23 julio, 2024

La trágica historia de amor que impidió a España tener el imperio más poderoso de la historia

Felipe II y María de Tudor, en una pintura de Hans Eworth realizada en 1558
Felipe II y María de Tudor, en una pintura de Hans Eworth realizada en 1558

Este episodio protagonizado por Felipe II apenas es recordado por los historiadores, pero de haberse concretado y prolongado en el tiempo habría cambiado la historia del mundo

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Aunque mucha gente los desconoce, España e Inglaterra estuvieron bajo el mando de un mismo Rey, bien avenidos, como si fueran una sola potencia. De haber perdurado en el tiempo esta unión, hoy probablemente estaríamos hablando del mayor imperio de la historia. Ninguno habría podido hacerle sombra y su dominio sobre el planeta se habría prolongado durante muchos siglos. Ni el Imperio Romano ni el Imperio Mongol de Gengis Khan habrían podido compararse con Felipe II y sus sucesores.

Este episodio no es fácil de comprender si tenemos en cuenta que España e Inglaterra han mantenido casi siempre una relación de rivalidad en la que se entremezclan sentimientos de temor, desprecio y admiración mutuos. La lista de pugnas y rupturas es interminable. Por citar solo algunos, los abordajes de los corsarios a los barcos españoles en el siglo XVI, las pugnas actuales por la soberanía de Gibraltar, la expedición de la Armada Invencible, el apoyo español a la independencia de Estados Unidos, la tradicional alianza de los ingleses con Portugal contra los intereses del Gobierno de Madrid y la Batalla de Trafalgar

Sin embargo, hubo un momento en que todas esas diferencias no fueron tan evidentes, aunque fuera por un corto periodo de tiempo. Nos referimos a los cuatro años en que Felipe II fue también Rey de Inglaterra bajo el nombre de Felipe I. Aquello fue consecuencia de su matrimonio con María I Tudor entre 1554 y 1558, una circunstancia ya de por sí importante, pero que se habría sumado a las consecuencias que tuvo para España el descubrimiento de América, que se había producido poco antes. De hecho, el retrato del monarca español todavía cuelga en las paredes de la Cámara del Príncipe, estancia anexa a la Cámara de los Lores, en el palacio de Westminster.

El matrimonio, sin embargo, no tuvo hijos. De haberlos tenido, la historia de Europa y España habría sido diferente. Todo comenzó cuando el príncipe Felipe enviudó de su primera mujer, María Manuela de Portugal, en 1545. Ocho años después, su padre, el emperador Carlos V, todavía Rey de España, eligió a María Tudor como nueva esposa para aprovechar que esta acababa de ser coronada. El objetivo último era que la descendencia de ambos uniese en una sola corona a Flandes, Borgoña, España e Inglaterra, formando una defensa infranqueable de sus posesiones continentales contra la ambición de los franceses.

Matrimonio político

Felipe concibió el enlace como una mera obligación política impuesta por su padre. Su única misión parecía ser engendrar a un heredero que se convirtiera en el futuro aliado de España y el Imperio. Los opositores contra los que tuvo que pelear, no obstante, fueron muchos. En primer lugar, Francia, que observaba con pánico un matrimonio que podía conceder a España un gran poder y un vasto territorio. En segundo, los nobles, que se habían enriquecido con los bienes eclesiales expropiados en tiempos de Enrique VIII de Inglaterra, padre de María, y temían que tuvieran que devolverlos. En tercero, los protestantes, pues la unión ponía en grave peligro a su Iglesia.

Estos dos últimos enemigos habían surgido como consecuencia del cisma provocado con la Iglesia católica por Enrique VIII. El monarca inglés vio claro que no podría tener un he­redero varón mientras siguiera casado con Catalina de Aragón. Solo habían tenido a María de Tudor, pero la idea de que una mujer reinase era algo inconcebi­ble en la Inglaterra de aquella época. Buscó por todos los medios la anulación de su matrimonio para poder casarse con Ana Bolena y tener un hijo. Ape­ló al Papa Clemente VII, pero este no accedió. El secretario de Estado, Thomas Cromwell, le planteó la posibilidad de sepa­rarse de Roma y crear un departamento espiritual dentro de su Estado, bajo la batuta del Rey como único representante de Dios en su rei­no. Enrique aceptó y nació el protestantismo.

