26 febrero, 2024

Las heroínas españolas que sorprendieron a Napoleón: tan beligerantes como los soldados

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Más despiadadas y valientes que ellos: las heroínas españolas que sorprendieron a Napoleón

«En todas las revoluciones políticas han figurado mucho las mujeres», podía leerse en un artículo publicado en 1810 por la ‘Gaceta de Madrid’, portavoz en aquel momento del gobierno invasor de José Bonaparte. No hacía ni tres años que Napoleón había comentado a sus generales, convencido, que la invasión de España sería fácil: «Es un juego de niños, esa gente no sabe lo que es un ejército francés; créame, será rápido». Poco después, el emperador engañó al primer ministro Manuel Godoy para que firmara el Tratado de Fontainebleau y obtuvo el permiso de Fernando VII para atravesar España con 110.000 soldados.

Como es sabido, el objetivo de cara a la galería era, supuestamente, conquistar Portugal, pero en realidad fue un engaño. El 2 de mayo de 1808, Madrid ya estaba tomada y todo saltó por los aires. Comenzaba la Guerra de Independencia que Ridley Scott ha obviado por completo en su película sobre ‘Napoleón’, protagonizada por Joaquin Phoenix, a pesar de que el mismo emperador francés reconoció años después, cuando se encontraba exiliado en la isla Santa Elena, que España fue el principio de sus males, el episodio que precipitó su caída.

«No se oían más voces que ¡armas, armas, armas! Los que no vociferaban en las calles, vociferaban en los balcones. Si un momento antes la mitad de los madrileños eran simplemente curiosos, después de la aparición de la artillería todos fueron actores», contaba Benito Pérez Galdós en sus ‘Episodios Nacionales’. El pueblo español no tardó en levantarse, convencido de que podía echar al invasor. Los franceses pronto se dieron cuenta de que reducir las ciudades les llevaría meses, luchando calle por calle, casa por casa, pero lo que más les sorprendió fue, según reconocieron ellos mismos, la participación de las mujeres en el combate.

Según cuentan los historiadores Juan Francisco Fuentes y Pilar Garí en ‘Amazonas de la libertad: mujeres liberales contra Fernando VII’ (Marcial Pons, 2013), es muy probable que el autor del artículo de la ‘Gaceta de Madrid’, firmado escuetamente con una ‘M’, fuera José Marchena. Este antiguo prófugo de la Inquisición española se había refugiado en la Francia revolucionaria y regresó a España, en 1808, como funcionario del Gobierno bonapartista. Su buen conocimiento de las experiencias revolucionarias del siglo XVIII le permitía dar respuesta a la pregunta que él mismo planteaba al principio de su texto: «¿Por qué en la insurrección española las mujeres han mostrado tanto interés, y aun excedido, a los hombres en el empeño de sostenerla?».

Cuando se publicó el artículo, la guerra contra los franceses se encontraba en pleno apogeo. Como señalaba su autor, las mujeres se estaban mostrando tan beligerantes como los hombres. En ocasiones, incluso, según escribieron otros contemporáneos, ellas fueron más valientes y despiadadas que ellos. Goya, que era tan afrancesado como el tal M, lo supo ver en algunos de sus grabados de la época, como el titulado ‘Y son fieras’, en el que representó a un grupo de mujeres acometiendo con furia contra un grupo de soldados galos. Una de ellas aparece en el centro de la escena con su hijo pequeño en un brazo y la lanza en el otro.

Este comportamiento que plasmó el pintor no fue un caso aislado. En los seis años que duró la guerra surgieron heroínas como Agustina de Aragón, la condesa de Bureta, Manuela Sancho, Clara del Rey, María Bellido, Manuela de Luna, Casta Álvarez, Manuela Malasaña o Juana María Galán. Esta última, natural de Valdepeñas y apodada ‘La Galana’, por ejemplo, alentó a otras mujeres a luchar contra los franceses con aceite hirviendo o lo que tuvieran a mano con todas sus fuerzas. Ella lo hizo con una porra y arrojándose contra el invasor cuerpo a cuerpo.

