La malvada reina que le sacó los ojos a su hijo para quedarse con el Imperio bizantino

 

 

En el 787 Irene de Constantinopla reinstauró el culto a las imágenes religiosas durante el Concilio de Nicea II después de medio siglo de represión iconoclasta

Irene Sarantapechaina fue una de las mujeres más viles de la Historia. La basilissa del Imperio bizantino (775-802) mutiló a su hijo, Constantino VI, cegándolo. La malvada madre, dispuesta a todo para conservar su hegemonía en el trono, mandó arrancarle los ojos en la misma sala donde lo trajo al mundo. El mensaje no podía ser más claro, así como tuvo el poder de darle la vida, también tenía el de arrebatársela.

Tras la muerte de su marido, León IV, la emperatriz consorte de origen ateniense estrenó su voluntad con el Concilio de Nicea II. Irene establecería una nueva ley de culto -en contra de la política religiosa de los tres reyes anteriores-; a través de la cual se reinstauraba la iconodulia (adoración de imágenes), castigando a todos los iconoclastas (aquellos que no rendían culto a éstas).

Con esas nuevas medidas Irene buscaba reconciliar al Imperio con la Iglesia ortodoxa griega -a la que venía enfrentándose su suegro, Constantino V, por la cuestión religiosa-, y así ganar aliados contra cada uno de los conspiradores posibles de su regencia durante el reinado de su hijo de diez años.

Irene fue la mujer más poderosa de su tiempo, pues gozó de la misma supremacía en Oriente que Carlomagno en el Imperio romano de Occidente.

De esta manera, la basilissa le declaró la guerra a los antiguos opresores iconoclastas -reinstaurando así el arte sacro que sobreviviría aún después de la caída de Constantinopla en manos de los soldados de Mahoma- profanando la voluntad de los antiguos reyes; quienes habían estado desangrando inútilmente las fuerzas del Imperio bizantino contra la iconodulia. A pesar de eso, lograría unificar la Iglesia ortodoxa de Oriente y Occidente, a costa de los ojos de su hijo.

Pero muy a pesar de la crueldad que caracterizó a la reina, fue la mujer más poderosa de su tiempo; pues a pesar del machismo dominante en la época gozó de la misma supremacía en Oriente que Carlomagnoen el Imperio romano de Occidente.

La ruptura de imágenes

Durante el reinado de León III (717-741) la fuerza de los bizantinos minaba contra los árabes en el campo de batalla, llegando a la conclusión -al ver que el enemigo no adoraba a ningún elemento sagrado- que la veneración de imágenes era una terrible pérdida de tiempo y de esfuerzo. Siendo así, el emperador -muy enfadado con las estampas religiosas- decidió establecer la reforma iconoclasta (726-729), como la nueva política religiosa del Imperio romano oriental, prohibiendo el culto a las representaciones figurativas.

Retablo de Esmalte Bizantino
Retablo de Esmalte Bizantino – ABC

Este asunto despertaría la furia de los griegos y la disputa con los Papas Gregorio II y III, quienes buscarían excomulgar a todos los reformistas. Sin embargo León III aplastaría la revuelta griega y se separaría definitivamente de la Iglesia romana.

Al morir le sucedería Constantino V -el suegro de la malvada madre-, quien desataría una represión aún más fuerte contra los iconodulos.

Iglesia iconoclasta Santa Irene
Iglesia iconoclasta Santa Irene- C.C

«Como resultado de sus triunfos militares, la idea de la victoria imperial pasó a asociarse a la política religiosa de la iconoclasia, y quienes combatían en las guerras a menudo se convertían también en fervientes partidarios de ella» explicóJudith Herrin en su obra «Bizancio: El imperio que hizo posible la Europa moderna» (Penguin Random House, 2017).

Cuando Constantino V fallece en el 775terminaba la más dura represión iconoclasta, sucediéndole su hijo León IV junto a Irene. Sin embargo el nuevo basilei duraría muy poco en el trono, únicamente cinco años. Algunas fuentes especulan que la emperatriz lo envenenó, pues murió en circunstancias muy extrañas. Y conociendo la ambiciosa personalidad de la reina, quizás estaba ansiosa por participar en las decisiones del Estado; y como su esposo la mantenía siempre al margen, le sedujo la idea de retirarlo del tablero.