Como María de Tudor se opuso siempre a este cisma por el daño que le había provocado a su madre, y por su profunda fe católica, dio rápidamente el sí a Felipe II cuando recibió la propuesta de matrimonio. El monarca español representaba para ella un perfecto apoyo en su causa de restaurar el catolicismo y frenar las aspiraciones protestantes. Estas estaban representadas por su hermanastra Isabel, hija de Enrique VIII y Ana Bolena. A su favor solo contaba con algunos nobles católicos, pero estos ya habían sido duramente reprimidos e, incluso, condenados a muerte en la Torre de Londres por su padre. La boda, por lo tanto, se celebró con urgencia en Winchester, en enero de 1554, en medio de este clima de tensión.

Para desgracia de Felipe II, se estableció que el español solo ostentaría el título de Rey de Inglaterra mientras María viviese. Además, solo ella dispondría de las rentas públicas y él solo podría usarlas con el permiso de esta. El monarca aprovechó el amor que su esposa le profesaba para mover hilos en la corte con el objetivo de que le nombraran su sucesor en el caso de que no tuvieran hijos. El Parlamento invocó los acuerdos prematrimoniales y lo impidió en el último momento.

Once meses después de la boda, Inglaterra volvía oficialmente a la obediencia de Roma. Para tranquilizar a la nobleza protestante se dictó que las antiguas tierras eclesiales que Enrique VIII les había cedido no tuvieran que restituirse. Solo se devolverían aquellas que habían ido a parar a manos del Rey de Inglaterra. Sin embargo, no era suficiente para María de Tudor, puesto que ella quería venganza después de que su madre hubiera sido repudiada y ella misma hubiera sido desheredada. Así que hizo prisionera a su hermana Isabel en la Torre de Londres y empezó a perseguir a los protestantes, a muchos de los cuales condenó a muerte sin ningún reparo.

Pasó el tiempo y el objetivo del matrimonio no se cumplía. María estaba tan obsesionada que, incluso, llegó a creerse que estaba embarazada. Dijo que su hijo nacería en abril de 1555 y puso a su hermanastra a hacer la ropa de su futuro bebé como una especie de tortura psicológica. Cuando llegó la fecha, se produjo la desilusión. La salud de la Reina empeoró y Felipe se sintió engañado, pero todavía necesitaba a su esposa desde el punto de vista político. Cuando marchó a Flandes para asistir a la abdicación de Carlos V, le respondió a todas las cartas de amor que esta le envió, aunque fuera cortésmente, para hacerla creer que era la mujer de su vida. A su regreso siguió manteniendo relaciones sexuales con ella aunque no tuviera ninguna esperanza de procrear.

Tras la guerra que se desencadenó con Francia, Felipe II volvió a marcharse. Esta vez, a Flandes. María de Tudor se quedó destrozada y siguió escribiéndole cartas rogándole que regresara pronto. No se imaginaba que ya nunca volvería a verle y que el sueño de aquella unión indefinida entre los dos reinos se perdía para siempre. Ella lo intentó y le escribió para comunicarle que estaba embarazada, pero él no la creía y envió al duque de Feria para confirmarlo. Este le dijo que la Reina simplemente esta enferma y que parecía no tener cura. Solo el láudano le aliviaba ya los fuertes dolores y se pasaba el día rezando y llorando.

Ni siquiera fue a estar junto a ella en su agonía. Felipe II había perdido todo interés en ella. También por la corona inglesa. Era consciente de que el Parlamento jamás cambiaría las leyes de sucesión y dio el trono por perdido. El 17 de noviembre de 1558, María de Tudor moría sola, sin despedirse de su esposo, creyendo que este aún la amaba. Felipe II dejaba de ser monarca de Inglaterra de manera automática. El monarca hispano hizo un último intento y sondeó la posibilidad de casarse con su cuñada Isabel, pero esta le rechazó.

Origen: La trágica historia de amor que impidió a España tener el imperio más poderoso de la historia

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