La manifestación de los trabajadores de los astilleros, dos de los cuales murieron por disparos de la policía, salvaba la realidad secuestrada por el franquismo

La sonrisa y la masacre
Manuel Rivas

Acto 1

A las dos de la tarde del 27 de julio de 1938, llegaba a Ferrol el ministro del Interior del Gobierno de Franco y presidente de Falange Española Tradicionalista y de las JONS, Ramón Serrano Suñer. Manifiesto filonazi, era cuñado del Generalísimo. Como era tiempo de mucho pareado, lo llamaban, en voz baja, el Cuñadísimo. Había presentado, el día 25, la Ofrenda al Apóstol en la catedral de Santiago. Allí donde dijo: “Santiago Apóstol, patrón de España, el enemigo huye y se aproxima la hora de su total destrucción. Por eso con mi ofrenda expreso la gratitud de España que con vuestra ayuda será una, grande y libre, y será faro del mundo, generosa para los descarriados, pero dura con la traición y contra las fuerzas del mal”. Una arenga atroz a modo de ofrenda que contenía todos los ingredientes del “terror semántico”. El arzobispo, Tomás Muñiz de Pablos, aquel que entregaría “la espada de Dios” a Franco en diciembre del mismo año, también echó pólvora con entusiasmo en el incienso del sermón.

Aquel viaje a Ferrol de Serrano Suñer, en plena guerra, no fue una excursión propagandística más del fatuo gerifalte. Iba a tener un importante carácter simbólico y mucha repercusión informativa. Llevaba en secreto un propósito. Un hito decisivo en la operación para propulsar el mito de Franco, llevarlo en vida al cénit de la historia de España, como un héroe providencial “enviado de Dios”.

Uno de los poemas a él dedicados, en el competidísimo florilegio del II Año Triunfal, es el que Federico de Urrutia tituló Francoleyenda del César visionario:

Y por los vientos del mundo
con temblor de meridianos,
desde la América virgen
hasta el Oriente lejano,
retumbó el nombre del César.
¡Franco!…¡Franco, Franco, Franco!

Una operación incesante, de calibre ilimitado, pues tal mitología tendrá para la construcción. del régimen totalitario una naturaleza constituyente. Un deus ex machina. El poder militar se concentra en la “mano de Franco”, esa que sostiene “la espada de Dios”. El jefe se fundirá con el Estado y se podrá decir, como los juristas del Führer, que el caudillo es también el supremo juez, el hacedor de derecho, aquel que con sus pasos va imprimiendo su ley. Un delirio absoluto, pero terriblemente eficaz. Un delirio que se impone y extiende como liga pegajosa hasta hacerse costra del Ruedo Ibérico. La “total destrucción”, el objetivo al que se refiere Serrano Suñer en la arenga-ofrenda al Apóstol, abarca la destrucción de la realidad. Es la realidad lo primero que huye. El enemigo es toda España, y toda la humanidad, que no comparte ese delirio.

Pero volvamos a Ferrol, al 27 de julio de 1938. Lo que va a ocurrir se presenta como fruto de lo espontáneo, como una sucesión mágica de casualidades. Serrano Suñer, en compañía de su esposa, Ramona Polo, y de la comitiva oficial, recorre la calle Real aclamado por una gran multitud. Las fotos que publica la prensa son de buena factura para la época, transmiten la excitación del paseo triunfal. “Desde los balcones”, cuenta la crónica, “se arrojó una verdadera lluvia de pasquines con inscripciones patrióticas”. De repente, el cronista repara en un detalle: “En uno de ellos se pedía, en nombre de todos los ferrolanos, que se cumpla el deseo de estos de que la ciudad se denomine Ferrol del Caudillo”.

Va a ser en el balcón de la Capitanía de Marina donde Serrano Suñer haga un “vibrante” discurso. En el lenguaje del delirio vigente, afirma, por ejemplo: “Nebrija dijo que el Imperio es la lengua y yo digo que el Imperio es la lengua y la armada”. Pero el centro de su intervención, la gran novedad, tiene que ver con uno de aquellos pasquines que caían como “verdadera lluvia” sobre el gentío. Él pudo atrapar uno con sus propias manos. Y justamente el que agita ante la multitud: “Anunció que recogiendo las aspiraciones de los ferrolanos, él hará todo lo posible por que en lo sucesivo la ciudad se llame Ferrol del Caudillo”.

