La Leona de Castilla, la poderosa mujer que lideró la última resistencia comunera contra Carlos V

María Pacheco recibiendo la noticia de la muerte de su marido en Villalar; óleo del siglo xix de Vicente Borrás. ABC
María Pacheco recibiendo la noticia de la muerte de su marido en Villalar; óleo del siglo xix de Vicente Borrás. ABC

La viuda de Padilla no dudó en entrar en el Sagrario de la Catedral de Toledo para usar la plata que allí había para sufragar la guerra

Carlos I de España, más tarde Emperador del Sacro Imperio Germánico, entró en Castilla como un elefante en una cacharrería. Sin hablar bien castellano y de gesto inexpresivo, el nieto de Fernando el Católico emergió en España de la mano de una amplia corte de consejeros flamencos y sin molestarse en conocer los pormenores de la siempre díscola nobleza local. Además, con la Reina madre Juana encerrada en Tordesillas, la entrada del nuevo Rey levantó casi desde el principio discrepancias legales.

Guillermo de Croy, señor de Chièvres, principal consejero del Rey, comprendía España como una vasta operación económica y se dedicó a repartir cargos entre los nobles flamencos que le acompañaban. Esta política de prebendas fue interpretada como un desprecio absoluto hacia la nobleza, que celebró unas cortes plagadas de desconfianza a principios de 1518. Las Cortes de Castilla juraron fidelidad al Rey, recordándole de paso que en «España el poder está en la república, y si el Rey gobierna, es por un pacto callado».

El Monarca fingió acceder a todas las condiciones de las cortes a cambio de recibir un imponente montante de maravedís a pagar en tres años. Sin embargo, los castellanos comprobaron lo poco que valían sus palabras tras su abrupta salida de Castilla con dirección al territorio de la Corona de Aragón, donde permaneció casi un año enzarzado esta vez con las Cortes catalanas, y luego hacia Alemania, donde acudió a reclamar el trono vacante de su abuelo Maximiliano I en el Sacro Imperio Romano Germánico. La indignación castellana se sustentaba en cifras:

«En nuestra tierra obtuvo 600.000 ducados y permaneció solo cuatro meses; en Aragón, 200.000 y estuvo ocho meses; en Cataluña, 100.000, y se queda un año».

Con pie y medio fuera de España, Carlos forzó que las siguientes Cortes castellanas fueran celebradas en Santiago de Compostela, dado que planeaba embarcar hacia el Norte de Europa cuanto antes, y no en Toledo como reclamaba la aristocracia local. La consecuencia directa de esto fue que los procuradores de Toledo se ausentaron como señal de enojo, y los de Salamanca, en conformidad con los toledanos, se escudaron en un error burocrático para evitar ir a Santiago.

Huida disfrazada de María Pacheco. ABC

A Carlos I se le agotaba el tiempo y la paciencia. En previsión de embarcar de forma inminente hacia Alemania, ordenó el traslado de las Cortes a La Coruña y ejerció una presión asfixiante, procurador por procurador. Aun así fueron necesarias cinco votaciones para que las Cortes dieran su brazo a torcer, e incluso entonces lo hicieron por una débil mayoría. Cuando el 20 de mayo de 1520 zarpó de La Coruña, Carlos estuvo hasta el último instante dudando si debía posponer el viaje para dirigirse a Toledo, que ya se había pronunciado en rebeldía, o si seguir adelante. Su ambición imperial pudo más que las razones de Estado. Castilla ardía a su espalda cuando tomó camino de Flandes.

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A su espalda el Rey dejaba una revuelta en curso y una polémica designación que, además de alimentar el fuego, incumplía sus renovadas promesas de no entregar cargos españoles a extranjeros. Adriano de Utrecht, el piadoso monje que le había educado, fue elegido gobernador de Castilla durante su ausencia. Desde ese cargo hubo de hacer frente al alzamiento de las llamadas Comunidades de Castilla. Al levantamiento en Toledo le siguió el de Segovia, cuya población se amotinó con sus procuradores en Cortes por haber votado a favor de lo que pedía Carlos. Dieron muerte a uno de dichos procuradores, Rodrigo de Tordesillas, a pesar de haberse acogido a sagrado en la iglesia de San Miguel. Madrid, Salamanca y Ávila fueron detrás.

María fue «muy docta en latín y en griego y matemática y muy leída en la Santa Escritura y en todo género de historia»

Al igual que un virus, el alzamiento se fue extendiendo por otras ciudades castellanas, siguiendo el clamor que los curas lanzaban desde sus púlpitos contra el mal gobierno del Rey extranjero. Frente a la movilización de las tropas reales, los representantes de Toledo pusieron a la cabeza de las milicias urbanas a Juan de Padilla, un hombre con el suficiente talento militar cómo para complicarle las cosas a los enviados de Adriano de Utrecht. Por no hablar de su esposa, María Pacheco y Mendoza, «la Leona de Castilla». Y es que los leones no se rinden.

María Pacheco, séptima hija de Íñigo López de Mendoza, II Conde de Tendilla, nació en la Alhambra, donde su padre ejercía como virrey de la recientemente conquistada Granada y fue educada junto con sus hermanos en un culto entorno lleno de guiños musulmanes. Según su capellán Juan de Sosa, María fue «muy docta en latín y en griego y matemática y muy leída en la Santa Escritura y en todo género de historia, en extremo en la poesía». Casada con un hombre de rango inferior al linaje de ella y de poca ambición, se dice que fue María Pacheco quien empujó a su marido a que se uniera en 1520 al levantamiento contra Carlos para ganar influencia.

