23 julio, 2024

La “guerra de las Harinas”, la primera gran crisis de Luis XVI

‘Luis XVI’, óleo de Antoine-François Callet, c. 1778-1779. © Archivo Fotográfico. Museo Nacional del Prado. Madrid
‘Luis XVI’, óleo de Antoine-François Callet, c. 1778-1779. © Archivo Fotográfico. Museo Nacional del Prado. Madrid

Conducido durante hora y media por la ciudad para recorrer los escasos tres kilómetros entre la prisión del Temple y la plaza con la guillotina

París despertó a una mañana fría, húmeda y brumosa el lunes 21 de enero de 1793. Conducido durante hora y media por la ciudad para recorrer los escasos tres kilómetros entre la prisión del Temple y la plaza con la guillotina, no sería de extrañar que el ciudadano Luis Capeto recordara en algún momento de esa lenta procesión la primera crisis de masas que vivió al frente del Estado como Luis XVI. La había protagonizado ese mismo pueblo que estaba a punto de cortarle la cabeza.

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Corría el mes de abril de 1775. No hacía todavía un año que había sucedido en el trono a su abuelo, Luis XV. Así, tan pronto, el nuevo rey tuvo que vérselas cara a cara con uno de los cuatro jinetes del Apocalipsis. El que monta el caballo negro. El de la angustia de no poder comer o de tener que hacerlo a precios prohibitivos para la mayoría.

No era la primera vez que el hambre galopaba por el reino. “Siendo Francia una comunidad predominantemente agraria”, explica George Rudé en La multitud en la historia, “los estallidos de rebelión (al menos fuera de París) se correspondían casi exactamente con los años de malas cosechas y escasez”. Varios de ellos se inscribieron en el período de Luis XVI. La de 1775, a su inicio. La segunda, 1785, apenas pasado el ecuador de su reinado. Y la tercera, 1788, preludió el giro total emprendido por Francia al año siguiente con la revolución.

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Esta última carestía suele considerarse una de las causas inmediatas de los acontecimientos de 1789. Sin embargo, las dos hambrunas previas y su gestión también se contaron entre las situaciones que pavimentaron el camino revolucionario. Fueron robusteciendo la exasperación de un pueblo que, con la mala cosecha de 1788, sufría la tercera racha prolongada de escasez en apenas trece años. O sea, hambre encadenada, cronificada, reiterada. De ahí, entre otros factores, el violento portazo al Antiguo Régimen que llegó no mucho después.

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Luis XVI da instrucciones al conde de Lapérouse, en 1785.

Terceros

Unos quince años antes de ese gran estallido, la llamada “guerra de las Harinas” supuso, en cierta medida, un coletazo anticipado de la revolución en el frente alimentario. Una combinación explosiva de poco pan y caro y de gobernanza ineficiente. Aunque se habían registrado previamente numerosas revueltas por el desabastecimiento de artículos básicos, ninguna había afectado tanto tiempo a tantas regiones a la vez. Esta tuvo su fase álgida entre el 18 de abril y el 11 de mayo de 1775, con una agitación que solo se aplacó del todo en verano.

Un reino desfasado

Así como el pueblo esperaba de la Corona protección armada ante los bandidos o frente a ejércitos invasores, también confiaba en que Su Majestad garantizase la alimentación. Por eso, en los levantamientos populares por carencia de comestibles, los propios infractores del orden público solicitaban escolta y hasta asistencia militar de los representantes locales de la Corona. Porque los rebeldes, por un lado, quebrantaban la ley, pero, por otro, estaban avalados por una justicia superior, la del simple y llano derecho a la supervivencia.

Amparados por este modelo paternalista, los insurrectos podían reclamar, en caso de necesidad, la “taxation populaire”, o economía moral de la multitud. Se traducía, en la práctica, en que podían exigir a las autoridades el justiprecio. Es decir, uno asumible para todos los bolsillos, fijado por la capacidad de pago de los consumidores.