De izquierda a derecha: Serrano Suñer, Franco y Mussolini.

Ese día, los periódicos destacan el mensaje de felicitación que Mussolini envía a Franco con motivo de cumplirse el Segundo Aniversario de “vuestra revolución nacional”: “La Italia fascista está orgullosa de haber dado una contribución de sangre y de medios a vuestra victoria sobre las fuerzas destructoras de España y de Europa”.

Serrano Suñer va a ser muy diligente, sí, a la hora de “hacer todo lo posible”. El 30 de septiembre de 1938, el Ministerio del Interior publica la orden por la que Ferrol pasará a denominarse oficialmente El Ferrol del Caudillo.

Resulta pintoresca esa obsesión de los panegiristas por destacar como rasgo iconográfico, hasta lo deslumbrante, la sonrisa de Franco

En la sustracción de la realidad para sustituirla por un “estado receptivo de devoción fanática”, juega un papel decisivo la apropiación del lenguaje y reducirlo, con toda grandilocuencia en los reclamos, a esa liga pegajosa de cazar aves, a un medio de propaganda y control de las mentes. En una doble dirección. Por un lado, como instrumento principal de adhesión y fascinación. “Las palabras tienen un tremendo hechizo” (Mussolini). Ese lenguaje del embrujo puede servir para alcanzar la “sugestión hipnótica” (Hitler). Por otro lado, el lenguaje, manipulado como antilengua, para eso que Italo Calvino llamó “terror semántico”, el pavimento para la circulación del miedo y del odio.

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En Poema de la bestia y el ángel, publicado ese mismo año de 1938, José María Pemán procura combinar las dos intenciones. Presenta una “leyenda”, los dones de las tres hadas, en la que el escenario es Ferrol (“un rincón de Galicia”). Llegan, las hadas, a “una cuna blanca que espera la visita”. El niño, tan despierto, no puede ser otro que Franco, claro está. La primera hada le entrega una espada de “punta impaciente”. La segunda una balanza de plata. Y la tercera… ¡La sonrisa!

Con tu espada invencible conquistará la tierra
y los vientos y el sol.
Con tu pesa medida, conquistará el respeto.
¡Con mi sonrisa conquistará el amor!

Resulta pintoresca esa obsesión de los panegiristas por destacar como rasgo iconográfico, hasta lo deslumbrante, la sonrisa de Franco. Así hizo Manuel Machado, con tanta adulación que ya parece retranca, en el poema La sonrisa de Franco resplandece. José Carlos Mainer, en el ensayo La construcción de Franco: primeros años, destaca la mezquindad estética en la que se arrastraron tantas plumas: “Todo fascismo es fundamentalmente kitsch; el nuestro lo fue en grado superlativo”. Pero hay un encomista, punta de lanza en el delirio, que pone en claro el sórdido asunto de la sonrisa de Franco. Se trata de Giménez Caballero en el libro España y Franco, en ese IIº Año Triunfal: “La sonrisa de Franco tiene algo de manto de la Virgen rendido sobre los pecadores. Tiene ternura paternal y maternal a la vez (…) Es cierto que Franco tiene momentos de gravedad infinita, de dolor, de seriedad amarga. Pero siempre es culpa nuestra. Y se debía pagar con fuerte castigo el poner serio a Franco”.

Una pieza que lleva al límite el uso de la fascinación fanática y del terror semántico. Tremenda franqueza. Lo que queda no es el trazo de una sonrisa, sino la advertencia del “fuerte castigo” por poner serio a Franco.

La orden por la que Ferrol pasa a denominarse El Ferrol del Caudillo no es una traca propagandística más del régimen. Expresa lo que ese régimen va a significar: la ocupación total, la posesión sobre el territorio, las gentes e incluso el nombre de las cosas.

El 30 de septiembre de 1938 la sonrisa de Franco resplandece.

Franco sonriente junto al general Mola en julio de 1936.

