La Reina de España que estuvo 46 años confinada por orden de su padre y de su hijo

La Demencia de Doña Juana (1867), de Lorenzo Vallé
La Demencia de Doña Juana (1867), de Lorenzo Vallé

Fernando El Católico dictó el internamiento de su hija a través de una resolución en 1509, si bien ella nunca dejó de ser la reina de pleno derecho

Hubo un tiempo en el que Juana «La Loca» podría haber sido Juana «La Hermosa», e incluso Juana «La Inquieta». A pesar de su condición de hija tercera de los Reyes Católicos, la infanta española demostró desde pequeña grandes aptitudes para la danza y para la música —tocaba el clavicordio y el órgano— y recibió una formación humanista que impresionó a Luis Vives. Además, aprendió francés y latín a la perfección, y se desenvolvía con el alemán y el flamenco. Juana no era ninguna analfabeta ni una paleta trasladada a Flandes como el que envía ganado hacinado al matadero.

El sexo emergió en el horizonte de Juana como un mundo inesperado y adictivo. Pero, lo que es más grave, funcionó como detonante de su locura. La sexualidad despertó alteraciones psiquiátricas tales como los celos y la obsesión hacia su marido. ¿Loca de amor o amor de loca? El psiquiatra Francisco Alonso-Fernández defiende en su libro «Historia personal de los Austrias españoles» que la coincidencia cronológica de ambos fenómenos –la locura y la historia de amor– ha llevado a la confusión en muchos análisis históricos. Esto es: la enfermedad de Juana no tuvo sus causas en su historia de amor, pero sí marcó su comienzo.

Una isla desierta en Flandes

Juana fue hasta entonces una niña normal, que no dio pruebas de sufrir ningún tipo de trastorno mental. Se la considera una joven seria, reservada y responsable, a la que sus padres la encontraban parecida a su abuela paterna, Juana Enríquez. Hasta el punto de que Isabel se refería algunas veces a su hija como «suegra», mientras Fernando la llamaba «madre».

La pasión inicial se consumió debido al comportamiento obsesivo de Juana. Daba comienzo una vida conyugal marcada por las infidelidades de Felipe «El Hermoso» y por la absoluta soledad de ella. Sus arranques temperamentales empezaron a ser de dominio público, pero se los consideraba un rasgo heredado de su imponente madre, también propensa a sufrir accesos de melancolía y celos. Los frecuentes coqueteos de Felipe con las damas flamencas irritaban gravemente a Juana, quien presa de los celos no dudaba en espiar cada movimiento de su marido e incluso agredir a las mujeres más descaradas. En una ocasión golpeó con un peine a una de las damas sospechosa de ser una de las amantes de su esposo. Además de la agresividad, los celos la empujaban a comportarse de una forma extraña, desconfiada, irritable y apartada de las prácticas religiosas que se le presumían a la hija de los Reyes Católicos.

Juana y su esposo con gente de la corte
Juana y su esposo con gente de la corte

Verse colmada de hijos, hasta seis, no calmó el temperamento de la castellana. Ni suplió acaso la frialdad de su marido, que vivía ocupado en mil tareas de gobierno. Cada vez más se sentía una joven triste y sola; sumida en la apatía, recostada la mayor parte del día y la noche en su almohadón. Fueron las circunstancias políticas en España, con la muerte de sus hermanos mayores Juan e Isabel, lo que devolvió el foco a Juana. Ella y su marido se posicionaron para heredar los reinos españoles en un breve viaje a la península a principios de 1503.

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La Juana que regresó a Castilla tras su primera estancia en Flandes se parecía muy poco a la que cinco años antes había partido desde Laredo. Literalmente, estaba loca. Los arrebatos de ira, los ayunos autoimpuestos y las noches en vela convencieron a los Reyes Católicos de que a su niña la habían trastornado en Flandes.

A Flandes regresó precipitadamente en la primavera de 1504 tras la salida no menos accidentada de su marido, que apenas disimulaba su mala opinión sobre sus suegros, dejando en España bajo la custodio de los Reyes Católicos a su último hijo varón, Fernando, recién nacido. Juana estaba tan obsesionado con seguir la senda de su marido que no parece que reparara en que su bebé le necesitaba ni en la mala salud de su madre, afectada por un cáncer de útero que acabó con su vida meses después.

¿Un accidente o un asesinato?

