La Voz de la República: Los ángeles exterminadores de Franco

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Una guerra no consiste solo en matar: también hay que justificar por qué hay que hacerlo. La propaganda cumple esta misión y suele inventar motivos que no se ajustan a la realidad. Así, el 18 de julio de 1936, estalló en España una rebelión militar contra la Segunda República. Sus artífices intentaban detener una política reformista que les horrorizaba por diversos motivos, de modo que dijeron que iban a salvar el país de un complot judeomasónico.

Paul Preston, un hispanista que no necesita presentación, con obras como Franco. Caudillo de España (1994), aborda en su último libro, Arquitectos del terror. Franco y los artífices del odio (Debate), la legitimación de la violencia en el bando franquista. Escoge para ello el método biográfico que tan buenos resultados le ha dado en otros estudios, como Las tres Españas del 36 (1998). A través de los perfiles de personajes como el poeta José María Pemán o los generales Emilio Mola y Queipo de Llano, el historiador británico repasa el uso masivo de teorías de la conspiración. Con estas falsedades no solo se estigmatizaba al contrario, también se presentaba su eliminación como un acto honorable.

Como señala Preston, resulta chocante la obsesión con los supuestos complots de judíos y masones en un país donde unos y otros contaban con una presencia tan exigua. Eso no impidió que se presentara a ambos colectivos como si no tuvieran nada mejor que hacer que tramar todos los males para la patria.

Lo mismo sucedió con la invocación del peligro comunista: el PCE, en el inicio de la guerra, no era más que una fuerza minúscula. Sin embargo, diversos publicistas, a través de discursos incendiarios, trasmitieron la idea de que el país caminaba por el filo de la navaja hacia una catástrofe inminente. ¿Quiénes eran estas personas? ¿Qué se proponían? ¿Eran idealistas o buscaban el interés personal?

Franco junto al general Mola y otros jefes sublevados.
Franco junto al general Mola y otros jefes sublevados. Terceros

Juan Tusquets, un cura convencido de que Los protocolos de los sabios de Sion, el conocido libelo antisemita, era una obra auténtica y no la falsificación que fue, se convirtió en uno de los autores más admirados por Franco. Sus escritos ayudaron a convertirle en un hater radical de la masonería, aunque no constituyeron el único factor. El futuro caudillo estaba enemistado con su padre, Nicolás, un librepensador mujeriego a quien reprochaba el abandono de su familia. El progenitor también era simpatizante de la masonería y encontraba ridículo que su hijo se obsesionara con la institución, puesto que carecía de datos objetivos acerca de ella.

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Sin piedad, aunque sea con mentiras

En la lista de antihéroes que nos proporciona Preston, Mauricio Carlavilla es uno de los más curiosos y extravagantes. Era un policía con escasa formación, pero eso no le impidió escribir best sellers con las teorías más truculentas y delirantes, siempre con el objetivo de desacreditar a la izquierda.

Afirmó, naturalmente sin pruebas, que el dictador Miguel Primo de Rivera, en lugar de fallecer de muerte natural, había sido envenenado por un masón judío pagado por el político catalán Francesc Cambó, al que también presentaba como judío contra toda evidencia. Carlavilla, irónicamente, sí intervino en conspiraciones, como la que planeaba el asesinato de Manuel Azaña.

Niceto Alcalá-Zamora y Manuel Azaña, tras la victoria del Frente Popular
Niceto Alcalá-Zamora y Manuel Azaña, tras la victoria del Frente Popular. Dominio público

Pemán, por su parte, no cesó en los años treinta de manifestarse en contra de la democracia. La Segunda República, a su juicio, era un régimen marxista y ateo que se proponía la destrucción de España. Una vez estallada la guerra, llegó a alegrarse de que el golpe de Estado no hubiera triunfado del todo. Creía que la podredumbre del país era tan grande que no bastaba una victoria fácil para hacer la limpieza necesaria. España necesitaba regenerarse y no iba a conseguirlo “sin dolor”.

Críticas aún más duras reciben Emilio Mola, “el asesino del Norte”, y Gonzalo Queipo de Llano, “el psicópata del Sur”. Los dos generales fueron responsables de la muerte de miles de personas con su utilización política del terror. En palabras de Mola, los insurrectos necesitaban una acción “en extremo violenta, para reducir lo antes posible al enemigo”. Tanto era su afán por machacar al contrario que llegó a decir que, si veía a su padre en el otro bando, lo fusilaba.

Queipo de Llano se dedicó a pronunciar charlas radiofónicas con un lenguaje tan procaz que incomodaba a muchos “nacionales”, en las que hacía llamamientos al asesinato y a la violación. La documentación disponible le retrata como un chaquetero sin escrúpulos, que primero estuvo con la monarquía, después con la República y finalmente se unió al levantamiento del 36.

El general Emilio Mola,
El general Emilio Mola, hacia 1930.  Dominio público

Con el paso del tiempo, algunos de estos Arquitectos del terror trataron de reinventar su pasado y negaron lo que habían hecho en la Guerra Civil. Preston pulveriza estas versiones interesadas de la historia, manipulaciones que adolecen, en algún caso, de una notable torpeza.

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Pemán, por ejemplo, sostuvo años después que le pidió en 1936 al general Cabanellas que se redujera la represión de los “nacionales”. Pretendía desactivar, según dijo, las críticas de dos escritores muy célebres, Georges Bernanos y Ernest Hemingway. El problema es que los libros de estos dos autores se publicaron, en su versión original, en 1938 y 1940, respectivamente. La historia nos recuerda que las cosas son como son, y no como se recuerdan.

Origen: La Voz de la República: Los ángeles exterminadores de Franco

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