Acto 2

“La realidad no es algo dado”, escribe John Berger en La producción del mundo. Y añade: “Hay que buscarla continuamente, agarrarla; casi me sentiría tentado a decir que hay que salvarla”.

Del 10 de marzo de 1972 en Ferrol solo existen dos imágenes fotográficas, tomadas en ángulo de picado, probablemente desde lo alto de un edificio en el entorno de la plaza de España. Se ve un grupo de gente, se supone que parte de la manifestación en la que toman parte cinco mil trabajadores de Bazán. Lo vemos desde arriba: no podemos identificar rostros. No es un andar compacto, decidido, frontal. Por la posición de los cuerpos, la gente mira en diferentes direcciones, en un estado de alerta. Quien toma las fotos lo hace con una cámara temerosa. Esa es la principal información que transmiten esas fotografías borrosas: la imposibilidad de captar la realidad.

Tenemos que bajar a la calle para darnos cuenta que, hoy, 10 de marzo de 1972, lo que está haciendo la gente que se manifiesta en la calle es, justamente, salvar la realidad. Liberarla de los grilletes que la tienen sujeta, de los espejismos de la propaganda y de los decorados de cartón piedra que la mantienen oculta, de la cultura estupefaciente que la tiene anestesiada.

No es algo que los obreros de Bazán vayan gritando en la manifestación, con el buzo de trabajo debajo del brazo, eso de que están salvando la realidad. Cuando respiras, no estás pensando en el funcionamiento del aparato respiratorio. Lo mismo ocurre con la salvación de la realidad. Respiras. Caminas. Ese caminar prohibido, el del 10 de marzo de 1972, forma parte del descubrimiento de la realidad. Ese andar libre, en el fondo, es la respuesta a una pregunta: ¿Por qué no? Y esa pregunta lleva a otra: ¿Por qué cerraron el astillero? Y esa a una tercera: ¿Por qué no podemos decir lo que pensamos? Hay otra pregunta que todavía duele, restalla en las espaldas, en las cabezas, en la estima. ¿Por qué nos apalizaron? El día anterior, el 9 de marzo, se celebró una asamblea en Bazán, delante del edificio de la dirección, para protestar por los despedidos de los representantes sindicales. La Policía Armada, los conocidos como “grises”, entró y tomó el recinto. Ellos, eran miles, no se movieron. En aquella posición, miles de personas inmóviles y silenciosas, constituían un interrogante. El que reconstruye la realidad hecha añicos: ¿Por qué?

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Estamos en el campo de concentración de Auschwitz. Cae la noche. Nieva. Los prisioneros exhaustos de los trabajos forzosos. Uno de ellos, de los de más edad, se derrumba en el suelo. Un guardia, joven y robusto, le da una patada. Primo Levi, uno de los presos, sabe que no debe intervenir, pero hay algo que no puede resistirse. La pregunta: “Warum?” (¿Por qué?). Y el guardia responde: “¡Aquí no hay porqués!”. Así que el proceso de salvación de la realidad comienza por ahí. Por recuperar los porqués.

Y también el nombre de las cosas. El delegado del Sindicato Vertical en Ferrol es un coronel. El régimen emplea una antilengua. Así que su presunto sindicato es, en realidad, un antisindicato. En la antilengua del régimen, desaparecerán los “obreros” y “obreras”, incluso está mal visto utilizar el término colectivos “los trabajadores”. La denominación oficial, obligada para la prensa, es “productor” y “productores”. En mi proceso particular de descubrimiento de la realidad, la primera palabra que me censuraron en un periódico fue “obreros”. Una mano superior la tachó y escribió por encima y en rojo: “¡Productores!”.

“La realidad es hostil con los que retienen el poder”, escribió también John Berger.

Cuando los representantes electos actuaban como verdaderos sindicalistas, el sindicato oficial del delirio, que agrupaba a empresarios y trabajadores, dejaba de existir. La realidad se metió dentro para estar fuera. Esa fue una estrategia de la imaginación para salvar la realidad.

