‘Encamisadas’: las osadas incursiones nocturnas que convirtieron a los Tercios españoles en la pesadilla de Europa

Detalle de un cuadro que representa a los Tercios españoles, de Augusto Ferrer-Dalmau AUGUSTO FERRER-DALMAU
Detalle de un cuadro que representa a los Tercios españoles, de Augusto Ferrer-Dalmau AUGUSTO FERRER-DALMAU

El amanecer exigía sangre y despedía olor a tierra empapada. Era 1575 en Zelanda, en los actuales Países Bajos, durante la Guerra de Flandes, y los Tercios se disponían a dar otro golpe de mano más. Cuentan las crónicas que eran dos millares de voluntarios, «los más españoles, no pocos flamencos, los demás alemanes». Se metieron en el agua «desnudos de armadura y vestidos, menos zapatos y calzoncillos». La mayor parte de ellos, ataviados con una característica camisa blanca, otros, con un trapo del mismo color. Imperaba el sigilo. Al frente iba Juan Osorio Ulloa, sombrero calado y espada en mano. Los brazos estirados, con las armas al cielo, para evitar que se mojasen.

El camino fue penoso. El agua, hasta las rodillas, impedía moverse con soltura a los Tercios españoles. La guinda fue una riada que se llevó la vida de la mitad de ellos, ahogados. Después de atravesar un banco de arena que les obligó a avanzar en fila de a dos, los soldados se encaramaron a un dique y comenzó la fiesta del bronce. La guarnición fue cazada por sorpresa, desprevenida y todavía desperezándose. Fue una masacre al son de ropera y daga de mano izquierda. Aquella ‘encamisada‘, como se denominaba a estos característicos golpes de mano al más puro estilo comando, acabó en un suspiro con la cabeza de puente y facilitó la conquista de la isla. Nada más, y nada menos.

La de Zelanda fue una ‘encamisada’ de manual militar. La única salvedad es que se llevó a cabo a plena luz del día, y no al ocaso, como era aconsejable para desconcertar, todavía más si cabe, al contrario y valerse del abrigo de las sombras. «Eran golpes de mano nocturnos y los soldados, o iban en camisa, o se la ponían por encima del coselete o la armadura para ser identificados en medio de la noche. Aquel furor blanco les distinguía. La esencia era sembrar el terror en las filas del enemigo, en su retaguardia y en sus campamentos. Aunque lo cierto es que hubo tantos objetivos diferentes como ‘encamisadas’ se produjeron a lo largo de los tres siglos de historia de estas unidades».

El que habla es José Luis Hernández Garvi, investigador, escritor y divulgador histórico. Y lo hace sustentándose en el conocimiento que le ofrece su nuevo ensayo histórico: ‘Asedios en la Guerra de Flandes‘, con el que arranca su vida ‘tercios Viejos Editorial’. Los editores prometen uno o dos títulos al año, pero de primera línea. Y por eso han seleccionado esta obra como caballo de batalla. Porque aborda un tema hasta ahora huérfano de bibliografía selecta, porque cuenta con dibujos y gráficos explicativos de un peso pesa del mundillo como Ricardo Sánchez y, por último, porque ha sido apoyado desde su alumbramiento por Melquíades Prieto, con décadas a sus espaldas en estas y otras aventuras libreras.

La clave es que Garvi no se zambulle en los asedios puros y duros. También analiza desde la vida de los soldados durante este tipo de batallas, hasta la ‘encamisadas’ que partían desde el interior de las urbes para tratar de romper los cercos. «Era muy útil para robar munición o enlazar con las fuerzas exteriores», sentencia. Incluso se atreve a comparar estas operaciones con las de las de las fuerzas especiales actuales. «Me gusta decir que la ‘encamisada’ en el antecedente directo de este tipo de misiones. Se seleccionaba especialmente a soldados bregados en el combate más sigiloso», completa. Les debió ir bien ya que, tal y como insiste, «los españoles se convirtieron en especialistas muy temidos por todos los ejércitos enemigos de la Monarquía Hispánica».