La resistencia de las mujeres en esta localidad de Ciudad Real fue muy importante porque retrasó a las tropas de Napoleón en su avance hacia Andalucía. Sin embargo, cuando los franceses fueron expulsados de España en 1814, nadie se acordó ni de ellas ni de la mayoría de las otras hasta fechas muy recientes. «Las mujeres entendieron que podían participar en la creación de la nación liberal, como habían participado en la Guerra de la Independencia, porque al ver asediadas las ciudades por los franceses, tomaron parte en la guerra en primera fila, en la retaguardia, escribieron, recogieron colectas, hicieron oraciones, acudieron a tertulias de distinto signo político, estuvieron en juntas patrióticas, es decir, traspasaron la frontera de lo puramente doméstico», explica la historiadora Guadalupe Gómez Ferrer en ‘Historia de las mujeres en España, siglos XIX y XX’ (Arco Libros, 2011).

Las mujeres, por lo tanto, participaron de manera activa en toda aquella agitación política, aunque hasta ese momento se hubieran ocupado únicamente de las tareas domésticas. Así describió su papel en aquellos años la pedagoga y escritora española Josefa Amar y Borbón: «Por una parte, los hombres buscan su aprobación y les rinden unos obsequios que nunca se hacen entre sí; no las permiten el mando en lo público, pero se lo conceden absoluto en secreto; las niegan la instrucción y después se quejan de que no la tienen […]. Por otra parte, las atribuyen casi todos los daños que suceden. Si los héroes enflaquecen su valor, si la ignorancia reina en el trato común de las gentes, si las costumbres se han corrompido, si el lujo y la profusión arruinan las familias, de todos estos daños son causa las mujeres, según se grita».

En 1810, la razón que apunta M para la participación de las mujeres se podría inscribir en la corriente romántica, pues lo justifica por el hecho de que las revoluciones traen consigo, inevitablemente, un estallido de pasiones contradictorias y en ellas la mujer se encuentra en su elemento natural. «Las mujeres no solo puede dar rienda suelta a su naturaleza apasionada, sino que, actuando en calidad de madres o esposas, se convierten en eficaces transmisoras de un coraje contagioso en nombre de palabras como patria o independencia, que enardecen su irracional entusiasmo», aseguran Juan Francisco Fuentes y Pilar Garí.

Más allá de su intención propagandística, el artículo de la ‘Gaceta de Madrid’ aborda un fenómeno que llamó poderosamente la atención de los contemporáneos tras medio siglo de guerras y revoluciones a uno y otro lado del Atlántico. Entrada la época del romanticismo, inspiró a otros escritores franceses como Jules Michel, que publicó el libro ‘Les femmes de la Révolution’ (1854). De la Guerra de Independencia se fijaron mucho en María Bellido en Bailén y Agustina de Aragón en Zaragoza. La primera, por su condición de agitadora de la revuelta, y la segunda, por su arrojo y destreza en el manejo del cañón.

En 1814, con los franceses fuera de España y Fernando VII ya en el trono, la esperanza constitucional de nuevos derechos y libertades se esfumó. En los siguientes seis años, hasta 10.000 españoles se exiliaron por sus ideas liberales. El Rey implantó de nuevo la Inquisición, anuló toda la labor legislativa realizada por las Cortes de Cádiz e inició una persecución de sus opositores, a la que siguió una represión brutal que acabó con la vida de miles de personas en todo el país. Por supuesto, las mujeres también fueron víctimas de esta vuelta al Antiguo Régimen que inauguró lo que se conoce como la Década Ominosa.

Los autores ‘Amazonas de la libertad’ identificaron a 1.454 mujeres liberales de la época, la mayoría con nombres y apellidos. La más conocida de todas, además de Agustina de Aragón, es Mariana Pineda, que se convertirá en un icono tras participar en la liberación de su pariente, el famoso capitán liberal Fernando Álvarez de Sotomayor encarcelado por el Rey. La fuga del militar fue espectacular y la participación de ella es verdaderamente novelesca. Federico García Lorca la retrató en su pieza teatral ‘Mariana Pineda’. En 1931 fue arrestada y, tras un intento de fuga, condenada a la pena capital y ejecutada en la granadina plaza del Triunfo.

Origen: Las heroínas españolas que sorprendieron a Napoleón: tan beligerantes como los soldados

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