La gran rebelión ocurrida en la Semana Trágica . 

Historia: Dios los cría y ellos se juntan: la gran rebelión ocurrida en la Semana Trágica . Noticias de Alma, Corazón, Vida. El Rif nunca fue buena plaza para los españoles, y muchos de sus hijos dejarían su postrer aliento en aquellas tierras de Allah. La rebelión era inminente

Caía el sol a plomo en medio de la canícula veranieg, mientras unos trabajadores españoles del ferrocarril eran atacados por una horda de kabileños con malas pulgas. Esto ocurría en el norte del actual Marruecos, en un territorio atávicamente bereber, pueblo tradicionalmente levantisco y con fama de hacer pocos amigos. Una compañía mixta franco-española era la encargada de la explotación de las prometedoras minas, al tiempo que desarrollaban un ferrocarril desde ellas hasta el puerto de Melilla. Entre los accionistas españoles de referencia estaban el conde de Romanones y la poderosa familia Güell.

El tema se complicó con el incesante goteo de caídos y devino en guerra de baja intensidad, por lo que el despótico gobierno de Maura, que en principio quiso dar un enfoque policial al levantamiento de los rifeños, decretó la movilización de reservistas. Las protestas obreras en Barcelona y Madrid estaban alterando notablemente a la opinión pública y la cosa se estaba empezando a poner fea.

Debido a la legislación de reclutamiento vigente, que permitía quedar exentos de incorporación a filas a aquellos que pagaran una fuerte suma, cuya cuantía no estaba al alcance de la inmensa mayoría de la población, se creó un agravio por el que los hijos de buena cuna se libraban, mientras que los que no podían hacer frente a este pago –la mayoría–, iban al frente con todas las consecuencias, y lo del Rif no era ningún paseo. Para agravar la situación, la mayor parte de los reservistas eran padres de familia cuya única fuente de ingresos era el trabajo de éstos. El caso es que la cosa iba a más por momentos.

El Rif nunca fue buena plaza para los españoles, y muchos de sus hijos dejarían su postrer aliento en aquellas tierras de Allah. Los enfrentamientos se acumulaban y la memoria de las partes en litigio no olvidaba las afrentas del otro lado.

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El fin de la tomadura de la pelo

En aquel tiempo, España vivía en un turnismo permanente, el partido conservador y el liberal (un tándem similar al que ocupa el actual escenario político patrio), alternaban el gobierno de la nación, a base de pucherazos y componendas. Este bipartidismo de corte anglosajón, cuyo autor intelectual fue Cánovas, había perdurado en el tiempo más que suficiente y comenzaba a presentar síntomas de fatiga y olor a cloaca.

Debajo de las mesas había un trajín obsceno de cambalaches y prebendas que lograron hartar al respetable por su manifiesta impunidad. Los demás partidos eran ninguneados sin pudor por estos dos colosos de la ópera bufa. Mas en Cataluña se habían dado cuenta de los manejos de estos dos tahúres y bajo el nombre de Solidaritat Catalana, que congregaba a republicanos, carlistas y elementos de la Lliga regionalista, habían logrado una victoria aplastante en las elecciones de 1907, obteniendo 41 de los 44 diputados en liza. Esto es, habían defenestrado a los artífices del engaño permanente que se creían a salvo en la inmunidad de su confortable seguridad.

El caso es que desde la época del inefable Mendizábal (el de la desamortización) se había establecido un sistema de cuotas en la milicia por el que una y otra vez los ricos se libraban pagando, mientras los pobres pechaban con el fusil y la muerte. Pero en la industriosa Cataluña, los desheredados estaban lo suficientemente instruidos y tenían conciencia política como para no dejarse tomar el pelo.

El detonante de la insurrección

Entonces ocurrió algo grotesco, por no decir claramente surrealista. Cuando se estaba produciendo el primer embarque de tropas en Barcelona, un numeroso grupo de mujeres de la alta aristocracia catalana, posiblemente con su mejor voluntad pero con una clara falta de tacto, se pusieron a repartir entre los soldados que iban al frente estampitas, escapularios y medallas bendecidas, que a modo de talismanes protegerían a aquellos desgraciados que iban hacia un horizonte incierto. La cuestión es que la reacción de la tropa no se hizo esperar y los disturbios que se organizaron tuvieron amplia difusión en la prensa internacional.