Hay que tener en cuenta que entonces un trabajador destinaba a la compra del pan la mitad de sus ingresos, lo que convertía ese producto esencial en todo un asunto de Estado. De ahí el interés del trono en mantener bajo control su precio de venta. Así sucedió hasta que, con algunos antecedentes experimentales, llevado por las circunstancias y también por su ideología económica, un superministro ensayó principios del novedoso capitalismo en una Francia aún anclada en estructuras feudales.

Seguidor de la escuela fisiocrática, el barón Turgot fue la solución de emergencia incorporada al Consejo de Luis XVI para poner en orden la desastrosa economía del país. Su entrada al gobierno supuso una satisfacción para la intelectualidad de la Ilustración, que le tenía por uno de los suyos. Turgot, inspector general de Finanzas tras unas semanas al frente de Marina, venía de refrenar hambrunas en Limoges con éxito, y sus competencias administrativas se irían ampliando conforme se granjeaba el respeto del soberano.

El barón Turgot.

El barón Turgot.

Dominio público

El fichaje de este economista se debió a la guerra de los Siete Años. Luis XVI había heredado un país tan mermado en colonias como endeudado por el conflicto, afrontado de manera calamitosa por su frívolo antecesor. El reino se encontraba tensionado, además, por un poder ejercido a tres bandas con fricciones. La casa real tomaba decisiones a menudo boicoteadas por la gran nobleza, o bien por un Parlamento de París copado por una aristocracia reciente de procedencia burguesa.

Este tira y afloja y la bancarrota sin ingresos coloniales iban desfasando cada vez más a una Francia agrícola en un tablero internacional donde ganaban fuerza las potencias mercantilistas y en rápida industrialización. Era el caso del Reino Unido o de un desafiante actor nuevo, Estados Unidos.

Primer asalto: una crisis

Ante este panorama, Versalles apostó por lo que parecía una vía rápida de saneamiento y modernización: la fisiocracia del ilustrado Turgot. Esta veía en la agricultura el motor primordial de la economía, que el Estado debía abstenerse de regular. Dicha filosofía de laissez faire, de “dejar hacer” por sí solas a las fuerzas productivas y las dinámicas mercantiles, sonaba a música celestial a un Tesoro en números rojos, que ahora podía ahorrarse recursos en múltiples frentes.

En su variada agenda de reformas, Turgot tomó medidas –como un rediseño del gasto público y un recorte impositivo– que consiguieron una drástica reducción del déficit estatal y aliviaron muchas áreas de lo que hoy se llamaría el sector privado.

Sin embargo, el proyecto quizá más ambicioso del ministro salió mal. Se trató de la liberalización del comercio de grano. Decretada a instancias de Turgot a finales de 1774, la resolución no solo tuvo que sortear una enconada oposición en el propio Consejo Real. Se dio de bruces con un obstáculo aún más arduo: la pésima cosecha de ese mismo año, tras recogidas tampoco muy felices en las temporadas previas debido a una sucesión de heladas intempestivas.

Llegó el otoño. Luego el inverno. Pasó el primer mes de primavera. A esa altura de 1775, la escasez de harina había escalado el precio del pan hasta tal extremo que llegaron a computarse de doscientos a trescientos disturbios graves en media Francia. La primera acción, un acorralamiento de parlamentarios regionales, se materializó en la Borgoña. Pero pronto las hordas de insurgentes famélicos, en ocasiones engrosadas por campesinos furiosos, se replicaron en otras regiones.

'El granjero quemado o la familia pobre', grabado de François-Philippe Charpentier (1734-1817), contemporáneo de los disturbios.

‘El granjero quemado o la familia pobre’, grabado de François-Philippe Charpentier (1734-1817), contemporáneo de los disturbios.

Dominio público

Los asaltos a graneros, molinos y panaderías, los justiprecios arrancados bajo amenaza, el saqueo de costales en ciudades, pueblos y caminos, los asedios a fincas y tahonas, los bloqueos de rutas cerealeras y la persecución de presuntos acaparadores y responsables políticos pudieron contemplarse desde la propia corte. La cuenca de París fue, en efecto, uno de los escenarios más alborotados en la guerra de las Harinas.