La imaginación es necesaria para ir liberando la realidad cuando está secuestrada por un delirio absolutista

El 9 de marzo, la Policía Armada había cargado dentro de la factoría contra las personas concentradas, indefensas, con las manos vacías, en posición pacífica. Hombres que esperaban unas palabras de la dirección y recibieron una inesperada paliza. Fue una maniobra perversa, convirtiendo el lugar en una ratonera, después de cerrar todas las puertas de Bazán excepto una. Un corredor donde aporrear a mansalva. Muchos obreros resultaron lesionados. Muchísimos golpeados en aquella trampa. Todos, humillados.

Es un error habitual contraponer la imaginación a la realidad. La imaginación es necesaria para ir liberando la realidad cuando está secuestrada por un delirio absolutista. Tampoco se puede confundir la imaginación con la fantasía. La imaginación es un proceso muy laborioso. Tiene que alumbrar zonas oscuras, establecer causalidades, reponer puentes, abrir pasos, responder a las dudas y a los interrogantes. En Ferrol la imaginación está trabajando desde hace tiempo. No solo para luchar por los derechos laborales. La clandestina Comisiones Obreras es el verdadero sindicato en los grandes astilleros y otras empresas. Los comunistas del PCG, una fuerza antifascista, crítica con el estalinismo y la invasión de Checoslovaquia por los soviéticos, promueve la colaboración entre demócratas. Hay una cofradía de pescadores que bien podría tener por lema: “Si amas el mar, amarás la libertad”. Hay un activísimo movimiento de comunidades de base cristianas y de sacerdotes que comparten la Teología de la Liberación. Hay una asociación cultural, la de Santa Mariña, que se convierte en un vivero para difundir literatura, pensamiento, arte y cine prohibidos o invisibles.

Uno de los trabajos de la imaginación es limpiar el miedo.

Ahora estamos en el 1º de Mayo de 1969. Manifestarse en este tiempo es apostar la cabeza. Siempre hay un “fuerte castigo” para quien ponga serio a Franco o a alguna de las cabezas de la omnipresente hidra de ojos panópticos. Aún así, y lo reconoce en un informe la policía política ferrolana, hay más de quinientas personas que salen al Cantón, como si se moviesen los árboles de la Alameda, gritando: “¡Libertad!”.

Una de esas personas es Julio Aneiros, trabajador de Bazán. A las pocas horas será detenido junto con otro llamado Filgueiras. Son sometidos a tormento en la comisaría. Una de las torturas a Aneiros consiste en golpearle, una y otra vez, con una manga rellena de arena y de los pies al cuello. Su piel, desollada, semeja un traje de presidiario. Llegan noticias del suplicio a la factoría. Lo lógico es que los compañeros piensen en esconderse. Pero va la imaginación y limpia el miedo como un colirio en los ojos. Algo que jamás esperaban los torturadores. Una manifestación de obreros de Bazán pasa rodeando la comisaría. Esbirros y torturados pueden oír el grito, la percusión silábica: “¡Li-ber-tad!”. ¿Dónde pasó eso? Eso pasó en Ferrol. Año de 1969.

Pero estábamos en 1972.

Todavía no es marzo. Estamos en febrero.

Xulio Aneiros y Rafael Pillado tienen una conversación con el jefe de personal de Bazán, de apellido Aguilera. Los dos trabajadores, reconocidos dirigentes de Comisiones Obreras, habían sido detenidos y encarcelados en las prisiones de Coruña y Carabanchel durante diez meses con ocasión del estado de excepción declarado por el régimen en diciembre de 1970. La entrevista es muy interesante por lo que dice este señor Aguilera y que resume el optimismo de los “tecnócratas” que hacen sonreír a Franco: “Ya sé que ustedes pretenden seguir movilizando a los trabajadores, pero ahora ya es imposible. Tengan en cuenta que la mayoría del personal está en turnos de doce horas y esto les permite adquirir televisión, frigorífico y otros electrodomésticos, y que, en esas condiciones, necesitan trabajar todo el tiempo posible para poder hacer frente a tanto gasto. Así que olvídense de movilizarlos”.

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La respuesta de Rafael Pillado: “¡Ya veremos!”

Después de muchas asambleas y debates, el 11 de febrero de 1972, los cinco mil trabajadores de Bazán deciden abandonar toda forma de trabajo extra para volver al horario de ocho horas. Alegan que quieren tener un tiempo libre para descansar y estar con la familia. El acuerdo coge por total sorpresa a la dirección. Y el jefe de personal declaró hostil la realidad.