La guerra se alargó durante dos años sin que nadie lo hubiera si acaso imaginado en su origen. Los episodios aislados promovidos por el patriciado urbano evolucionaron hacia una guerra de asedios y batallas en campo abierto. El incendio y saqueo de Medina del Campo, que se negó a entregar su parque artillero para asediar Segovia, convirtió al regente en el villano de referencia. En el verano de 1520, los comuneros consumaron el peor de los temores de Carlos: se apoderaron del palacio de Tordesillas, donde estaba internada la Reina Juana. Afortunadamente para la causa del Rey, los comuneros no lograron sacar a la reina madre de su apatía en los 65 días que permaneció la villa bajo su control.

Ejecución de los comuneros de Castilla, del romántico Antonio Gisbert. ABC

Los comuneros sufrieron la negativa de Juana a apoyar sus demandas, pero fue la falta de apoyo de los grandes de Castilla lo que realmente malogró la revuelta. Como queriendo dar una lección al jovencísimo Rey, los miembros de la alta nobleza prefirieron mantenerse en un segundo plano hasta que observaron, preocupados y arrepentidos, que la sublevación en algunas ciudades estaba adquiriendo cierto carácter antiseñorial. El Rey accedió finalmente a nombrar dos gobernadores adjuntos al Cardenal Adriano elegidos entre la alta nobleza: el Almirante de Castilla, Don Fadrique Enríquez, y el Condestable, Don Íñigo de Velasco. Ese sencillo gesto cambió el signo de la contienda. Sin olvidar el millonario acuerdo matrimonial que Carlos obtuvo derivado de la boda de su hermana Leonor con el Rey de Portugal, Manuel ‘el Afortunado’. La millonada inyectó vigor a la causa real.

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En la batalla de Villalar (el 23 de abril de 1521) fueron hechos prisioneros los principales líderes comuneros, entre ellos, Juan Bravo, Francisco Maldonado y Juan de Padilla. Todos ellos fueron ejecutados en esta misma localidad. Cuando María Pacheco recibió la noticia de la muerte de su marido se encerró unos días en su soledad. Pero al convertirse Toledo en el último reducto comunero, ‘la Leona de Castilla’ apartó el luto de un manotazo para dirigir una resistencia desesperada frente a las tropas realistas. El resto de los dirigentes comuneros de la ciudad se inclinaron por capitular y reclamar cuanto antes el perdón real.

La viuda de Padilla estiró la resistencia contra la opinión de hombres como Pero Laso de la Vega o Fernando de Ávalos y, habiendo huido el obispo Acuña en dirección a Francia, se elevó como el máximo mando en Toledo. No dudó en entrar en el Sagrario de la Catedral para usar la plata que allí había para sufragar la guerra y mostró un ímpetu sobrenatural. Sus contemporáneos la apodaron por esta valentía extrema la ‘Leona de Castilla’, la ‘brava hembra’ y la ‘centella de fuego’, pero también dijeron sus detractores que «era más propensa a los excesos que a la moderación». Justificaron su actitud en que la influencia de un demonio familiar o a las predicciones que recibió en Granada de una morisca sirvienta suya la habían trastornado.

La resistencia de la urbe se alargó nueve meses más allá de la batalla de Villalar, durante los cuales María llegó a apuntar los cañones del Alcázar contra los toledanos para mantener el orden. Finalmente, la superioridad de las tropas reales forzó la caída de la ciudad. Al fin, Carlos regresó con el propósito de castigar a esos villanos capaces de retener a su madre varios meses, y a recompensar a los que habían permanecido fieles a la autoridad real.

El caluroso verano de 1522 marcó un cambio de tendencia en el reinado. Se acabó el tiempo de los consejeros flamencos: tocaba hispanizar la dinastía. Las prestaciones de la infantería castellana (conformada como tercios a partir de 1534) y las grandes remesas de metales preciosos llegados de las Indias convencieron a Carlos de la necesidad de dar preeminencia a este reino y a su nobleza dentro de la estructura imperial.

Gracias a la ayuda de los familiares que militaban en el bando realista, María Pacheco logró huir de Toledo disfrazada con su hijo de corta edad hacia Portugal. El Rey de este reino se negó a acatar las peticiones de expulsión que le llegaban desde Castilla, de modo que la aristócrata encontró refugio en Braga y luego en la casa de Pedro de Acosta, obispo de Oporto. Allí fallecería casi una década después debido a un dolor de costado sin haber logrado ni pedido el perdón del Monarca. Sí lo hizo por ella su hermano menor, el poeta Diego Hurtado de Mendoza, que era uno de los hombres de mayor confianza de Carlos I, aunque tampoco obtuvo avances. Suyas son las palabras del poético epitafio de la «Leona»:

«Si preguntas mi nombre, fue María/ Si mi tierra, Granada; mi apellido/ De Pacheco y Mendoza, conocido/ El uno y el otro más que el claro día/ Si mi vida, seguir a mi marido;/ Mi muerte en la opinión que él sostenía/ España te dirá mi cualidad/ Que nunca niega España la verdad».

Origen: La Leona de Castilla, la poderosa mujer que lideró la última resistencia comunera contra Carlos V

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