El pueblo de Hispania que prefirió suicidarse y matar a sus hijos a ser derrotado por Aníbal

Si Numancia puso en jaque a la República romana, Sagunto fue el equivalente para Cartago; aunque al final consiguió su propósito, la urbe plantó cara hasta el suicidio al contingente enemigo

Apiano de Alejandría le dedicó varias páginas de su insigne ‘Historia de Roma sobre Iberia’ y, entre otros tantos, Tito Livio hizo lo propio en su extensísima ‘Ab urbe condita’. La toma de Sagunto, en la costa valenciana, allá por el 219 a.C., fue la Numancia del incipiente imperio cartaginés. Durante unos ocho meses, la urbe resistió las acometidas de Aníbal Barca y de su colosal ejército. Pero, a pesar de que, símil futbolístico mediante, los hispanos jugaban en casa, poco pudieron hacer ante el ataque. Tan solo defenderse hasta la muerte y, en última instancia, quitarse la vida para no verse obligados a rendir pleitesía a los conquistadores. Aunque, a pesar de todo, vendieron muy cara la derrota.

La contienda se libró tras la Primera Guerra Púnica y después de que Roma –la republicana, no el Imperio que solemos imaginar– y Cartago firmasen una suerte de pacto de no agresión en la península Ibérica con el Ebro como tierra de nadie. En teoría, traspasarlo significaba iniciar un nuevo conflicto, como bien dejó sobre blanco Apiano en sus escritos: «Ambos llegaron al acuerdo de que el río fuera el límite del imperio cartaginés en Iberia y que ni los romanos llevaran la guerra contra los pueblos del otro lado del río, súbditos de los cartagineses, ni estos cruzaran el Ebro para hacer la guerra». También determinaron que «los saguntinos y demás habitantes de Iberia fueran libres y autónomos». Cosa difícil en mitad de una extensa partida de ajedrez.

Un nuevo jefe

Narran los textos clásicos que los saguntinos, «colonos de Zacinto», vivían «a mitad de camino entre los Pirineos y el río Ebro» cuando Aníbal Barca tomó el poder de los ejércitos de Cartago tras la muerte de Asdrúbal. A pesar de su juventud, menos de una treintena de inviernos, el militar fue alzado hasta la poltrona por sus hombres y, poco después, también por el consejo de su ciudad natal. Con él, solo era cuestión de tiempo que los tambores de guerra llegaran hasta una región, la península, en que los africanos se empezaban a asentar y que Roma miraba de reojo por su cercanía a Italia. Pero con él también arribó una furia militar que sus hombres habían olvidado desde la muerte de su padre. Así lo explicó Tito Livio:

«Cuando había que actuar con valor y denuedo, ni los soldados se mostraban más confiados o intrépidos con ningún otro jefe. Era de lo más audaz para afrontar los peligros, y de lo más prudente en medio mismo del peligro. No había tarea capaz de fatigar su cuerpo o doblegar su moral. El mismo aguante para el calor y el frío; su manera de comer y beber, atemperada por las necesidades de la naturaleza, no por el placer; el tiempo de vigilia y de sueño, repartido indistintamente a lo largo del día o de la noche; el tiempo que le quedaba libre de actividad era el que dedicaba al descanso, para el cual no buscaba ni muelle lecho ni silencio».

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Aníbal Barca
Aníbal Barca

La mayor parte de los autores coinciden en que Aníbal anhelaba una paz con Roma tanto como fallecer en el Coliseo. Su obsesión era la lid; enfrentarse a la República que tanto había arrebatado a Cartago en las décadas previas. Su máxima era que plantar cara a las legiones (y a sus aliados al otro lado del Ebro) le podían reportar dos cosas: la gloria de vencer a Goliat o la de ser muerto a manos del enemigo. En ambos casos, estaba convencido, su premio sería la eternidad. Así que, como diría aquel, solo le quedó iniciar las maniobras políticas y militares necesarias para asaltar una de las ciudades enemigas más poderosas, Sagunto. Valgan las palabras de Apiano:

«Y presumiendo que sería un inicio brillante el cruzar el Ebro, convenció a los turbuletes, que eran vecinos de los de Sagunto, a quejarse ante él de estos últimos sobre la base de que hacían incursiones contra su territorio y les causaban muchos ultrajes. Y ellos le obedecieron. Entonces, Aníbal envió embajadores de estos a Cartago, en tanto que él, en misivas privadas, expuso que los romanos trataban de convencer a la parte de Iberia sometida a Cartago para que hiciera defección de esta, y que los saguntinos cooperaban en ello con los romanos. Y en absoluto desistía de su engaño, enviando muchos mensajes en tal sentido, hasta que el consejo le autorizó a actuar con relación a los saguntinos del modo que juzgara oportuno».

Además del compromiso con sus hombres, no se le puede negar su astucia política. Con el ambiente a punto de ebullición, Aníbal hizo llamar una vez más a los turbuletes «para quejarse de los saguntinos». El plan siguió su curso y el general cartaginés, en un intento de parecer cordial, convocó también a los hispanos de Sagunto para que le expusieran su caso. Pero, como era de esperar, estos remitieron el juicio a la Roma republicana, a la que guardaban lealtad. Las semillas para el conflicto estaban plantadas y solo quedaba sentarse a disfrutar del rápido devenir de los acontecimientos. Pero ni eso esperó Barca y, antes de que el Senado dictase sentencia, cruzó el Ebro con su casus belli bajo el brazo. Los latinos, mientras, dirimían qué diantres hacer ante toda aquella locura.

