¿Inestabilidad política? El caótico siglo en el que hubo 137 presidentes en España

Solo el cómputo global del reinado de Isabel II, incluída la regencia, arroja la insana cantidad de 60 presidencias en treinta y cinco años

Desde que en enero de 2016, el Partido Popular perdiera la mayoría absoluta se han sucedido en cuestión de cuatro años tres investiduras fallidas, una moción de censura y cuatro elecciones sin que, hasta el momento, la política española haya recuperado la estabilidad que primó en los años del bipartidismo. Inestabilidad de chichinabo si se compara con varios tramos del siglo XIX, que dio pie a un auténtico caos político y a una cantidad récord de presidentes.

Al choque entre liberales y absolutistas para instaurar y luego delimitar el sistema constitucional, se unió en el caso español otras turbulencias como el derrumbe del Imperio español en América o la invasión napoleónica, que unió a la nación contra un enemigo único pero, también, dejó la industria tiritando y a la economía en caída. En los primeros años del siglo XIX, Carlos IV se mantuvo fiel a la tradición Borbónica previa de pocos y fieles ministros, con solo dos gobiernos, el presidido por Mariano Luis de Urquijo y Muga y el de Pedro Cevallos Guerra, ambos bajo la alargada sombra de Manuel Godoy, cuya cantidad de títulos, cargos y honores le convirtieron en el verdadero presidente de prácticamente todos los gobiernos de este reinado.

Cuando fue derrocado Carlos, su hijo Fernando VII apenas tuvo tiempo antes de que los franceses tomaran el poder de establecer una Junta de Gobierno presidida por su tío Antonio Pascual de Borbón y, una vez trasladado a Francia este miembro de la Familia Real, asumida por la fuerza por el galo Joaquín Murat, Gran Duque de Berg.

De Carlos IV a Fernando VII

Durante la Guerra de Independencia, se produjo la convivencia de dos gobiernos enfrentados y paralelos, uno en la zona controlada por José I, hermano del Emperador Bonaparte, y otra por la resistencia española a la invasión francesa. El Gobierno de Bonaparte, presidido por Mariano Luis de Urquijo y Muga, afrancesado ahora de parte del invasor, se destacó por su estabilidad dado que, aunque apenas pudo aplicar su programa político, no se cambió su cabeza hasta la retirada del «Rey Intruso» del país. Caso contrario al establecido durante gran parte de la guerra en Cádiz, con más de diez presidentes en cuestión de un lustro, algunos de forma únicamente interina.

La mayoría de los ministros de Fernando VII duraron menos de doce meses en el puesto, algunos no sobrevivieron a la semana y unos pocos ni siquiera tomaron posesión del cargo

Fernando VII, a su retorno de Francia a finales de la Guerra de Independencia, se negó a reconocer a los gobiernos liberales de Cádiz y a la Constitución promulgada allí. Su reinado se caracterizó por la elección de ministros cuyo mayor talento era su fidelidad ciega, y a los que no dudaba en desechar cuando ya no servían a su provecho o invadían ámbitos que consideraba propios de un rey absolutamente absolutista.

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La mayoría de estos ministros duraron menos de doce meses en el puesto, algunos no sobrevivieron a la semana y unos pocos ni siquiera tomaron posesión del cargo. Frente a la volatilidad de las carteras, sí fue algo más estable el Rey en la elección de sus presidentes. En el conocido Sexenio Absolutista, caracterizado por la represión contra los absolutistas, pasaron unos siete presidentes por el poder ejecutivo, compartido con el Monarca. Los más longevos fueron en este periodo Pedro Cevallos Guerra, viejo conocido del anterior reinado, y José García de León y Pizarro, el presidente que más cerca estuvo de salvar la América española.

La promulgación de la Constitución de 1812, obra de Salvador Viniegra
La promulgación de la Constitución de 1812, obra de Salvador Viniegra – Museo de las Cortes de Cádiz

La represión no fue suficiente para evitar un levantamiento, inesperado, de las fuerzas liberales en 1820. Entre otras causas, los excesos de la famosa camarilla, un grupo de presión sin responsabilidad política pero gran influencia, la sociedad española se hartó y recuperó, más que por convencimiento por pragmatismo, la Constitución de Cádiz para otorgar a Fernando, muy a su pesar, un protagonismo capital en ese sistema liberal.

A pesar de su famosa frase de, «marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional», el Rey nunca estuvo dispuesto a tragar, como tampoco lo hubiera hecho ningún otro monarca en Europa, con una constitución impuesta desde abajo que delimitaba su poder ejecutivo y le despojaba del legislativo. No dejó de trabajar para erosionar y derribar este sistema liberal, hasta que finalmente tres años después logró que la Francia absolutista interviniera en su favor y sacara a los liberales del poder. No en vano, más que por la intervención extranjera el rápido derrumbe liberal se explicó en la división entre las distintas familias liberales, liberales exaltados contra liberales moderados, masones contra comuneros, logias secretas contra otras logias…

En este sentido, la Constitución de Cádiz tenía la particularidad de que nadie podía ser a la vez ministro y diputado en las Cortes, de modo que el Gobierno no podía defenderse de las críticas despiadadas de los parlamentarios, más afilados de lo que cabía esperar en un contexto de asedio absolutista. En tres años de pulso liberal desfilaron hasta catorce presidentes entre interinos y breves, algunos de tanto prestigio intelectual como el poeta y dramaturgo Francisco Martínez de la Rosa o Evaristo Fernández de San Miguel.