El 26 de julio y durante tres días con un frenesí desatado. Lejos de los postulados más esenciales del cristianismo, como casi siempre, manipulados convenientemente, la institución eclesial volvía a las andadas y se ponía al servicio del poder. El anticlericalismo estaba desbocado y la violencia reactiva de los revolucionarios no reparaba en medios. Se exhumaron cadáveres en conventos que en la mayoría de las ocasiones se depositarían en las aceras sin más, y en algunos casos se manejarían como parejas de baile por los anarquistas en un dantesco aquelarre.

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Pero el 27 de julio llegaron malas noticias. Cerca de 400 soldados, de los embarcados días antes en Barcelona, habían perecido en los combates librados en torno a Melilla, en la zona del monte Gurugú y el siniestro Barranco del Lobo. Era el detonante para la insurrección y las barricadas.

Con los ánimos ya enconados, se proclama el “estado de guerra” en la ciudad y se promulga la ley marcial y el toque de queda. El gobernador Ángel Ossorio, un liberal y hombre humanista, se opone al estado de sitio y es sustituido fulminantemente. Comienzan entonces los primeros disparos, en la zona de las Ramblas y el Raval, barrio obrero por antonomasia.

El ejército pasa a la acción disparando indiscriminadamente y alimentando aun más el extendido sentimiento de injusticia generado por aquel despropósito. En medio de aquel caos, la guarnición local y la policía se niegan a actuar contra la población y el gobierno de Maura crea el infundio de que el movimiento obrero no está en la tramoya de los disturbios, si no que los tumultos son alimentados por fuerzas separatistas que quieren desmembrar España. El resto de la nación no se cuestiona esta patraña de Maura y las posibles adhesiones desde Madrid y otros pagos quedan suspendidas ante este sesgo mal calificado de secesionismo. Es por ello, que a falta de oxigeno exterior, el movimiento obrero pierde fuelle.

El saldo de revuelta

El precio humano de la Semana Trágica (o gloriosa según otros historiadores) tuvo un brutal saldo humano. Más de un centenar de muertos e incontables heridos, dejaron una herencia de difícil cicatrización. El gobierno de Maura, que había hipotecado al país hasta las cejas con la petición de un crédito extraordinario al parlamento; inicia a través de su ministro de la Gobernación Juan de la Cierva, una represión durísima sobre la población civil y los militares desafectos que no habían querido colaborar en aquella carnicería. Varios millares de personas son procesadas, resultando dos centenares de penas de destierro, 59 cadenas perpetuas y cinco condenas a muerte. La clausura de los sindicatos y el cierre de las escuelas laicas, que tanto habían proliferado en los albores del siglo, son las medidas fulminantes que implementaría aquel gobierno de miopes.

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Para colmo de males y desatinos, Ferrer i Guardia, el famoso pedagogo y fundador de la Escuela Moderna, será uno de los caídos, señalado por el clero local como uno de los instigadores de la revuelta al que se le imputaron todos los males acaecidos. Esto obedecía más al hecho de que lideraba la potente corriente de la escuela laica y su erosiva apuesta contra el formato de educación convencional, que a su notorio y avanzado credo  anarquista.

Sin garantías de tal nombre, los reos fueron ejecutados en el castillo de Montjuic. Pero estos fusilamientos y la indiscriminada represión sobrevenida, le pasarían factura a Maura. La prensa internacional escandalizada por el desproporcionado castigo infligido a la población catalana y al movimiento obrero por un lado y la quema y asalto de varias embajadas españolas por otro, hicieron retroceder al rey que había estado mirando para otro lado durante los acontecimientos. Finalmente, reculando sobre sus pasos, el monarca cede ante las presiones internas y externas y nombra al liberal Segismundo Moret para calmar los ánimos exacerbados por aquel crimen de estado.

Lamentablemente, Güell y Romanones, los causantes directos de este desastre, se irían de rositas de esta sangría, sin mostrar el más mínimo remordimiento ni compensación a los agraviados. Es más, seguirían echando leña al fuego en África para defender sus intereses mineros mientras sus actividades mercantiles sazonadas con la sangre de miles de desgraciados, sentarían los cimientos de otra gran masacre doce años después.

Dios los cría y ellos se juntan.

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