Cuesta rastrear el origen y las características de estas operaciones. Garvi sostiene que, aunque es posible que haya antecedentes como las ‘razzias‘ –las incursiones protagonizadas por los musulmanes en la Península Ibérica durante los años de la Reconquista–, fueron los Tercios españoles los que las generalizaron. Expertos como Julio Albi sostienen que formaban parte de la ‘pequeña guerra’, esa que se hacía fuera de los campos de batalla, y que eran llamadas también ‘alboradas’ o ‘trasnochadas’. Lo ideal era ejecutarlas en el cuarto de guardia de la ‘modorra’, pasada la media noche, cuando el enemigo dormía y a sus centinelas les costaba más combatir el sueño. Y lo ideal era que la retirada coincidiera con la llegada del alba, pues la luz permitía a los aliados dar cobertura a sus colegas.

El nombre, como ya se ha reseñado, provenía de la camisa que los soldados se ponían para distinguirse del enemigo. Aunque existe cierto mito entorno a este manido dato. Y es que también se utilizaban para este propósito papeles blancos, servilletas o trozos de tela del mismo color. Valía cualquier cosa. Además, todos estos ardides eran idóneos para que las armaduras no centellearan a la luz de la luna y desvelaran la posición de los asaltantes. Por ello, también se tapaban los yelmos. Todo podía delatar esta acción rápida de extrema violencia, desde el resplandor de la mecha de un arcabuz hasta el jolgorio que formaban los combatientes. Así que el silencio era tan determinante como los ropajes.

Una de las claves de las ‘encamisadas’ era que no estaban regidas por las leyes clásicas del campo de batalla. «No exigía el orden de una compañía de piqueros. El número dependía de las necesidades del momento, de la disponibilidad de hombres… Arriesgarse a dar una cifra exacta no tiene demasiado sentido porque podían variar mucho. Además, se necesitaban soldados muy especializados para llevarlas a cabo, no valía cualquiera. Eso hacía que la cifra fuese reducida. Es probable que fueran todos voluntarios, pero también que los oficiales eligieran a los que creían más capaces o con más experiencia», sentencia Garvi. Las crónicas le sustentan, pues hablan de operaciones de entre medio centenar y miles de hombres.

También existe cierta controversia en torno a si los soldados se sentían cómodos al ejecutar las ‘encamisadas’. Es cierto que no faltaban algunos quisquillosos que las despreciaban por considerar poco honorable acuchillar al enemigo mientras dormía, pero eran los menos. En una época en la que se exprimía el Imperio para conseguir combatientes, reducir el número de bajas era clave para dar oxígeno a la Monarquía Hispánica. «Existen muchos ejemplos que nos confirman que los españoles eran expertos en las ‘encamisadas’. Las practicaban mucho. Y, ante el temor a ser asaltado, el enemigo no podía hacer más que redoblar las guardias», sentencia el autor de ‘Asedios en la Guerra de Flandes’.

Las armas que se utilizaban de forma más habitual eran las alabardas, las espadas y las dagas. A cambio, se desechaban los pesados mosquetes –para los cuales era necesario usar horquillas– y las larguísimas picas. Las predilectas eran las armas blancas. Primero, porque eran más sigilosas, pero también porque eran más fáciles de transportar. «Los arcabuces, aunque se utilizaron en varias ‘encamisadas’, eran más ruidosos en el amplio sentido de la palabra. Sonaban más al ser transportados, al ser montados y al ser disparados. El ruido de la detonación podía poner en alerta a todo el campamento enemigo. También se usaban armas improvisadas. Mazas, garrotes… Cualquier elemento valía», completa Garvi.

Los objetivos de las ‘encamisadas’ eran muchos. Interrumpir el aprovisionamiento enemigo, tomar una posición, romper cercos en los asedios, robar provisiones, favorecer la llegada de suministros, hacerse con municiones, asaltar enclaves de artillería que estuviesen bombardeando una posición concreta… «Muchas veces no hacía falta acabar con los contrarios a sangre y fuego. Valía con sembrar el caos e impedirles dormir; obligarles a estar siempre en alerta. Al final, eran nefastas para la moral contraria», completa el autor. Lo que no se suele explicar es que, a cambio, exigían de un alto grado de preparación. Era obligatorio tener en cuenta desde la meteorología, hasta el tiempo total que se iba a tardar en producirse el ataque.

