El olvidado canal de Stalin en el que «50.000 cadáveres siguen mezclados con el hormigón» – Archivo ABC

Trabajos de construcción del canal Belomor, en 1931 - ABC
Trabajos de construcción del canal Belomor, en 1931 – ABC

Belomor se construyó en la URSS en un tiempo récord de 20 meses para unir el Mar Báltico y el Mar Blanco, sin más «maquinaria» que las manos de miles de esclavos procedentes de los gulag

Todo en aquella megaconstrucción ordenada por Stalin fue una locura. El canal Belomor se construyó en tan solo 20 meses sin apenas maquinaria, solo con el trabajo manual de cientos de miles de inocentes encarcelados en campos de concentración rusos. Según los historiadores más ecuánimes, 50.000 murieron para mayor gloria de la URSS, al estilo de los esclavos que erigieron las pirámides de Egipto. Alexander Solyenitsin elevó la cifra a 300.000 en su célebre ‘Archipiélago Gulag’.

El canal se construyó para unir el Mar Báltico con el Mar Blanco, atravesando tres grandes lagos: Ladoga, Onega y Vygózero. Un total de 227 kilómetros de longitud que le hicieron entrar en el ‘Libro Guinness de los récords’ como el más largo del mundo.

Sin embargo, lo más destacable fue, sin duda, el demencial ritmo de trabajo y el sacrificio humano que supuso hacerlo en apenas un año y medio, sobre todo, si tenemos en cuenta que el de Panamá, de 80 kilómetros, se terminó en 28 años, y el de Suez, de 160, en una década.

Stalin no fue el primero en soñar con una Rusia completamente navegable ni el primer dirigente ruso que empeñó su fortuna y sacrificó innumerables vidas humanas en ello, para asegurarse el control del territorio y facilitar el comercio y el transporte entre sus inmensas regiones. Antes fueron el zar Pedro I de Rusia, en el siglo XVII, y los turcos otomanos, que en 1569 intentaron construir un canal que uniera los ríos Volga y Don para que el corazón de Rusia tuviera salida directa al mar Caspio.

El dictador comunista heredó ese proyecto, que se convirtió en el primero de la Unión Soviética que se realizó con mano de obra esclava. Stalin lo puso en marcha en el marco del Primer Plan Quinquenal, que debía colocar al gigante comunista a la cabeza del desarrollo industrial mundial. Curiosamente, quiso lograrlo sin apenas maquinaria, puesto que los obreros-presos tenían que cavar prácticamente con las manos. Solyenitsin, de hecho, cuenta que las principales herramientas eran simples carretillas y unos primitivos carros de madera arrastrados por caballos con los que tenían que desplazar miles de toneladas de tierra, piedras y hielo.

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Reportaje sobre el canal Belomor+ info
Reportaje sobre el canal Belomor – ARCHIVO ABC

La eficiencia de las cámaras de gas

Las obras comenzaron en septiembre de 1931 y acabaron en abril de 1933, bajo la dirección de Naftaly Frenkel. «¿Por qué se eligió justamente el canal de Belomor como primera gran construcción? ¿Se vio impulsado Stalin por urgentes necesidades económicas o militares? Podemos afirmar, con seguridad, que no […]. Lo que necesitaba era utilizar a los presos en cualquier lado para construir alguna obra monumental que devorara muchos brazos y muchas vidas (el sobrante de los kulaks), con la eficiencia de las cámaras de gas pero mucho más barata y que, al mismo tiempo, dejara un imperecedero monumento a su reinado», contaba Solyenitsin.

Según el autor, el canal no era ni urgente ni imprescindible, pero Stalin tenía que convencer de ello a los trabajadores para que dieran el máximo de sí mismos: «Hasta los presos, que morían aplastados bajo la carretilla, debían creer en esa importancia, porque de no ser urgente, los presos no morirían y no dejarían lugar para la nueva sociedad». Los medios, sin embargo, no se correspondían con ese fin: «Los ingenieros dicen: ‘Construiremos en hormigón’. Los chequistas responden: ‘No hay tiempo’. Los ingenieros dicen: ‘Hace falta mucho hierro’. Los chequistas responden: ‘Sustitúyanlo por madera’. Los ingenieros dicen: ‘¡Necesitamos tractores, grúas, máquinas de construcción!’. Los chequistas responden: ‘¡No tendrán nada de eso, háganlo todo a mano!’».

De hecho, el canal comenzó a construirse sin que se hubiera estudiado el terreno. Los presos llegaron, además, mucho antes de que Frenkel y los arquitectos soviéticos hubieran planificado medianamente la obra. Ni siquiera había barracones, ni víveres, ni instrumentos, ni planos en condiciones. Tampoco habían llegado los instrumentos necesarios cuando ya llevaban un mes trabajando, cavando en la roca y en el barro con sus propias manos. «Dicen que el primer invierno, de 1931 a 1932, murieron cien mil personas, tantas cuantas trabajaban allí. ¿Por qué no habríamos de creerlo? Esa cifra más bien nos parece inferior a la auténtica: en condiciones similares, durante la guerra, las muertes en campos de concentración eran del uno por ciento diario como término medio, y eso nadie lo ignoraba», defendía Solyenitsin.