Segundo asalto: una erupción

Allí corrió como la pólvora el rumor de que Luis XVI en persona había salido a un balcón de Versalles a prometer una bajada del pan a la muchedumbre. Esta anécdota incluso se ha recogido como veraz en algunos estudios. Sin embargo, los informes de orden público de la época solo comentan que la multitud se lanzó contra almacenes, mercados y caminos aledaños al complejo palaciego. El gentío no osó, ni tampoco le interesó, poner el pie en la sede del poder real, blindada por la guardia armada.

Turgot se obstinó en seguir adelante con su plan, pese a las numerosas voces en contra en los salones dorados y el clamor más que evidente en la calle. Sin embargo, la revuelta generalizada terminó perdiendo fuelle por una combinación de intervenciones militares, repartos de alimento, controles de precios por imperativo regio y también por una temporada agrícola más fecunda. El saldo judicial ascendió a centenares de detenciones, pero ninguna ejecución.

En cuanto al superministro, lo cesaron en 1776, dos años después de su nombramiento, mientras EE. UU. se declaraba independiente del trono británico. Más allá de las ideas liberales de Turgot, bienintencionadas y quizá demasiado adelantadas a su tiempo, el Antiguo Régimen apenas disfrutó de un respiro en el sensible frente alimentario.

A Luis XVI volvieron a lloverle los problemas menos de una década después. Esta vez, a distancia y con ceniza. La erupción del volcán islandés Laki a mediados de 1783 no devastó únicamente la isla escandinava. Proyectó hasta el año siguiente 120 millones de toneladas de gases azufrados, produjo lluvias ácidas, y las partículas expulsadas actuaron como un gigantesco filtro atmosférico que ahogó la luz solar en buena parte de Europa. En Francia, la montaña de fuego vició el aire de tal forma que, entre trastornos respiratorios, cardíacos y tumorales, no hubo brazos suficientes para levantar las cosechas.

Tercer asalto: una revolución

Volvieron a oírse retumbar, de este modo, los cascos del caballo negro del hambre. Ahora bajo un sol de color sangriento, cuyos rayos no lograban abrirse paso entre una tupida niebla que no escampó durante meses. Los cultivos quedaron muy tocados los años centrales de ese decenio de 1780. A veranos calcinantes seguían inviernos bajo cero, luego primaveras con inundaciones torrenciales por los deshielos repentinos, y vuelta a empezar. Las espigas brotaban débiles y pálidas. Los frutos, irrisorios o podridos. Al ganado se le veían las costillas. Y así, años y más años.

Se comprende que, cuando las cosechas volvieron a arruinarse en 1788, primero por una intensa sequía en primavera y después por una granizada demencial en pleno verano, los ánimos del pueblo galo estuvieran más que caldeados. El pan le costaba ahora el 90% de sus ingresos. La gran nobleza, entre tanto, gozaba de una exención impositiva casi absoluta.

Luis XVI distribuyendo dinero a los pobres de Versalles, durante el brutal invierno de 1788.

Luis XVI distribuyendo dinero a los pobres de Versalles, durante el brutal invierno de 1788.

Dominio público

Entre la pobreza de los de abajo y la avaricia de los de arriba, la Corona no encontraba cómo recaudar fondos para implementar las reformas que acaso podrían devolver a flote la economía. Francia estaba al borde del colapso, no funcionaba como país. La mayoría apenas conseguía sobrevivir. No se podía seguir así. El año se cerró con un llamamiento excepcional de Luis XVI: convocó los Estados Generales. Comenzaba el feroz camino hacia la Revolución con mayúscula.

Este texto forma parte de un artículo publicado en el número 670 de la revista Historia y Vida. ¿Tienes algo que aportar? Escríbenos a redaccionhyv@historiayvida.com.

Origen: La “guerra de las Harinas”, la primera gran crisis de Luis XVI

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