Joachim Murat: la trágica muerte del carnicero de Napoleón Bonaparte que desangró España en 1808

Fusilamiento de Murat en 1815

Si algo se puede decir con seguridad del militar galo Joachim Murat es que, al menos en vida, no dejó contento a nadie. Decepcionó tanto al pueblo español (al que masacró el 2 y el 3 de mayo después de que este se sublevara contra la ocupación francesa), como a su cuñado,Napoleón Bonaparte. De hecho, a este hombre -el mismo que le aupó hasta la cúspide del poder militar nombrándole mariscal y monaraca de Nápoles- le traicionó y le abandonó a su suertepara saciar sus ansias de escalar -todavía más- en la pirámide social.

Pretencioso hasta la extenuación, este oficial demostró su altanería casi tantas veces como borlas sumaba en su caro uniforme de mariscal de campo. Y eran muchas. Quizá por ello, cuando el sueño imperial de Napoleón Bonaparte quedó aplastado en Waterloo y nuestro «Joaquín» Murat regresó a Nápoles para sentar de nuevo sus reales en el trono, fue atrapado y fusilado por los mismos súbditos a los que creía leales. Con todo, demostró ser un dandi incluso cuando la misma parca llamaba a su puerta, pues se presentó ante sus verdugos ataviado con sus mejores galas militares.

El mariscal de francia Murat
El mariscal de francia Murat

Murat tuvo que hacer frente a la muerte el 13 de octubre de 1815 en Pizzo tras tratar de recuperar un reino que jamás le perteneció. Aquella jornada, según narra el doctor en historia Amadeo Martín-Rey y Cabieses en « Regicidios, el peligro de ser rey», el mariscal rechazó la silla que le ofrecieron sus verdugos y se negó a que le vendaran los ojos al grito de «J’ai bravé la mort trop souvent pour la craindre» («He desafiado a la muerte demasiado a menudo como para temerla»). Todo ello, antes de besar un camafeo con la imagen de su esposa y hacer su última petición al pelotón de fusilamiento. «Sauvez ma face, visez à mon cœur… Feu!» («Salvad mi cara, apuntad a mi corazón… ¡Fuego!»).

Ascenso

Para entender el odio que despertaba Murat tanto dentro como fuera de Francia no hay más que leer el comienzo de la biografía escrita por Lewis Goldsmith (contemporáneo de este personaje) en su obra «Historia secreta del Gabinete de Napoleón Bonaparte y de la corte de San Clud». En la misma, no duda en definirle como el «usurpador» del trono de Nápoles. «El diccionario biográfico de la Revolución Francesa no es capaz de presentar un monstruo más sanguinario, más cruel, más avaro, más insolente orgulloso que este Murat: se parece enteramente y bajo todos los aspectos a su imperial cuñado Napoleón», afirmaba.

Pero, como la cortesía y la valentía pueden ir de la mano sin problemas, el autor también dejó sobre blanco que era un «gran mariscal de Francia». Todo ello, antes de señalar que Joachim Murat nació en Querey allá por 1771 en el seno de una familia trabajadora, pues su padre regentaba un pequeño mesón galo. Lo cierto es que, apoyado en una revolución en la que la aristocracia era vista como el enemigo a derrocar, sus humildes orígenes no podían ser mejores para ascender en el escalafón. Y así sucedió, aunque antes tuvo que pasar por la guardia constitucional de Luis XVI y por los cazadores de caballería durante la época absolutista.

Joachim Murat
Joachim Murat

Según desvela el diplomático del siglo XIX François-René Chateaubriand, la llegada de la Revolución le alzó hasta los brazos de Napoleón, quien también había sido tildado de «terrorista» durante los turbios años previos a que terminara por las bravas el Antiguo Régimen. Con todo, parece que en principio su relación no fue demasiado buena y que el altivo Murat eludía a Bonaparte. Al menos, así lo afirma el propio Goldsmith en su obra.

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«En Tolón fue donde conoció a Bonaparte: más este era tan mal visto en aquella ciudad que el mismo Murat se avergonzaba de hacerle lado: y habiéndose después vuelto a encontrar en Niza, renovaron su amistad, y pronto se hicieron íntimos. Hicieron pasar por las armas a muchas personas que estaban encerradas en el castillo mandando entre ambos aquellas sanguinarias ejecuciones, y prevenían que sus satélites tirasen de modo que la desgracia de las víctimas después de haber recibido el tiro pudiesen aún vivir algunos minutos a fin de que (decían ellos mismos) pudiesen disfrutar por más tiempo del placer de ver los visages que hacían los aristócratas cuando morían».

