La carta a su familia de un condenado en la Guerra Civil: «No hay motivo para que lloren mi muerte»

Un soldado escribe a su familia al comienzo de la Guerra Civil, con la imagen superpuesta del texto HERAS
Un soldado escribe a su familia al comienzo de la Guerra Civil, con la imagen superpuesta del texto HERAS

La misiva estuvo perdida entre los los más de 15 millones de documentos de nuestro archivo y fue escrita en noviembre de 1936 desde la cárcel de Lorca

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La carta de la que vamos a hablarles jamás fue publicada por ABC. Se encontraba perdida entre los más de 15 millones de documentos de nuestro archivo y comenzaba con esta nefasta premonición realizada poco después de comenzar la Guerra Civil: «Querida madre y hermanos: de llegar a sus manos estas líneas es que ya habré pasado a mejor vida, de manera que no hay motivo para lamentar mi suerte».

Fue escrita por un condenado a muerte, aunque no se hace ninguna mención a la más mínima cuestión política o bélica, tan solo palabras de agradecimiento a las personas que le ayudaron durante su cautiverio y de despedida a sus seres queridos.

«Los que sirven al de Arriba (sic) nada deben tener. Solo les aconsejo que pidan por mí y luego tan contentos, que algún día nos veremos», asegura. Los únicos datos concretos que aparecen son las iniciales del firmante, aunque cortadas en la parte superior (‘E.H.G.’ o ‘E.A.G.’); el lugar desde donde está escrita la misiva, cárcel de Lorca ; a lo que se dedicaba hasta el momento en que empezó la guerra, maestro de escuela; la fecha, 4 de noviembre de 1936, y el día en que llegó a la prisión, que él mismo explica a continuación: «Aquí nos trajeron el 1 de agosto y en estos meses no han faltado muchas almas que se acordaran. Por lo tanto, no se ha pasado mal».

En ningún momento se especifica si llegó a empuñar un arma antes de ser detenido o si pertenecía al bando republicano o al franquista. Debemos suponer que, como mínimo, fue acusado de pertenecer a este último, puesto que, desde que comenzó la guerra el 18 de julio de 1936 y hasta finales de marzo de 1939, Lorca estuvo en zona republicana, resistiendo las embestidas del bando nacional hasta poco antes de que Franco entrara en Madrid y Barcelona . Fue uno de los últimos reductos españoles en caer.

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Nada de esto puede adivinar nuestro triste protagonista en aquellos primeros compases de la guerra, pero en todo momento deja entrever que ha perdido toda esperanza de salir vivo, como demuestra al final de este párrafo, que se apoya en sus fuertes creencias religiosas: «Cómo no podía comunicarme con ustedes, he escrito varias veces a la Helena, que sin duda les habrá dado noticias mías. Por las circunstancias no puedo ser más claro ni más largo [ni extenderme más], solo que no olviden cuantas cosas les tengo dichas en mis cartas. Como ven, esto que les escribo es del 4 del 11 [de 1936], pero no puedo darles más detalles, como ustedes pueden figurarse. Ánimo, que lo de esta tierra nada vale y lo que importa es ir donde ya sabemos».

«Las mansiones eternas»

A lo largo de toda la carta, el condenado no deja de recordar a sus seres queridos que, a pesar de encontrarse encerrado, ha contado con la generosa ayuda de terceros: «La familia que nos ha atendido se merece cualquier cosa, pues a pesar de las muchas dificultades, no han dejado de proporcionarnos cuanto hemos necesitado […]. Nos ha cuidado durante tres meses a los cinco maestros de la escuela tan bien que, difícilmente, lo habría hecho con más esmero mi madre. El jefe de la familia se llama Andrés Hernández y vive en [la calle] Matadero Viejo, 22, en Lorca».

Al final, el autor vuelve a pedir a su familia, una vez más, que no se preocupe cuando muera, porque el cielo le espera: «Les repito que no lloren mi muerte, pues no hay ningún motivo para ello. He supuesto siempre que los tres sobrinos que hicieron el servicio hayan sido llamados a filas y que, tal vez, alguno haya ido ya al otro mundo. Si no es así, me alegro muchísimo. La otra cosa que tengo que decirles es que sirva este abrazo como el que muy en breve nos daremos todos en las mansiones eternas».

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Esta carta inédita es una de la muchas que se escribieron durante la Guerra Civil, entre los soldados desde el frente o los presos de ambos bandos desde las cárceles y sus familias, cuando se les permitía hacerlo o cuando podían hacerlas llegar a escondidas. Algunas ni siquiera llegaron a su destino, como la que el coleccionista Luis Posadas Lubeiro encontró de casualidad, en 2014, entre un montón de papeles viejos en uno de los puestos del rastro de Valladolid. Se trataba de una tarjeta postal con una corona republicana impresa que le llamó la atención.

Cárcel Nueva de Valladolid

Al verla, descubrió que había sido escrita desde la Cárcel Nueva de Valladolid, una ciudad alejada de los frentes y en la que no se produjeron graves enfrentamientos internos, pero en la que la represión franquista fue muy dura . En la misiva, sin embargo, no se reflejaba nada de esto. Con una caligrafía elegante y una redacción exquisita, un preso republicano llamado Tomás Gallego comunicaba a su familia, simplemente el horario de visitas y les mandaba todo su cariño, además de pedir que le mandaran su reloj.

Años después, Posadas Lubeiro la publicó en un libro junto a 139 fotografías de su archivo personal: ‘Valladolid: recuerdos e infancias’. Solo se imprimieron 1.500 ejemplares, pero fueron suficientes para que una mujer llamara a la imprenta, sorprendida, de que una postal manuscrita por su abuelo, muerto en la guerra, y que su familia nunca había recibido, apareciera en la obra. Poco después se hizo el milagro y el autor se citó con las dos nietas, la bisnieta y la tataranieta de Tomás Gallego, para entregarles la misiva que tenía que haber llegado a su destino 81 años antes.

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Según le contaron, trabajaba como herrero para la compañía Caminos del Hierro del Norte de España y pertenecía al sindicato CNT, lo que motivó la denuncia de uno de sus vecinos. A raíz de ello fue condenado a muerte y fusilado el 13 de marzo de 1937 en la cascajera de San Isidro de Valladolid. Al parecer, un conocido avisó a la familia tres días antes de su ejecución, pero no pudieron hacer nada para impedirlo, salvo que su esposa encargara la construcción de un ataúd para su marido.

Origen: La carta a su familia de un condenado en la Guerra Civil: «No hay motivo para que lloren mi muerte»

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