El «providencial» descubrimiento de la tumba de San Pedro dos mil años después de su crucifixión

Fotografía entregada por la Oficina de Prensa del Vaticano, en 1998, en la que se muestra una vista parcial del interior de la necrópolis situada en el sótano de la Basílica de San Pedro en el Vaticano

Las excavaciones debajo de la famosa basílica del Vaticano fueron ordenadas por Pío XII en 1941, convencido de que allí se encontraba el enterramiento y los restos del primer Papa de la historia de la Iglesia

Casi dos mil años después de su crucifixión, más de diez años de excavaciones arqueológicas en el corazón del Vaticano, el descubrimiento que muchos historiadores calificaron de «providencial», el posterior traslado en secreto de los supuestos restos del santo y dos décadas más para confirmar su autenticidad. Esa fue la pequeña odisea que vivió la Santa Sede para dar con la tumba y los huesos de San Pedro, el primer Papa, a mediados del siglo XX, en el que puede considerarse uno de los acontecimientos más importantes de la historia de la Iglesia.

‘Pío XII anunció al orbe cristiano el hallazgo de la tumba de San Pedro’, titulaba ABC el 24 de diciembre de 1950. En su discurso de Navidad el día anterior, el Papa explicaba: «El resultado de las excavaciones son de sumo valor e importancia, pero la cuestión esencial es: ¿se ha encontrado realmente la tumba de San Pedro? La conclusión final de los trabajos y estudios responde con un clarísimo sí, se ha encontrado la tumba del Príncipe de los Apóstoles. Una segunda cuestión, subordinada a la anterior, se refiere a las reliquias del santo. ¿Han sido halladas? Al lado del sepulcro se encontraron restos de huesos humanos, los cuales, sin embargo, no se puede probar con certeza que pertenecieran al cuerpo del Apóstol».

Las primeras palabras sobre las citadas excavaciones las había pronunciado Pío XII en 1942, tres años después de que comenzaran los trabajos de saneamiento de las grutas vaticanas bajo la basílica de San Pedro. «Saxa loquuntur!» («¡Las piedras hablan!»), dijo. Estas se habían iniciado con el objetivo de hacerlas más espaciosas y poder abrirlas al público, lo que les obligó a bajar el pavimento del suelo unos 80 centímetros. Sin embargo, durante los trabajos, el 18 de enero de 1941 concretamente, los obreros hallaron por sorpresa la parte superior de un panteón romano del siglo II al que denominaron ‘sepulcro F’ o ‘sepulcro de los Caetenni’.

La extraordinaria importancia de este descubrimiento fue lo que determinó que se comenzasen las investigaciones arqueológicas en busca de la tumba de San Pedro. En el Vaticano suponían que no iba a resultar fácil, puesto que, a lo largo de los siglos, los sucesivos emperadores y Papas habían ido incorporando al lugar donde creían que se encontraba enterrado Pedro altares cada vez más suntuosos. A mediados del siglo XX pensaron que había llegado la hora de comenzar a desenterrar capa por capa en busca de los restos de su primer Pontífice.

Necrópolis del Vaticano bajo la basílica de San Pedro, donde fueron hallados la tumba y los restos del primer Papa  

La tumba de San Pedro

El Papa nombró como director de las mismas al sacerdote Ludwig Kaas, siendo sus principales supervisores sobre el terreno los jesuitas Antonio Ferrua y Engelbert Kirschbaum y los arqueólogos Enrico Josi y Bruno María Apollonj Guetti. Un año después, descubrieron un complejo de mausoleos paganos ubicados bajo los cimientos de la basílica, la llamada todavía hoy necrópolis vaticana, que estaba datada en los siglos II y III. Gran parte de esta se encontraba, efectivamente, destruida por la construcción de la antigua basílica que el emperador Constantino I había ordenado erigir en el siglo IV y que hoy está desaparecida.

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Sobre él se construyó también,en el siglo VII, el monumento del Papa Gregorio Magno, que más tarde quedó encerrado en el altar erigido por el Papa Calixto II en el siglo XIII. Lo que todavía vemos hoy bajo la cúpula de Miguel Ángel se remonta a 1594 y fue construido, a su vez, por voluntad de Clemente VIII. La antigua basílica constantiniana fue a su vez reconstruida por el Papa Julio II a principios del siglo XVI. Así nació la Basílica de San Pedro que se conoce hoy, bajo la cual será enterrado esta semana Benedicto XVI.

Así lo explicaba en ABC el escritor y sacerdote José Luis Martín Descalzo en 1968: «La tumba era uno de los más curiosos documentos arqueológicos existentes: una especie de caja china en la que cada tumba encerraba siempre otra más antigua; así se halló que el gran altar de la Basílica de San Pedro era, en realidad, una funda del que en el siglo XII construyó allí mismo Calixto II. Este, a su vez, encerraba un tercer altar, el construido a fines del siglo VI por San Gregorio Magno. Este altar, una vez más, encerraba dentro un monumento de pórfido rojo construido en el año 315 por el emperador Constantino. En el corazón de este monumento había aún una pequeña ‘edícula funeraria’ erigida en el año 150 para proteger una tumba muy humilde del siglo primero: un simple hoyo en la tierra cubierto por dos grandes tejas rojas».

