26 febrero, 2024

El Rey español que tuvo cuarenta hijos entre bastardos y legítimos en pleno Siglo de Oro

Retrato de Felipe IV representado como cazador, por Diego Velázquez. ABC
Retrato de Felipe IV representado como cazador, por Diego Velázquez. ABC

La inmoralidad de la España del Siglo de Oro se manifestaba en una sensualidad desenfrenada y en una relajación de las costumbres entre la nobleza

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La adicción al sexo anónimo del Rey Planeta, Felipe IV, hace que incluso hoy se dude sobre el número de hijos que engendró. Entre 32 y 40 legítimos e ilegítimos se mueven las cifras. Lo más sorprendente es que, tal vez el rey que más hijos ha tenido en la historia de España, murió sin ser capaz de dar otro heredero varón que el enfermizo Carlos II, cuya salud no hacía pronosticar un largo o próspero reinado.

El apuesto joven desarrolló su obsesión por el sexo «con los primeros hervores de la adolescencia, cuando cabalgó sin freno por todos los campos del deleite, al impulso de pasiones desbordadas». El Conde Duque Olivares, su principal valido, supo moverse mejor que nadie a la hora de facilitarle el acceso a púberes canéforas.

Cuenta la tradición que en cierta ocasión, el valido condujo a Felipe a casa de la hermosa Duquesa de Veragua, creyendo que su marido estaba fuera de casa, para que el joven hiciera su parte. En tanto, el marido sospechó de los planes del valido y regresó a su morada con intención de matar al noble. Con tan mala suerte que en realidad hirió al Rey en un brazo. Viendo que la vida del monarca estaba en juego, el Conde-Duque reveló la identidad del hombre al que había dañado. Así se salvó el rey español de recibir una cornada mortal, puesto que el Duque de Veragua no era como aquellos maridos sin escrúpulos del periodo que alquilaban a sus esposas a cambio de prebendas.

Con el transcurso de los años, se hizo evidente que Felipe IV era incapaz de gobernarse a sí mismo. La inmoralidad de la España del Siglo de Oro se manifestaba en una sensualidad desenfrenada y en una relajación de las costumbres entre la nobleza. Los jóvenes empezaban a la edad de doce o catorce años a tener una querida, que habitualmente se seleccionaba entre las comediantas y mujeres de vida alegre. Incluso casados, los aristócratas seguían amancebados con mujeres. Las esposas veían con desdén y superioridad a aquellas mujeres destinadas a tan bajos oficios, por lo que ni siquiera las veían como una amenaza. Eso a pesar de que muchas de estas relaciones eran uniones casi tan duraderas como las matrimoniales.

No era éste el caso de las relaciones de Felipe IV. El Monarca se arrejuntaba con mujeres sin necesidad de lazos de cariño ni apenas comunicación previa. Es decir, las relaciones estaban desprovistas de todo elemento afectivo. Los suyos fueron amoríos breves, protagonizados por mujeres de toda clase y condición: casadas o viudas, doncellas, sirvientas, damas de alta alcurnia, monjas y, por supuesto, también actrices. El Rey frecuentaba de incógnito los palcos de los teatros populares de Madrid, como El Corral de la Cruz o El Corral del Príncipe.

El nuevo Don Juan

Allí conoció a una joven actriz llamada María Inés Calderón, a quien apodaban ‘la Calderona‘, que había mantenido relaciones en el pasado con el Duque de Medina de la Torres. De hecho, se dice que el monarca empezó a interesarse en ella cuando este duque presumió en público de una «propiedad oculta» (se entiende que sexual y muy impresionante) poseída por ‘la Calderona’. El Monarca quedó admirado en una obra por los encantos de la joven, con más gracia que belleza; y, con la excusa de felicitarla por su actuación, pidió reunirse en privado con ella. De todas las aventuras fugaces, esta fue la más intensa y la que dio al bastardo más ilustre, «a un hijo de la tierra» (la forma en que se inscribían en el libro de bautizados a los hijos de padres desconocidos).

Contra los deseos de su madre, el niño fue apartado de su lado para criarlo en un ambiente cortesano. El joven demostró en ese ambiente una gran capacidad intelectual y desarrolló habilidades como jinete y espadachín, siendo la mejor opción que se iniciara en la carrera eclesiástica. No obstante, el reconocimiento de su padre cambió el destino del niño. Emulando al bastardo más célebre de la Casa de Austria, el héroe de Lepanto, el niño fue nombrado como Don Juan José de Austria y, al menos durante un tiempo, se le estimó con su talento. En cualquier caso, sus facciones morenas y su supuesto parecido con el Duque de Medina de la Torres suministraron pólvora a las murmuraciones de sus enemigos.