Batalla de Eylau
Batalla de Eylau

Ya en las filas del nuevo ejército, su valentía y su pericia a lomos de los jamelgos le convirtieron en uno de los oficiales más apreciados por el «pequeño corso». Si la campaña de Italia le permitió empezar a asomar la cabeza ante sus superiores, la misión secreta a Egipto, y especialmente la batalla de Aboukir (donde una carga a sus órdenes puso en fuga al grueso del ejército otomano y capturó al líder enemigo), le granjeó un sitio de honor entre los generales. «En esta época hizo Murat prodigios de valor, y se distinguió tanto que Napoleón, colmándole de alabanzas, le proclamó ante el ejército valiente entre los valientes», explica el escritor decimonono Elbert Hubbard en su obra « Personajes célebres del siglo XX».

La cercanía entre ambos hizo que Napoleón animara a Murat a que cortejase a una de sus hermanas, Carolina, lo que derivó en una boda allá por el año 1800. Al menos, según afirma el historiador Andrew Roberts en «Napoleón, una vida». Con todo, esta parte de su historia es controvertida, ya que no faltan las fuentes que señalan que Bonaparte estaba en contra de este matrimonio y que solo permitió la boda cuando supo que el galán franchute accedía a abandonar sus aventuras amorosas. Con todo, y según desvela Antonio Manuel Moral Roncal en « Pío VII: un papa frente a Napoleón», pasaron el resto de su vida entre tensiones matrimoniales e infidelidades.

España se desangra

Pero donde realmente demostró su barbarie este personaje fue en España. Todo comenzó allá por 1807, año en el que Napoleón (emperador de los franceses desde mayo de 1804) se plantó frente a los Pirineos con un ejército. Según explicó a «Manolito» Godoy, valido del rey Carlos IV y –según se dice- guardián de las partes pudendas de la reina tras su monarca, su objetivo no era otro que atravesar España para conquistar Portugal. Todo mentiras, pues lo que buscaba era que su ejército arribara a la capital sin dificultades y destruyera el país desde dentro. Algo poco digno de un «Empereur», todo hay que decirlo.

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Así, de los más de 60.000 soldados que entraron en España, no todos se dirigieron hacia la frontera portuguesa, sino que multitud de unidades imperiales fueron estableciéndose en decenas de localidades españolas para sorpresa de los ciudadanos. Esta «toma pacífica» de territorios provocó el recelo de los nuestros, que comenzaron a sospechar de una posible invasión encubierta de Napoleón. A su vez, no ayudaron a calmar las cosas las intrigas políticas del corso -que pretendía conseguir el trono español- y la entrada del propio Murat junto a un gran ejército en Madrid.

Al final, la paciencia de los ciudadanos de la capital se terminó en el Palacio Real, cuando observaron que Murat pretendía trasladar a un miembro de la monarquía española fuera de Madrid. Ese mismo día, el 2 de mayo de 1808, el pueblo se levantó contra la ocupación francesa harto del «pequeño corso». Para desgracia madrileña, Joachim -al mando de la situación- y sus hombres respondieron de forma tajante cuando se percataron de que los ánimos se caldeaban. Los primeros en actuar fueron los miembros de la Guardia Imperialque, según explica José Muñoz y Gaviria en sus « Recuerdos históricos del dos de mayo de 1808» abandonaron sus labores de escolta y no dudaron en disparar sobre la multitud indefensa.

Carga de los mamelucos
Carga de los mamelucos

A continuación, Murat dio órdenes de que los grupos sin armas fueran atacados a sablazos por el general Duamenil. El resultado fue la brutal carga de los mamelucos que quedó inmortalizada para siempre por Goya. A partir de entonces, multitud de madrileños salieron a la calle armados con todo tipo de rudimentarias armas para combatir al ejército imperial en defensa de la libertad e independencia española. Pero no tuvieron el apoyo oficial del ejército español, cuyos altos mandos dependían de la Junta de Gobierno y habían dado órdenes de permanecer en los cuarteles. Tan solo Luis Daoíz y Pedro Velarde se atrevieron a unirse al pueblo y defender los intereses españoles ante los tiradores de la «Grande Armée».