La iconoclasia despertaría la furia de los griegos y la disputa con los Papas Gregorio II y III, quienes buscarían excomulgar a todos los reformistas

«Dejaba el trono en herencia a su hijo apenas de 10 años de edad, Constantino VI, momento en el cual se alzó con el gobierno su madre, Irene, bajo el cargo de regente», escribió la historiadora Herrin.

La ambiciosa regencia

Casi medio siglo no bastaría para que la basilessa rompiera la tradición iconoclasta. Amparándose en los iconodulos exiliados se atrevería a convocar en Constantinopla un concilio ecuménico en el 786, no obstante se vio obligada a retractarse después de que el ejército tomase el templo donde se encontraban.

Pero un año después, Irene enviaría a los soldados del Imperio a Asia Menor, con la excusa de contener las invasiones árabes. Y después de expulsar a sus familias de Bizancio, reanudaría sus planes para celebrar el concilio de Nicea. La emperatriz condenó cualquier iglesia en donde no hubiera reliquias o imágenes de santos y, asimismo ordenó destruir cualquier manifestación iconoclasta.

Basílica de Santa Sofía
Basílica de Santa Sofía – ABC

El ejército era solo el menor de los peligros conspiratorios contra la reinstauración del culto a las imágenes. Ante la posible rebelión de los cinco hermanastros de su difunto marido -llamados césares, y quienes abogarían por la póstuma voluntad de Constantino V- la basilessa ordenó torturarlos. Al mayor le cegaría y a los otros cuatro mandaría cortarles la lengua.

Mientras su hijo se desempeñaba en la guerra, la malvada madre vivía un romance con el poder, el cual se negaría a abandonar en el momento en que Constantino VI comenzaba a reclamar sus funciones como emperador. El joven, que apenas llegaba a los veinticinco, estaba fastidiado de ser solo un adorno o simplemente un medio para los intereses de la regente.

La traición

Con su máscara de madre comprensiva, Irene parecía cederle las riendas al muchacho, pero solo era parte de otro de sus rebuscados y escabrosos métodos de control. No obstante un buen día pareció quedarle grande el mando y, como el hijo dócil que era, Constantino VI volvería otra vez a sus faldas. Para complacerla la afirmaría como coemperatriz; impidiendo que su esposa María ejerciese de su derecho legítimo como reina consorte.

«Intrigó para enemistar a Constantino con la Iglesia, el ejército y el pueblo consiguiendo los apoyos necesarios en la Iglesia iconódula»

Como ella no se fiaba del todo de aquel cariño, buscó por todos los medios asegurar su hegemonía; y para ello pondría al pueblo bizantino en contra de su hijo, aliándose incluso con la oposición iconoclasta.

«Intrigó para enemistar a Constantino con la Iglesia, el ejército y el pueblo consiguiendo los apoyos necesarios en la Iglesia iconódula. (…) Por su restauración del culto a las imágenes, así como en la plebe, a través de rebajas de impuestos», relata Judith Herrin.

Una vez que el Emperador supo de la traición, trató inútilmente de escapar de Constantinopla (actual Estambul). Corría el verano del 797 cuando vería el sol por última vez, su madre había ordenado conducirlo al mismo lugar donde lo había alumbrado, a la Cámara Pórfida, y una vez allí le sacaron los ojos.

Se desconoce si Constantino sobrevivió; pero al no asegurar descendientes que la protegiesen, Irene sería destronada poco después en el año 802 por Nicéforo.

«La entronización de Carlomagno en Roma, las desastrosas derrotas bizantinas frente a árabes, búlgaros y eslavos, así como los tributos que se tuvo que pagar para mantener la paz, se convirtieron en el germen necesario para que triunfara un golpe militar protagonizado por Nicéforo (802-811), que depuso a Irene y se coronó emperador», escribió Herrin

Origen: La malvada reina que le sacó los ojos a su hijo para quedarse con el Imperio bizantino

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