Comienza el proceso para negociar un nuevo convenio. Se pide un aumento salarial, dado el incremento incesante en la carestía de la vida. Nada de horas extras. Hay concentraciones delante de la sede de dirección a partir del día 22 de febrero. Cada vez con más participación. El 28 de febrero, los trabajadores detectan la presencia de miembros de la Brigada Político Social del franquismo infiltrados en la concentración. Piden que abandonen la factoría. Cuenta Pillado: “Se cumplió la exigencia, y tuvieron que abandonar la asamblea con la cabeza gacha”.

Pero está ya en marcha la operación represiva.

El 9 de marzo se impide la entrada en el astillero a los principales representantes sindicales. Se les comunica que están despedidos. Por la tarde se produce la embestida policial contra los concentrados con una violencia que carga de electricidad humana la atmósfera de Ferrolterra. Se anuncia el cierre de la factoría para el día 10. La gente se concentra muy temprano en las puertas. Y se pone en marcha a las 8.30. La manifestación se dirige hacia Caranza, un nuevo barrio en obras, para que se sumen los obreros de la construcción. La idea es también confluir con los trabajadores del otro gran astillero, Astano, que se disponen a cruzar el puente das Pías, que comunica las dos orillas de la ría de Ferrol. Pero no da tiempo a confluir con nadie. Alrededor de las 9 de la mañana, la Policía Armada acomete por sorpresa por una calle perpendicular con el objetivo de romper la manifestación, que se alarga por la carretera de Castilla. La Policía Armada es eso, policía con armas de fuego. No están allí para disuadir. Pero están nerviosos. Es una carga atolondrada. También ellos están, a su manera, descubriendo la realidad. Pero no para salvarla. Su misión, les han ordenado, es el “fuerte castigo”.

Muchos de los que sufren la carga encuentran un trozo de realidad en el suelo. Una piedra del tamaño histórico de la que David lanzó a Goliat. Un suboficial coge la metralleta. Dispara ráfagas. Ese momento en que ya no es el cerebro quien manda, sino el gatillo. Los gatillos.

Recorte de la noticia en un diario español. Incluye un llamamiento del alcalde a seguir haciendo la vida de siempre.

Pudo ser una masacre. Lo fue. Al no conseguir imponerse la fuerza, los disparos fueron a matar. Perdieron la vida dos obreros de Bazán, Amador Rey y Daniel Niebla, ambos de 37 años. Decenas resultaron heridos de bala. Muchos se salvaron parapetados detrás de autobuses, con la chapa acribillada. La policía se retiró y acuarteló, mientras los obreros malheridos eran llevados a hospitales de Galicia. Grupos de mujeres recorrieron las calles y la ciudad se declaró en huelga. Las autoridades ordenaron el corte de comunicaciones, también telefónicas. Un buque de guerra fue situado a la altura del astillero de Astano y las tropas, acuarteladas. Horas después llegaron fuertes destacamentos de la Policía Armada de Valladolid y León. Y de Madrid, una unidad de la BPS especializada en torturas. De hecho, están documentados 20 casos graves de tormento. Hubo más de 150 detenidos, entre ellos, tres sacerdotes. Llevar un brazalete negro era castigado con multa. La prensa internacional (The New York Times, The Times, The Guardian, Le Monde…) informó en primera página. El 13 de marzo, con la presidencia del almirante Carrero Blanco, el Consejo del Movimiento Nacional celebró una sesión secreta sobre Ferrol. Finalmente, el Tribunal de Orden Público (TOP), formado por jueces al servicio de la tiranía, procesó a 23 personas, encarceladas, y que no serían juzgadas hasta 1975. Nunca se abrió ninguna investigación sobre la masacre y las torturas.

El Ferrol del Caudillo había dejado de existir. Un mensaje recorrió el mundo: “Ferrol contra el Caudillo”.

La sonrisa, en realidad, era un tic criminal. Una mueca.

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En recuerdo de los héroes obreros de Ferrol, Amador Rey y Daniel Niebla, el 10 de Marzo ha sido declarado en Galicia Día da Clase Obreira.

Origen: La sonrisa y la masacre

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