Dibujos originales de Augusto Ferrer-Dalmau para los bocetos de la estatua de los Tercios que se ubicará en Madrid ABC

Los oficiales que se valieron de la ‘encamisada’ durante los tres siglos en que combatieron los Tercios españoles se cuentan por decenas. Aunque los magos del sigilo y las operaciones de comando fueron muchos menos. Garvi incide en las buenas artes de Julián Romero: «Fue un gran ‘encamisador’, sabía elegir muy bien a los hombres que le acompañaban». El marqués de Pescara fue otro de los más destacados. La campaña de Pavía le permitió orquestar varias. La de Melzi, cerca de esta urbe, estremeció al almirante Bonnivet, el galo que la sufrió. Así la narró el francés a su monarca, Francisco I:

«Muchas veces, señor, me habéis preguntado por los españoles que me vencieron y siempre os dije que dormían; y efectivamente, esta mañana se han despertado en camisa y os han llevado toda la gente que teníais en Melzi; mirad, señor, bien lo que hacéis, puesto que si los dejáis vestir, no será acaso difícil que nos lleven a todos nosotros».

Más célebre si cabe fue la ‘encamisada’ que los Tercios españoles protagonizaron en 1572, durante los combates por la ciudad de Mons. Por aquel entonces, en la noche del 11 al 12 de septiembre, un millar de arcabuceros –aunque las cifras varían acorde a los textos– asaltaron el campamento de Guillermo de Orange. Iban dirigidos, precisamente, por Julián Romero, y provocaron la locura entre los enemigos. El príncipe, dormido, no se percató de lo que sucedía hasta que le despertaron los ladridos de su perro, de raza española. Y se cuenta que, a partir de entonces, siempre se acostó con un can a sus pies. Una mezcla entre superstición y aprendizaje.

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El último punto que queda por tratar es si las ‘encamisadas’ ofrecían una paga extra a los soldados. «Creo que la ‘encamisada’ iba en el sueldo. Al menos yo no he encontrado comentarios que hagan referencia a que obtenían un dinero extra por ofrecerse voluntarios. Lo que sí es probable es que, si tomaban un campamento o una posición contraria, les permitiesen ser los primeros en hacerse con el botín. Pero es difícil saberlo», completa. Es uno de los muchos enigmas que nos quedan todavía por saber de este tipo de golpes de mano.

-¿Cree que los ‘encamisados’ fueron los primeros comandos de los ejércitos españoles?

Ahora que están de moda los ‘Navy Seal’ y los buceadores de combate… Sí. Ellos fueron los pioneros. Muchas veces, en estas ‘encamisadas’, sobre todo en el escenario de la Guerra de Flandes, se enfrentaban a unas dificultades que les obligaban a nadar de noche, atravesar cursos de agua, lagunas con la marea hasta la cintura… Además, las operaciones guardan similitudes con las actuales misiones protagonizadas por los comandos.

-¿Por qué centrarse en los asedios de la Guerra de Flandes?

Para empezar, quería hacer un repaso histórico sobre los sucesos de Flandes, lo que pasó en la Guerra de los Ochenta años, como la llama la historiografía holandesa. Es una pena, pero en España no se conocen ni sus causas, ni lo que pasó, ni el desenlace. Quería paliar eso. Los asedios definen perfectamente lo que fue esta guerra. La orografía del país hacía difícil el enfrentamiento de grandes ejércitos en campo abierto. Además, los rebeldes no tenían la capacidad, ni estratégica ni ofensiva, de los Tercios españoles. Sabían que tenían las de perder. Por eso fue una guerra de asedios, de conquistar ciudad por ciudad. Casi todas las urbes importantes estaban fortificadas, y había que hacerse con ellas. Fue el hecho que caracterizó todo el conflicto. Siempre nos fijamos en las grandes contiendas en las que se mueven miles de hombres, pero se da poca importancia a este modo de luchar, que marcó el conflicto.

-¿Qué fue lo más difícil de este libro?

La labor de documentación suele ser siempre lo más difícil. Mi objetivo ha sido dejar a un lado la propaganda manipuladora de ambos bandos. Ser lo más objetivo e imparcial posible. La guerra de Flandes es la que da pábulo a la leyenda negra. Si vas a las fuentes holandesas ponen a los españoles como demonios. Aunque no ha sido difícil, más bien trabajoso.

Origen: ‘Encamisadas’: las osadas incursiones nocturnas que convirtieron a los Tercios españoles en la pesadilla de Europa

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