26 febrero, 2024

Las cárceles franquistas no eran Guantánamo pero también se torturaba con música

Grupo de presos en la Prisión Central de San Miguel de los Reyes (ca.1960)
Grupo de presos en la Prisión Central de San Miguel de los Reyes (ca.1960)

Elsa Calero-Carramolino analiza y documenta en ‘Sonidos al otro lado del muro’ el uso de la música durante del régimen nacionalcatólico

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El libro Sonidos desde el otro lado del muro lo empezó a gestar Elsa Calero-Carramolino en 2014. Una confluencia de factores y circunstancias la hicieron sumergirse en las cárceles franquistas para investigar cómo se empleó durante esa época la música entre rejas. Primero, sentía curiosidad por las relaciones entre notas y poder, por cómo las primeras pueden condicionar al segundo. Entonces también se emitía en TVE El coro de la cárcel, un reality que exploraba la capacidad de la música para hacer más llevaderas las estancias forzadas en las prisiones. Y además comprobó que no había nada escrito sobre el tema, al contrario de lo que sí se había hecho en otros países de nuestro entorno europeo.

El objetivo de Franco estaba claro, explica Calero-Carramolino a El Cultural: “Se trataba de un programa de adoctrinamiento moral y patriótico en los valores que defendía el régimen. Esto podemos verlo en el canto obligado de los himnos o en la programación de piezas musicales que ‘escondidas’ tras un velo de distracción, pretendía aleccionar a los detenidos en una idiosincrasia ideológica y estética clara, aquella que defendía el nacional-catolicismo. Sin duda era propaganda estatal, de cara a los detenidos, a quienes se les prometía la reducción de la condena si participaban en estos programas de reeducación, pero también de cara al exterior, acerca de la benevolencia del régimen para con sus detenidos”.

Calero-Carramolino, investigadora posdoctoral en la Universidad de Barcelona, también ha indagado sobre el posible uso de la música para torturar a los reclusos, a la manera en que se hace recintos como Guantánamo con los yihadistas. No ha podido confirmar que la utilizaran a gran volumen para interrumpir el sueño, como hacen las tropas estadounidenses en su limbo legal del sureste de Cuba. “Pero hay otras fórmulas: como es por ejemplo la ritualización y la repetición, la obligación de cantar ciertos himnos y marchas (Cara al sol, Oriamendi), y la prohibición de entonar cualquier otro material musical o sonoro distinto a aquello que el régimen permitía. También se asociaban estos cantos a los fusilamientos como una forma de humillación última de los detenidos, una manera de decir ‘moriréis por nada’”.

Grupo de presos en la Prisión Central de San Miguel de los Reyes (ca.1960)

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Grupo de presos en la Prisión Central de San Miguel de los Reyes (ca.1960)

Los obras que más sonaban en la cárceles franquistas, enumera Calero-Carramolino, fueron: Rapsodia Sinfónica, La Procesión del Rocío, Las Danzas Fantásticas, Danzas Gitanas, Oración del Torero, Canto a Sevilla, Sinfonía Sevillana, de Joaquín Turina; Triana, El Puerto, Navarra, El corpus de Sevilla, de Isaac Albéniz; La verbena de la Paloma, de Tomás Bretón; La Revoltosa, de Ruperto Chapí; La boda de Luis Alonso y La Torre del Oro, ambas de Gerónimo Giménez; Tres danzas españolas y Goyescas, de Enrique Granados; Concierto de Aranjuez, de Joaquín Rodrigo; o A mi tierra, de Bartolomé Pérez Casas.

El hachazo que sufrió el sector cultural durante la Guerra Civil hizo que las orquestas formadas en las penitenciarías tuvieran que salir alguna vez a tocar allende sus tapias, rellenando el vacío de notas de algunas localidades. “Paradójicamente, había más actividad musical dentro de las cárceles que fuera, con conjuntos musicales potentes. Por esta razón, algunas agrupaciones como el orfeón de Astorga o la banda de la Prisión Central de San Miguel de los Reyes (Valencia), salieron fuera de la prisión para ofrecer conciertos en las Plazas Mayores y Catedral de la ciudad. También ofrecieron conciertos radiados que se grababan en la cárcel y que eran retransmitidos por las emisoras locales”.

Orquestas de mayor calidad

Las prestaciones, como no podía ser de otra manera, eran desiguales. Los miembros tenían niveles de formación muy dispar. Destacaron los orfeones de Astorga y Zaragoza por el gran número de voces que llegaron a integrar, así como por la calidad de la misma. También la banda y orquesta de la Prisión Central de San Miguel de los Reyes (Valencia), formada por los músicos procedentes de la banda de alabarderos de la ciudad, o la banda de la Prisión Provincial de Orense, dirigida por el músico Luis Brage.

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Por debajo de la actividad musical reglada e impuesta había otra clandestina e incluso contestataria. Calero-Carramolino ha recabado más de una cincuentena de piezas. El valor de este legado resulta incalculable, no en términos de ‘calidad artística’, ya que no se trata de juzgar su ‘valor neto musical’, sino en términos de ‘calidad humana’. A través de este repertorio los detenidos dan cuenta de su experiencia carcelaria, pero sobre todo dan razón de hasta qué punto fue relevante la cultura en todos sus ámbitos, en este caso la música, como estímulo para la supervivencia física, moral, identitaria…”.

Cara al sol, Oriamendi

La autora de Sonidos al otro lado del muro, investigación que se centra del periodo entre 1938 y 1948, se resiste a establecer un escalafón sobre el interés artístico de las piezas en concreto. Aduce que ha de ser consideradas en conjunto pero sí menciona específicamente “las composiciones para piano de músicos notables como Ricard Lamote de Grignon, los títulos para coro de Arturo Dúo Vital o los trabajos sinfónicos de Eduardo Rincón, así como los folclóricos de Tomás Gil i Membrado; todo ello sin excluir aquella otra producción que nos habla de la realidad carcelaria como son las distintas versiones de himnos como el Cara al sol o el Oriamendi, o toda esa producción femenina que en forma de canción ligera (cuplés, pasodobles, chotis…) denunciaba las tremendas situaciones de injusticia física y moral (malos tratos, violaciones, hambre, falta de higiene…) a la que hacían frente día a día”.

Hay historias humanas que descollan por sí solas, como la de Eduardo Rincón, que acaba de fallecer. Llegó a elaborar trabajos de empaque sinfónico sobre papel higiénico. Lo curioso es que cuando entró en la cárcel no tenía conocimientos musicales. La cárcel fue su conservatorio. Y se pregunta: “¿Cuántos Eduardos Rincón  tiene el mundo? Quizá muy pocos, por no decir casi ninguno, y ahí está, sin figurar en las memorias de estudios. Mirar hacia la intrahistoria es en ocasiones un proceso doloroso, pero necesario para rescatar de las garras del olvido todos aquellos nombres que fueron relegados a pesar de gozar de cierta fama antes de ser represaliados, como Ricard Lamote de Grignon, Arturo Dúo Vital, Daniel Fortea, José del Castillo, y dar a conocer aquellos otros a los que aún no ponemos nombre”. Tomen nota, programadores.

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Origen: Las cárceles franquistas no eran Guantánamo pero también se torturaba con música

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