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Duro asedio

El asedio, futuro desencadenante de la Segunda Guerra Púnica, comenzó en el 219 a.C., dos años después de que Aníbal tomase el mando del ejército cartaginés. Y la ciudad no estaba escogida al azar ya que, como explica Tito Livio, «era la más rica con mucho del otro lado del Ebro, situada a unos mil pasos del mar». O eso esperaban los asaltantes. «Sus recursos, por otra parte, se habían desarrollado en poco tiempo hasta aquel extremo con el producto del comercio marítimo y de la tierra, o bien por el crecimiento de su población, o por la integridad de sus costumbres», dejó escrito el mismo autor. Con su caída, por tanto, el general pensaba obtener una victoria que contentara a los gerifaltes y a la tropa, que podría saquear y rapiñar la urbe hasta reventar.

Si Apiano explicó los tejemanejes políticos de esta guerra a la perfección, Tito Livio hizo otro tanto con el asedio desde el punto de vista militar. En sus palabras, Aníbal se internó en territorio de Sagunto y, después de arrasar todos los campos y las cosechas, atacó la ciudad por tres puntos. Uno de ellos era un enorme muro con una gran torre que, a la larga, se convirtió en una verdadera pesadilla para los cartagineses. Los saguntinos, por su parte, ofrecieron desde el primer momento una resistencia propia de los pueblos hispanos. Hasta tal punto, que hirieron de gravedad al propio general africano. Así lo explica el autor latino en su ‘Ab urbe condita’:

«La juventud más escogida ofrecía una resistencia más enconada allí donde se veía que el peligro era más amenazante. Empezaron por repeler al enemigo con proyectiles, sin dejar que los que realizaban las tareas de asedio estuviesen lo bastante a salvo en ninguna parte; después no solo blandían sus armas arrojadizas en defensa de las murallas y la torre, sino que incluso tenían el coraje para salir bruscamente contra los puestos de vigilancia y las obras de asedio del enemigo […]. Aníbal, al acercarse al muro sin tomar las debidas precauciones, cayó herido de gravedad en la parte delantera del muslo».

Caricatura del juramento que hizo Aníbal a su padre de ser siempre enemigo de Roma
Caricatura del juramento que hizo Aníbal a su padre de ser siempre enemigo de Roma

Durante semanas continuaron las labores de asedio. Se avanzaron los manteletes, se erigieron arietes y, en definitiva, la lucha ganó en intensidad. Tito Livio ofrece aquí la primera cifra de soldados que tenía el ejército cartaginés: unos 150.000 hombres. De ser así, era uno de los contingentes más grandes movilizados desde África en la península. Con esos números huelga decir que era cuestión de tiempo que los enemigos de Hispania destruyeran parte de la muralla y que estos «no dieran abasto para defenderlo todo». A su favor, los de Sagunto tenían la posible ayuda de Roma, pero esa posibilidad se esfumó poco después, cuando el Senado declinó enviarles socorro en forma de legiones. Estaban solos, pero no dispuestos a rendirse.

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Ni las tentativas de paz de Alcón (saguntino) o Alorco (hispano y amigo de ambas partes) sirvieron para nada. Después de un enfrentamiento entre ambos ejércitos a campo abierto en el que los defensores, según Tito Livio, no dieron un solo paso atrás, la situación pintaba dantesca. Los hispanos intentaron levantar una serie de muros en el interior; una suerte de ciudadela que actuara como último baluarte, pero de poco les sirvió. Al final. y siempre en palabras de Apiano, asumieron que todo estaba perdido y actuaron en consecuencia.

En primer lugar, reunieron todas las riquezas que había en la urbe y las destruyeron de una forma muy imaginativa para que no sirvieran de nada al enemigo.

«Los saguntinos, una vez perdida la esperanza de ayuda de Roma, y como el hambre les acuciaba y Aníbal persistía en su asedio continuo, pues como había oído que la ciudad era próspera y rica no relajaba el asedio, reunieron el oro y la plata, tanto público como privado, en la plaza pública por medio de una proclama y lo mezclaron con plomo y bronce fundido para que resultara inútil a Aníbal».

«Las mujeres, al ver desde las murallas el fin de sus hombres, se arrojaron unas desde los tejados, otras se ahorcaron y otras, incluso, degollaron a sus propios hijos»

A continuación, los hombres se aventuraron fuera de las murallas armados para la guerra y, en mitad de la noche, cuando los cartagineses dormían, se lanzaron sobre los puestos de guardia levantados por Aníbal. Fue su última batalla, y la lucharon hasta la muerte. Las mujeres y los niños, por su parte, tomaron una decisión más dura si cabe: quitarse la vida. Aquel fue el último acto de una obra que parece escrita por el mejor autor de teatro, pero tan real como el paso del tiempo. Así explicó Apiano aquellos últimos momentos:

«Las mujeres, al ver desde las murallas el fin de sus hombres, se arrojaron unas desde los tejados, otras se ahorcaron y otras, incluso, degollaron a sus propios hijos. Este fue el final de Sagunto, una ciudad que había sido grande y poderosa. Aníbal, tan pronto como se percató de lo sucedido con el oro, movido por la ira, dio muerte a aquellos saguntinos que quedaban y eran adultos, después de torturarlos, pero viendo que la ciudad estaba a orillas del mar y no lejos de Cartago y poseía una tierra buena, la pobló de nuevo e hizo de ella una colonia cartaginesa. La cual creo que actualmente se llama Cartago «Espartágena»».

Origen: El pueblo de Hispania que prefirió suicidarse y matar a sus hijos a ser derrotado por Aníbal

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