El Papa Pío XII, durante la década de 1940

¿Los huesos de San Pedro?

Esta tumba, sin embargo, estaba vacía. Todo parecía indicar que a lo largo de los siglos los huesos habían sido guardados en otro lugar por temor a su profanación. Aún así, en un lugar cercano Ludwig Kaas encontró una serie de restos humanos. Enseguida pensó que podrían ser los huesos del apóstol y, preocupado porque no fuesen tratados con el respeto que merecían, decidió trasladarlos a otro lugar dentro de la misma necrópolis sin contárselo a nadie, ni siquiera a sus ayudantes más cercanos. El sacerdote mantuvo la ubicación de las reliquias en el más absoluto secreto.

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Ludwig Kaas murió el 15 de abril de 1952 y se llevó el secreto a la tumba. Pío XII ordenó que el cuerpo de su amigo descansara en la cripta de la misma Basílica de San Pedro, convirtiéndose en el único sacerdote que tiene el honor de descansar cerca del lugar donde se encuentran enterrados todos los papas del siglo XX. Como sucesor fue nombrada la profesora Margherita Guarducci, experta en epigrafía griega y paleocristiana, las cual descubrió los supuestos restos ocultos del apóstol por casualidad, mientras descifraba unos grafitis escritos en uno de los muros hallados.

Una vez traducidos los mensajes junto a los huesos, se llevaron la sorpresa. En estos ponía: «Pedro, ruega por los cristianos que estamos sepultados junto a tu cuerpo» y «Pedro está aquí», además de un monograma que los cristianos primitivos usaban como signo de Pedro, con una ‘P’ y una ‘E’ mayúsculas. Por su parte, el estudio de los huesos, encargado al antropólogo Venerando Correnti, determinó que pertenecían «a la misma persona, un ser robusto, de sexo varón, con avanzada edad, posiblemente de setenta años, y del primer siglo».

Las otras dos conclusiones de Corranti establecían, por un lado, que «los huesos del animal encontrado están prácticamente limpios a diferencia de los restos humanos, pues estos últimos tenían tierra que después de estudiada son de la tumba que estaba abierta y vacía, la misma que habían identificado como de San Pedro». Y, por otro: «Los huesos tienen un color rojo provenientes del paño dorado y púrpura en que el cadáver fue envuelto. Aparte de la tela, hay restos de hilos de oro, lo que nos lleva a pensar que era una persona venerada. Posiblemente, los huesos se retiraron de la tumba original para guardarlos en el nicho y así quedar protegidos, pues este estaba intacto desde Constantino hasta el hallazgo».

Fotografía facilitada por el diario ‘L’Osservatore Romano’, en 2013, con el Papa Francisco (izquierda), junto al cardenal Angelo Comastri, durante una visita no programada del Pontífice a las excavaciones de la necrópolis vaticana, donde rezó ante la tumba de San Pedro EFE

La primera confirmación

Un detalle importante que los arqueólogos tuvieron en cuenta es que no encontraron entre los restos los huesos de los pies. Este hecho reforzaría la tesis de que los restos del cuerpo pertenecían realmente a San Pedro, pues se tiende a pensar que el santo fue crucificado cabeza abajo. Se sabe que la forma de descolgar a estos condenados era cortándoles los pies para que el cuerpo sin vida cayera al suelo.

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En julio de 1968, Pablo VI no dudó en anunciar oficialmente el «feliz acontecimiento del hallazgo de los restos de San Pedro». En la noticia de ABC, publicada el día 27, se recogían algunas consideraciones del Papa al respecto: «No se habrán agotado con esto las investigaciones, comprobaciones, discusiones y polémicas, pero, por nuestra parte, nos parece un deber, según se hallan actualmente las conclusiones arqueológicas y científicas, daros a vosotros y a la Iglesia este anuncio feliz, obligados como estamos a honrar las sagradas reliquias que fueron en un tiempo vivos miembros de Cristo destinados a la gloriosa resurrección».

Y continuaba: «En el caso presente, tanto más solícitos y gozosos debemos estar, pues tenemos motivos para sostener que han sido encontrados los pocos, pero sacrosantos restos mortales del Príncipe de los apóstoles, de Simón, hijo de Jonás, del pescador a quien Cristo llamó Pedro. De aquel que fue elegido por el Señor como fundamento de su Iglesia y a quien el Señor confió las supremas llaves de su Reino con la misión de apacentar y reunir a su rebaño hasta su glorioso retorno final».

Origen: El «providencial» descubrimiento de la tumba de San Pedro dos mil años después de su crucifixión

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