Así lo explica Muñoz y Gaviria:

«Las tropas que se hallaban en Madrid recorrieron las calles, y sus jefes destacaban partidas que entrasen en las casas donde se les había hecho fuego, y castigasen a los agresores. La artillería volante hizo algunas descargas en la calle Alcalá sobre la multitud que no por ello se arredró, y continuó el ataque: la columna apostada en la plaza de Palacio subió por la calle Mayor haciendo fuego a los balcones y ventanas, y al mismo tiempo y hora de las doce, las columnas francesas de los campamentos de Chamartín, San Bernardino y la Casa de Campo, entregaron en la capital y ocuparon todas las calles».

Crueldad extrema

En palabras del mismo experto, la caballería de la Guardia Imperial penetró por la «Puerta de Alcalá y la Carrera de San Gerónimo», en donde «son inhumanamente asesinados grupos de enteros de patriotas». Al mismo tiempo, una columna de infantería acudió a la Plaza de Santo Domingo para reforzar las tropas que defendían las inmediaciones del palacio de Murat. El mismo francés que, según la fuente, había ordenado que no se diese cuartel a aquellos que se hallaban en Monteleón. La represión fue tan sangrienta que, al final, los «ministros de la junta agitaron sus pañuelos blancos para publicar una amnistía, si los habitantes deponían sus armas y se retiraban a sus casas».

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El galo, que se había visto contra las cuerdas, aceptó. Pero todavía le quedaba cobrarse su venganza y, como último acto de terrorismo(pues usó el pavor de los fusiles como método de represión) dio orden de fusilar a todos aquellos que se hubieran mostrado partidarios a la revuelta. «La metralla y la bayoneta despejaron las calles», afirmó por carta a Napoleón. Bonaparte debió de sentirse avergonzado por aquello, ya que años después su secretario introdujo en sus memorias una carta más falsa que un real de madera en la que afirmaba que había escrito a su cuñado solicitándole «cuidado y moderación».

Estado de los franceses heridos o fallecidos el 2 de mayo
Estado de los franceses heridos o fallecidos el 2 de mayo

La carta que sí mando Murat fue una misiva en la que explicaba, con su característica altanería, los sucesos acaecidos el dos de mayo y los posteriores fusilamnientos:

«En general, la tranquilidad pública ha sido perturbada en la capital […] Tan temprano como a las ocho de la mañana, ayer, la chusma de esta ciudad obstruyó todas las avenidas del Palacio, así como los juzgados. […] Las tropas corrieron hasta los puntos que tenían órdenes de ocupar en caso de alarma. […] Quedaron dispersados y todo volvió al orden. Cincuenta campesinos, tomándose las armas mano a mano, fueron fusilados anoche Cincuenta más lo han sido esta mañana. La ciudad será desarmada, y será anunciado que cualquier español que sea encontrado con un arma será considerado un sedicioso y se le disparará. Esta proclamación será enviada por el Gobierno a todos los Capitanes Generales y a todos los oficiales que comandan los diferentes cuerpos del ejército español».

Murat añadió que, «por la buena lección que acabo de dar», la tranquilidad pública no sería perturbada. Sus frases finales fueron igual de crueles: «En el día de ayer hubo al menos 1.200 hombres muertos, ya sea población o burguesía de Madrid; y de nuestro lado, solo tuvimos unos pocos cientos de heridos, y eso porque estaban solos en las calles».

Al bueno (o malo, más bien) de Bonaparte no debió sentarle mal aquello, pues le hizo llegar una misiva el dos de mayo en el que le hizo una propuesta más que curiosa: «Te daré el reino de Nápoles o el de Portugal. Dame una respuesta inmediata porque tiene que ser cosa de un día». El oficial eligió el primero y, a la postre, traicionó al mismo hombre que le había alzado hasta la posición de rey. Tras luchar junto al «Sire» en Rusia, y en vistas de que la derrota del «pequeño corso» estaba casi asegurada, negoció con sus enemigos en 1813 para que respetasen su poltrona a cambio de que no combatiese a su lado en la ofensiva final.

Origen: Joachim Murat: la trágica muerte del carnicero de Napoleón Bonaparte que desangró España en 1808

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