La muerte de Isabel dejó en manos de Juana, esto es, de Felipe I, el trono de Castilla y obligó a Fernando El Católico a retirarse a Aragón, desde donde maldijo a todos los castellanos que le habían dado la espalda en las discusiones en torno al testamento de su esposa. Banquetes, amoríos, desenfrenos y cacerías… Felipe no tardó en acomodarse al trono y envolvió su corte en Burgos de consejeros flamencos. Vestida de negro por un luto imaginario, parece ser que Juana era partidaria de que hubiera sido su padre quien gobernara Castilla hasta que su hijo Carlos alcanzara la mayoría de edad. Una reacción rabiosa contra su marido, a quien amaba y odiaba a partes iguales. Solo a regañadientes accedió a que las Cortes de Castilla, reunidas en Valladolid, le juraran fidelidad a ella y a su marido.

Tampoco es que hubiera tiempo para comprobar cuánto se oponía Juana a que reinara en su país natal su marido. Según apuntan los cronistas, Felipe se encontraba en el palacio burgalés de la Casa del Cordón cuando cayó súbitamente enfermo el 16 de septiembre de 1506. Al beber un vaso de agua fría tras jugar un partido de pelota con un capitán vizcaíno sintió las primeras fiebres. Al día siguiente salió de caza como si nada, pero su estado fue agravándose hasta presentar un cuadro de neumonía. Uno de sus médicos describe los síntomas de la enfermedad en una carta: «Estábase con la calentura y con sentimiento en el costado, y escupía sangre. Y se le hinchó la campanilla, que decimos úvula, tanto que apenas podía hablar». En menos de diez días falleció el rey, con tan solo 28 años. Su muerte prendió la locura definitiva en Juana y un sinfín de rumores en Castilla. ¿Enfermo o envenenado?

«En un carruaje tirado por cuatro caballos traídos de Frisia hacemos su transporte. Damos escolta al féretro, recubierto con regio ornato de seda y oro. Nos detuvimos en Torquemada…»

A partir de la sucesión de muertes que azotaron a su madre, a sus hermanos, a sus sobrinos y, finalmente, a su marido, Juana mostró la envergadura de su comportamiento errático. Desenterró a su marido a la luz de las antorchas para llevarlo a Granada. Pidió a los presentes en Burgos, embajadores incluidos, que confirmaran que se trataba del cadáver de su marido, tras lo cual inició un espectáculo fúnebre por los pueblos de Castilla que duró más de un año.

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Lo narra con claridad un testigo de aquellos días, Pedro Mártir de Anglería, también presente en el cortejo que escoltó los restos de Isabel la Católica hasta Granada: «En un carruaje tirado por cuatro caballos traídos de Frisia hacemos su transporte. Damos escolta al féretro, recubierto con regio ornato de seda y oro. Nos detuvimos en Torquemada… En el templo parroquial guardan el cadáver soldados armados, como si los enemigos hubieran de dar el asalto a las murallas. Severísimamente se prohíbe la entrada a toda mujer…»

46 años encerrada

La inactividad política y las locuras del reinado de Juana terminaron en el verano de 1507. Al puro estilo del Séptimo de la Caballería, Fernando «El Católico» apareció en el horizonte de Castilla y ordenó la reclusión de su hija en Tordesillas. Sin sospechar que allí habría de vivir el resto de su vida, Juana accedió a ir a esta localidad vallisoletana mientras el féretro de su marido también fuera trasladado allí. Así colocaron el féretro de Felipe en el monasterio de Santa Clara para que la reina pudiera contemplarlo desde una ventana del palacio. Su hija menor Catalina, nacida durante el paseo fúnebre por Castilla, también le acompañó hasta Tordesillas.

Fernando dictó el internamiento de su hija a través de una resolución en 1509, si bien ella nunca dejó de ser la reina de pleno derecho. Juana permaneció recluida durante 46 años en el castillo-palacio de Tordesillas, sin que ni siquiera la llegada al trono de su hijo Carlos rebajara las condiciones de su cautiverio. Por eso es difícil distinguir cuánto había en Juana de enajenada y cuánto de víctima del poder. Sobre todo del poder y de la ambición de los hombres de su vida, su padre, su marido y su hijo.

Durante los primeros siete años se encargó de vigilar a la reina Luis Ferrer, estricto y duro, quien más que un cuidador era un carcelero con el objetivo de evitar cualquier posible fuga. A la legítima soberana de Castilla solo se le permitía salir del palacio para visitar el féretro de su marido y para asistir a las ceremonias religiosas, si bien con los años perdió interés en ambas actividades. Luis Ferrer interpretó en la repulsa de la viuda de Felipe a los oficios divinos una prueba de que un demonio habitaba en su interior.

