El Rey español que creó la primera red de embajadores en la Europa moderna

Retrato de Fernando El Católico. ABC
Retrato de Fernando El Católico. ABC

Retrato de Fernando El Católico. ABC

Dentro del reparto de poderes acordado entre los Reyes Católicos, Isabel se encargaba de los asuntos peninsulares y Fernando del exterior. El Rey impuso a Castilla la tradicional política exterior de Aragón, esto es, guerra con Francia, alianza con Inglaterra y toda la leña puesta en el Mediterráneo. Su esposa, que prefería desentenderse de los asuntos diplomáticos, bendijo esta estrategia afirmando que «la nación francesa había sido muy odiosa siempre para los castellanos», lo cual pasaba por alto el largo historial de alianzas entre ambos países.

Fernando se valió de sus cinco hijos para entroncar con la casa de Borgoña (lo que significaba también hacerlo con los Habsburgo), la portuguesa de Avis y los Tudor británicos en lo que fue una gran alianza europea pensada para aislar a Francia. Estos acuerdos fueron posibles gracias a un sistema inédito de diplomáticos. El Rey fue un dirigente pionero en el uso de embajadas fijas, cuyos titulares eran seleccionados entre nobles, clérigos y hombres de letras, como los cronistas Alonso de Palencia o Mártir de Anglería, que se podían mover con soltura en casi cualquier lugar del globo.

«Lo que se pueda hacer sin batalla»

La Corona llegó a contar con diplomáticos residentes en Londres, Bruselas, Alemania, Roma, Venecia, Milán, Génova y otras ciudades italianas. El propio Fernández de Córdoba, apodado El Gran Capitán, era antes que un militar un suave diplomático que supo convencer a los líderes italianos de que la política defensiva de los Reyes Católicos no suponía una amenaza para la Península Itálica durante su intervención en Nápoles. «Lo que se pueda hacer sin batalla no se haga con ella», dejó escrito el Rey en su testamento.

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Además de embajadas fijas, los Reyes Católicos enviaron a agentes a misiones tan exóticas como la que protagonizó en 1501 el milanés Mártir de Anglería. El humanista viajó hasta Egipto para hablar con el sultán de los mamelucos, quien, indignado por la persecución a la que estaban sometiendo los Reyes españoles a los musulmanes granadinos, había amenazado con tomar represalias contra los cristianos de Tierra Santa. El agente de los Reyes consiguió apaciguar al sultán y fue recompensado con el cargo de deán de Granada.

Grabado de Mártir de Anglería. ABC

Otro caso excepcional fue el de Catalina de Aragón, hija de los reyes, que dada su situación de indeterminación en las Islas Británicas, viuda del antiguo Príncipe de Gales y prometida del nuevo Príncipe de Gales, fue designada por Fernando como embajadora en la corte de Enrique VII. Esto le dio voz allí donde su suegro no le permitía pasar y, asimismo, la convirtió en la primera mujer diplomática en la Europa moderna. Catalina aprendió a manejarse en el país y el valor de la discreción justo antes de su complicado matrimonio con Enrique VIII.

Fernando ponía un empeño obsesivo en que la comunicación más delicada entre sus agentes diplomáticos y espías se cifrara mediante un avanzado método que utilizaba los numerales romanos y arábigos. Estas innovaciones otorgaban a los Reyes de España una ventaja sobre sus rivales, al tener la corona oídos en todos los rincones de Europa y boca en las principales cortes.

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Sin embargo, nada era suficiente para el Rey, siempre quejicoso con la lentitud en las cartas y lo ineficaz de la burocracia. «Heme maravillado que, estando vosotros ahí, las cosas que me cumpliría saber primero por vuestro aviso, las sé siempre primero por otra vía», protestó en cierta ocasión a sus enviados en Roma. Los embajadores, por su parte, se quejaban del escaso dinero que les destinaba para sus labores, que incluían el participar en las fiestas holgadamente vestidos. La red de embajadores se fue perfeccionando en los siguientes reinados y convirtió a la corte madrileña en la mejor informada del globo.

Origen: El Rey español que creó la primera red de embajadores en la Europa moderna

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