Retrato de Isabel de Borbón, por Rodrigo de Villandrando. ABC

Pocos años después del parto, ‘la Calderona’ reclamó permiso al Monarca para ingresar en un monasterio del valle de Utande, en la serranía de la Alcarria, y abandonar su estilo de vida pecaminoso. Fue abadesa allí entre los años 1643 y 1646. Así solía ser el destino para aquellas mujeres que abandonaban la cama del rey, o para las que, declinando la oferta del monarca, debían refugiarse en el clero de las posibles represalias y de los rumores populosos. Los conventos de España se alimentaban de la fiebre erótica del Rey Planeta y del resto de aristócratas desbocados.

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Entre las andanzas menos discretas de Felipe IV, se citan sus relaciones sacrílegas con las monjas del Convento de San Plácido, en especial con una monja de la secta de los alumbrados llamada Sor Margarita de la Cruz. Entraba y salía del convento como Pedro, que no San Pedro, por su casa. Hasta que un día las propias religiosas decidieron jugarle una mala pasada. Secundado por el Conde Duque y el protonotario Villanueva, el rey dispuso la perforación de un tabique desde la casa contigua al convento. A través del hueco entraron los tres embozados y buscaron a oscuras la celda de Sor Margarita, donde la priora les tenía preparado una emboscada. En la celda se encontraba Sor Margarita tumbada sobre un ataúd, con un crucifijo sobre el pecho, iluminada por cuatro cirios, tal cual se haría de haber muerto horas antes.

El nacimiento de Don Fernando Francisco, fruto de la relación del imberbe Felipe con la hija del Conde Chirel, se registró como el primero y fue un motivo de alegría para el Rey.

Durante su largo reinado solo ralentizó el ritmo de aventuras sexuales al final de su vida, con resultado de una amante por año y entre 32 y 40 descendientes entre legítimos e ilegítimos. Aparte del mencionado Don Juan José, que adquiriría protagonismo político durante el reinado de su padre y más tarde en el de su hermano, algunos hijos naturales del Rey fueron educados en el entorno de la corte y ejercieron puestos de responsabilidad.

El nacimiento de Don Fernando Francisco, fruto de la relación del imberbe Felipe con la hija del Conde Chirel, se registró como el primero y fue un motivo de alegría para el Rey. A su muerte, a los ocho años, su cadáver fue trasladado secretamente a El Escorial y sepultado en el panteón como hijo real. La mayoría llegaron a adultos y entraron en religión o sirvieron en el ejército: hubo entre ellos un par de obispos, una abadesa, un maestre de la Orden de Calatrava y un General de Artillería en Milán.

La sufrida esposa

¿Cómo llevaba Isabel de Borbón, la Reina francesa que la acompañó más tiempo, portar la cornamenta más aparatosa del reino? El Rey trató siempre con respeto y cariño a Isabel, y nunca permitió que sus infidelidades afectaran a la posición de la Reina en la corte, a diferencia de algunos reyes franceses que dieron preeminencia a sus amantes por encima de sus esposas. La hermosa, inteligente y expresiva Isabel sabía que sus encantos eran admirados por el Rey, pese a que su desenfreno sexual le hiciera escabullirse por las noches a probar más mujeres. Tal vez por eso el pueblo adoraba a la francesa, quien desde el principio había intentado adaptarse a las costumbres españolas, toros y comedias incluidos, así como a lo que José Delito y Piñuela define de «diversiones bulliciosas».

Lo que no es probable es que la jovial y abierta Reina le fuera infiel a su marido, pese a lo cual surgieron murmuraciones sobre los galanteos que le destinó el Conde de Villamediana en su juventud. Estando en la plaza Mayor de Madrid, allá por el verano del 1622, el conde salió a rejonear un toro y el público se dio cuenta que por divisa llevaba varios reales de plata con la inscripción «Estos son mis amores», lo que fue interpretado por la muchedumbre como una referencia a la reina. Dado el historial de Felipe no habría estado mal que por una vez le dieran de su propia medicina.

El problema es que los galanteos no fueron correspondidos y, encima, le costaron la vida al conde en extrañas circunstancias. Iba ese mismo año en carroza por la Calle Mayor, estando repletas las calles por ser día festivo, cuando un hombre salió de un portal y se abalanzó sobre Villamediana. El desconocido golpeó al conde con una daga o ballestilla, rompiéndole dos costillas y asomándole por el hombro la punta del acero. La justicia investigó el crimen, uno de tantos atentados en Madrid, pero no pudo hallar al asesino. Esto alimentó las sospechas de que había sido el propio Rey quien lo había mandado eliminar por cortejar a su esposa o, igual de probable, por hacerlo a otra de las muchas amantes reales.

Además, la adicción al sexo anónimo no impidió que Felipe IV cumpliera con los deberes maritales. En total tuvo 13 hijos en sus dos matrimonios. Con Isabel engendró seis hijas y un hijo, de los que solo Baltasar Carlos y María Teresa, futura mujer de Luis XIV de Francia, superaron la infancia. De su segunda esposa, Mariana de Austria, nacieron tres niños y tres niñas, de los que sobrevivieron Margarita María y Carlos II, el que finalmente recibiría la gran Corona.

Origen: El Rey español que tuvo cuarenta hijos entre bastardos y legítimos en pleno Siglo de Oro

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