Doña Juana "la Loca" (1877), de Francisco Pradilla. Museo del Prado (Madrid).
Doña Juana «la Loca» (1877), de Francisco Pradilla. Museo del Prado (Madrid).

A Ferrer le sucedió en el puesto de vigilancia el caballero Hernán Duque de Estrada. El trato se hizo más amable y Juana pudo pasear a pie y a caballo por los alrededores del palacio. Si bien, los rumores sobre un presunto enamoramiento de Juana y Hernán precipitaron su relevo por los Marqueses de Denia (y Condes de Lerma) a partir de 1518. La forma en la que estos procedieron es una de esas controversias siempre abiertas. Hubo sospechas de que la reina fue maltratada y se le suministró la comida a cuentagotas, lo cual no parece muy verosímil si se tiene en cuenta que murió con 75 años, más vieja que ninguno de sus padres o de sus hijos. Precisamente, los marqueses se encargaban de que Juana comiera y bebiera incluso en contra de su voluntad para que nadie les pudiera responsabilizar a ellos de su muerte.

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Fernando la visitó al menos tres veces y Carlos V, su heredero, un mínimo de doce veces. Tal vez una cifra escasa, pero suficiente para constatar que el tratamiento que recibía era lo bastante respetuoso y para encargarse de que la pequeña Catalina, futura Reina de Portugal, se alejara cuanto antes de un entorno tan nocivo en el que se estaba criando. También visitaron a la Reina de España (legalmente nunca dejó de serlo hasta su muerte) los comuneros cuando se hicieron Tordesillas a finales de 1520.

Los comuneros dieron más libertad de movimiento a Juana en el periodo que controlaron la localidad vallisoletana. Ella, sin embargo, parece que no mostró ningún interés en los cantos de sirena de los comuneros, que le prometieron restablecer su dignidad real si les apoyaba en su rebelión contra Carlos. Pidió, simplemente, y parece que bastante cuerda, que no le revolvieran contra su hijo. La breve visita comunero sirvió, al menos, para que Catalina se marchara definitivamente y para que los carceleros fueran advertidos por el Rey de que debían mejorar el trato hacia Juana.

Un triste epílogo

Los años la hicieron más violenta aún con el servicio y la sumergieron en un estado de aletargamiento. También empeoraron sus problemas con la comida: mandaba que depositaran los platos en la puerta para que, cuando le viniera el hambre, pudiera comer sentada en el suelo. Después arrojaba la vajilla contra la pared o la escondía en los armarios y detrás de los baúles. En la fase final de su vida, lo que en apariencia fue una esquizofrenia se movió en el terreno abonado durante años por la melancolía y las paranoias. Las idas y venidas, los dramas familiares, las muertes y las visitas a cuentagotas, habían dejado exhausta su salud mental. Ya no sabía quién estaba muerto y quién vivo, se preguntaba a veces: ¿por qué Fernando no había vuelto a visitarla?

El jesuita la halló fuera de sí, obsesionada con que las damas que la atendían eran brujas que ensuciaban el agua bendita y escupían a los símbolos religiosos

En 1552, Felipe II destinó al padre jesuita Francisco de Borja para que visitara a su abuela Juana y la confesara. No le preocupaba especialmente la salud física de su abuela en ese momento, sino más bien la salud de su alma y las noticias de que había descuidado sus deberes religiosos. El jesuita la halló fuera de sí, obsesionada con que las damas que la atendían eran brujas que ensuciaban el agua bendita y escupían a los símbolos religiosos.

En esta misma línea, otro jesuita que la atendió posteriormente la encontró atemorizada por un gato tenebroso que, según la narración de Juana, se había comido a varios familiares, a sus padres incluidos, y ahora la había colocado a ella en su mira. Y si bien el gato devorador de reyes desistió, no así el deterioro físico intrínseco a la vejez. Sus piernas se ulceraron y la fiebre y los vómitos aparecieron de forma crónica. La muerte entre gritos de dolor alcanzó a Juana en 1555, el mismo año que el hombre que reinaba en su nombre, su hijo Carlos V, renunció a sus reinos.

Origen: La Reina de España que estuvo 46 años confinada por orden de su padre y de su hijo

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