El reinado de Isabel II

Fernando no olvidó la humillación liberal. La siguiente Década Ominosa se pareció en gran medida al Sexenio Absolutista, salvo porque Fernando, presionado primero por Francia y luego por la necesidad de buscar aliados para su hija frente a los ultras que se posicionaron con Don Carlos, se vio obligado a amainar la represión contra los liberales que, bajo su punto de vista, le habían secuestrado durante tres intensos años. En esos ocho gobierno absolutistas también breves empezaron a aparecer figuras que, si bien no eran liberales, como Francisco Cea Bermúdez, si eran más reformistas que los anteriores y preconfiguraron lo que iba a ser el siguiente reinado, el de Isabel II.

Retrato Leopoldo O'Donnell.
Retrato Leopoldo O’Donnell.

Al estallido de la Primera Guerra Carlista con la muerte sin herederos varones de Fernando VII, la regente María Cristina intentó apoyarse en presidentes y ministros templados como Cea Bermúdez, pero en un contexto de guerra ideológica contra el carlismo necesitó la ayuda de liberales exiliados y hasta poco antes perseguidos por la Corona. Estos, desde luego, no estaban dispuestos a combatir y jugarse la vida por un régimen absolutista. En cuestión de un año el sistema del Antiguo Régimen fue desmantelado para dar encaje a una Monarquía parlamentaria donde la Reina se reservaba un papel de mediación entre facciones y de organización de gobiernos en base a las mayorías parlamentarias.

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No conforme con ello, María Cristina se apoyó en los liberales más moderados e incluso en elementos reaccionarios para sostener su regencia, de la que fue reemplazado por Baldomero Espartero en 1840. El reinado de Isabel II, declarada mayor de edad con solo trece años, se caracterizó por la falta de turnismo político y la cerrazón de la corte por permitir, si no era mediante una revolución como en 1854, el acceso de los liberales progresistas a la presidencia. Isabel, como su madre, se valió de políticos y espados moderados, como Ramón María Narváez, hasta siete veces presidente del Consejo de Ministros, o Leopoldo O’Donnell, hasta tres veces, para evitar que entraran los progresistas en el Gobierno. Precisamente O’Donnell dotó al reinado de su periodo de mayor expansión económica y tranquilidad interna valiéndose de un partido mixto llamado la Unión Liberal, que se nutría de parte de progresistas moderados y parte de moderados progresistas.

Tras el llamado gobierno largo de O’Donnell, de 1858 a 1863, la Reina Isabel II, cada vez más impopular, se dedicó a dar palos de ciego hasta propiciar su caída con presidentes autoritarios que rayaban el absolutismo. Aunque Isabel volvió a llamar a Narváez y Odonnell junto a otros clásicos que habían acudido a su rescate antes, nada le salvó ya de la Revolución de 1868. El cómputo global de su reinado, incluída la regencia, arrojó la insana cantidad de 60 presidencias en treinta y cinco años.

Del caos a la tranquilidad

Tras la abrupta salida de Isabel II del país, las aguas se revolvieron un poco más. Entre la salida de los Borbones ese año y su restauración seis años después, se sucedieron dictaduras; una regencia por parte de Francisco Serrano Domínguez, primer amante de Isabel; reinados efímeros como el de Amadeo I de Saboya, elegido vía parlamentaria; y una Primera República que se suele poner como ejemplo de inestabilidad política debido a que en sus primeros once meses se sucedieron cuatro presidentes del Poder Ejecutivo. En total dieciocho presidentes, que durante la República Federal ostentaron a la vez los cargos de presidente de la República (jefatura del estado) y presidente del Consejo de Ministros (jefatura del Gobierno).

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La Restauración Borbónica (1874) a través de la figura de Alfonso XII imprimió estabilidad al país tras dos reinados tan caóticos y un república nada sosegada. Antonio Cánovas del Castillo, literalmente inventor de este periodo histórico, inauguró una de las mayores transformaciones que ha vivido nuestro país. Bien es cierto que el sistema tenía poco de democrático, puesto que se basaba en el bipartidismo y la alternancia política entre conservadores y liberales, marginando a través de un sistema electoral basado en el caciquismo a socialistas y anarquistas, que no tardaron no pedir su sitio a base de bombas y asesinatos. Cánovas accedió siete veces al cargo de presidente del Consejo de Ministros antes de ser asesinado precisamente por un anarquista, mientras que el líder liberal por antonomasia, Mateo Sagasta Escolar, lo fue cuatro veces.

El número de presidentes hasta finales de siglo, ya iniciado el reinado de Alfonso XIII, prueban la tranquilidad institucional que trajo el turnismo político. Quince presidencias en un cuarto de siglo.

Aclaración sobre el artículo:

El término presidente se usa en este texto para hacer referencia a la cabeza del poder Ejecutivo que, sin embargo, tuvo dos figuras políticas a lo largo del siglo XIX:

–Secretario de Estado y de Despacho, cargo establecido desde la reforma borbónica de Felipe V hasta abril de 1834, con la aprobación del Estatuto Real por la regente María Cristina.

-Presidente del Consejo de Ministros, el nombre que recibió a partir de 1834 los secretarios de Estado. Con el nuevo Estatuto Real se quiso poner énfasis en la división de poderes y en la limitación de las potestades regias. Esta designación para la cabeza del poder ejecutivo permaneció vigente hasta que, con la proclamación de la Constitución de 1978, pasó a llamarse presidente del Gobierno.

Origen: ¿Inestabilidad política? El caótico siglo en el que hubo 137 presidentes en España

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