Reportaje sobre el canal Belomor+ info
Reportaje sobre el canal Belomor – ARCHIVO ABC

Sembrada de cadáveres

En ‘Archipiélago Gulag’ se recogía, también, el testimonio del maestro de obras, D. P. Vitkovsky, que salvó la vida de muchos presos al anotarles trabajos que no habían realizado. Sus recuerdos son estremecedores:

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«Al finalizar el día de trabajo, la obra quedaba sembrada de cadáveres. Una fina capa de nieve va cubriendo lentamente sus rostros. Hay quien se acurruca bajo la carretilla volcada, mete las manos en las mangas y allí se congela. Hay quien se queda helado con la cabeza escondida entre las rodillas. Allí hay dos, espalda contra espalda, que quedaron convertidos en un bloque de hielo. Son jóvenes campesinos, los mejores trabajadores que uno pueda imaginar. Los mandan al canal a decenas, a miles, y tratan de que padres e hijos no estén nunca juntos en el campo: los separan. Y desde el primer momento les fijan una norma de producción tan exagerada que ni en verano se podía cumplir. No hay nadie que les enseñe, que los ponga sobre aviso, ellos siguen trabajando a su manera, a lo campesino, sin escatimar esfuerzo; así pronto se debilitan y terminan congelados, abrazados uno a otro. De noche pasan trineos para recogerlos. Los conductores arrojan los cadáveres en el trineo con un sordo ruido de madera. En verano, de los cadáveres que no fueron recogidos a tiempo sólo quedan los huesos, que van a parar, junto con los cantos rodados, a la hormigonera. Ahí están ahora, mezclados con el hormigón de la última esclusa en el Belomor, y ahí permanecerán por los siglos de los siglos».

Stalin realizó un recorrido por el canal y, tras la inauguración el 4 de agosto de 1933, las autoridades organizaron una expedición de 120 escritores que debían cantar la hazaña del trabajo socialista. Como si los cadáveres no estuvieran ahí. Una treintena de estos intelectuales, incluido Maxim Gorki, escribieron un libro colectivo titulado ‘El canal Mar Blanco-Báltico de Stalin’, un texto de 600 páginas lleno de alabanzas a la obra, que incluía a algunos de los autores soviéticos más prestigiosos, así como las fotos de Aleksandr Ródchenko. La obra fue publicada a finales de 1934, pero con la habitual paranoia del genocida, fue retirado de la circulación por después, ya que la mayoría de ellos fueron juzgados como «enemigos del pueblo» y represaliados.

Stalin, en su despacho, a principios de los años 50+ info
Stalin, en su despacho, a principios de los años 50 – ARCHIVO ABC

Reeducación

Los medios informativos le daban casi la misma importancia a su función social, como lugar de reeducación para los descarriados, que al propio canal. Se estableció un sistema de «estímulos al trabajo», que se cuantificaba en las raciones de alimentos y en los permisos para que los familiares mandasen ayuda desde el exterior. Para los que no guardaban la disciplina había también estímulos negativos, como celdas de aislamiento, aunque dadas las condiciones de trabajo es difícil saber qué era peor. Por primera (y única) vez en la historia de los gulag, algunos presos fueron condecorados por su trabajo.

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Al principio, la mayoría de los que trabajaron en la obra fueron presos comunes, pero después, al desencadenarse la gran ola represiva de los años 30, empezaron a llegar cada vez más burgueses y kulaks, es decir, aquellos campesinos que Stalin consideraba, de manera arbitraria, ricos y explotadores. Pero a pesar de todas estas muertes, el canal nunca tuvo una gran importancia desde el punto de vista económico. No fue lo suficientemente grande como para permitir el paso de grandes barcos y, en la actualidad, tan solo se utiliza para el transporte de mercancías en barcazas o troncos.

Lo que sí supuso la construcción del canal Belomor fue un salto cualitativo en la explotación de la mano de obra presa en la URSS, pero no fue ni mucho menos el pistoletazo de salida. Algunos historiadores pretenden todavía que la represión a escala masiva, incluida la explotación económica, empezó con Stalin y no con Lenin, pero la historia de los años 20 en Rusia muestra más bien que el «hombre de acero» expandió algo que ya existía previamente y en cuya creación él desde luego tomó parte. El canal sigue ahí como testimonio de una página histórica rusa que en algunos aspectos no termina de pasar.

Origen: El olvidado canal de Stalin en el que «50.000 cadáveres siguen mezclados con el hormigón» – Archivo ABC

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