendió la idea de que esa piedra fue desde la que Mahoma ascendió a los cielos. Aquello la convirtió en urbe sagrada para esta cultura, como bien explica Thomas A. Idinopulos, autor de ‘Jerusalén, la más santa de las ciudades’: «La leyenda siguió exornando el viaje de Mahoma, después que se hubo completado la construcción del Domo en 691. Mahoma había sido escoltado por el Arcángel San Miguel. […] Finalmente, fue llevado al séptimo cielo, donde Alá lo esperaba para concederle la revelación final».

Desde entonces ha pasado por mil manos. Los cristianos mantuvieron el enclave durante tres siglos cuando conquistaron Jerusalén. Parte de ellos, bajo la protección de los caballeros Templarios, los mismos que hoy piden su regreso al Papa. Además, establecieron el edificio como lugar de peregrinación, lo que provocó que miles de personas se llevaran pequeños trozos de su interior como reliquia. Al final, se construyó una verja para evitar que el Domo fuera expoliado. Saladino, al recuperar la urbe para el Islam, ordenó arrasar todo recuerdo de la Santa Cruz en la zona. Tan solo dejó una cosa: aquella reja. Y tan solo porque le parecía útil. Y así, hasta hoy.

Origen: El epicentro del conflicto entre judíos y palestinos: la misteriosa piedra sagrada que oculta un templo de Jerusalén

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