Los verdugos de Franco en la Guerra Civil. Bruno Ibáñez Gálvez «el azote de Córdoba

Los verdugos de Franco en la Guerra Civil. Bruno Ibáñez Gálvez «el azote de Córdoba  / José Luis Garrot Garrot

IBÁÑEZ GÁLVEZ, Bruno, conocido como Don Bruno, ingresó en la Guardia Civil en 1911, y desde ese momento se dedicó con fervor a las tareas represivas. Ya en 1911 participó en la represión de los mineros de Puertollano –volviendo a participar en la represión contra estos mineros en la huelga de 1930-; repitiendo en 1913 esa misma tarea contra los mineros de Riotinto.

Participó, como tantos otros verdugos en la guerra de Marruecos, en donde ascendió a teniente, y a capitán en 1918. Durante su carrera pasó por varios destinos, dejando impronta de su paso allí donde era destinado. El 10 de marzo de 1931 es destinado a Toledo; pidiendo al año siguiente pasar a la situación de supernumerario; en aquel entonces residía en Daimiel, remitió esta solicitud para poder dedicarse a la administración de las tierras de las que era propietario su suegro, un importante terrateniente de la zona.

En febrero de 1933 solicitó su reingreso en la Guardia Civil. Ya en 1936 estuvo destinado en Ciudad Real, Málaga y Teruel, hasta que el día 29 de mayo de 1936 es trasladado a Córdoba. Según el historiador Francisco Asensio, Ibáñez hubiera sido uno más, que habría pasado sin pena ni gloria durante su carrera sino hubiera estallado la guerra civil: .

Bruno Ibáñez con Ciriaco Cascajo[3]

El 28 de julio de 1936 Queipo le nombra jefe de la comandancia de Córdoba, junto a Ciriaco Cascajo; y el 22 de septiembre jefe de Orden Público, en sustitución de Luis Zurdo, otro salvaje asesino. Al año siguiente, el 28 de enero, es nombrado gobernador civil. Estuvo en el cargo de jefe de Orden Público hasta el 5 de marzo de 1937. Este período, que fue el más sangriento de la represión, es conocido en la capital cordobesa como el «Terror de Don Bruno».

Ya el primer día que ocupó el cargo de jefe de Orden Público, ordenó la detención de 109 personas, la mayoría de los cuales fueron fusiladas. Hasta su salida de Córdoba fueron miles de personas las ordenadas asesinar por este siniestro personaje. En 1936 se fusilaron en Córdoba 2.172 personas; al final de la guerra el número de asesinados había ascendido a 2.543.

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Pasemos a conocer más al personaje que nos ocupa a partir de algunas de sus actuaciones y del testimonio de personas que le conocieron, y padecieron, durante su estancia en Córdoba. La gente de Córdoba decía de él: .

A tal punto llegó el número de ejecuciones que un empresario de la ciudad se quejó de su actuación ante el propio Ibáñez: O deja las detenciones entre mis obreros o me obligaré a cerrar la empresa, porque entre los que usted se lleva y los que huyen por miedo a la sierra, es imposible seguir la fabricación de material de guerra.

El abogado, y hombre de derechas, Francisco Poyatos López hizo una descripción de Bruno Ibáñez: .

Este mismo abogado relató al historiador Francisco Moreno, algunas «hazañas» de Ibáñez: .

Muy conocido en los prostíbulos cordobeses, y acusado de llevar a cabo múltiples violaciones a mujeres que iban a pedir clemencia para algún familiar, Ibáñez mantenía una imagen de fervoroso católico y rígido valedor de la moralidad. Bajo esta premisa ordenó la quema de miles de libros, que él consideraba pornográficos o «revolucionarios»; en su primera actuación ordenó quemar 5.544 libros. La idea de Ibáñez era librar Córdoba de todo libro pernicioso para una sociedad sana, por lo que se ordenó a todos los ciudadanos que entregaran

En un bando se mostraba muy satisfecho de su labor en pro de la moral y las buenas costumbres:

Bando ordenando la entrega de libros.

Cómo no podía ser de otra manera Bruno Ibáñez contó con la inestimable ayuda y consentimiento de la iglesia católica en sus labores represivas. Muy cercano a su persona estaba el sacerdote Alfonso Hidalgo Real, al que nombró capellán asistente. Entre las misiones de Hidalgo estaba la de acompañar a las personas que iban a ser ejecutadas. Hidalgo siempre iba con un crucifijo y una fusta, al que se negaba a besar el crucifijo le golpeaba con la fusta. Un vecino de la calle Hinojo, donde estaba la casa rectoral de la parroquia de san Andrés, recordaba al sacerdote: No se me iba el recuerdo de como todas las madrugadas llegaba una furgoneta llamada La Lechuza con objeto de recoger a don Alfonso. En el silencio, se oían las voces de elementos como Luis Velasco Moreno y sus acólitos aporreando la puerta como aviso de llegada. Seguidamente, salía vestido con un uniforme de la Guardia Civil y marchaba al cementerio para cumplir con su cometido macabro». Cuando regresó a Córdoba el obispo Adolfo Pérez Muñoz, se negó a recibir a Hidalgo. Este «insigne» sacerdote fue una de las pocas personas que fueron a despedir a Bruno Ibáñez cuando este abandonó Córdoba.

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Alfonso Hidalgo Real, junto a los también sacerdotes Jacinto de Churruca, y el párroco de san Francisco, ayudaban en la elaboración de las listas de los que debían ser asesinados.

El Defensor de Córdoba, órgano católico, publicó el 26 de noviembre de 1936 un artículo elogiando la figura de esta despiadado asesino: . Estas otras medidas debían ser el exterminio de miles de cordobeses.

La salida de Bruno Ibáñez de Córdoba no fue muy airosa. Al parecer solicitó 100.000 pesetas a la Banca Pedro López, el propietario de la misma fue a quejarse a las autoridades. Otra versión es que pidió dinero a la Casa Carbonell, y Juan Cruz Conde se trasladó a Burgos para quejarse directamente ante Franco. La petición de donaciones «voluntarias» que reclamaba don Bruno, hicieron de este un hombre acaudalado, ya que no todas iban a parar a los fines previstos. Cuando terminó la contienda se abrió un expediente contra Bruno Ibáñez; el expediente abierto por un juez militar de Sevilla se debía a que no se sabía donde habían ido a parar las recaudaciones hechas por él entre 1936 y 1937. Finalmente salió indemne de la actuación judicial.

Bruno Ibáñez jamás tubo remordimientos por lo que había hecho en Córdoba. En su despedida, y ante los elogios que recibía por los servicios prestados, se limitó a decir: No me corresponde a mi ningún mérito, pues me limitaba a firmar las listas que me ponían delante.

Bibliografía reseñada en el capítulo

ASENSIO RUBIO, Francisco (2012): Bruno Ibáñez Gálvez, de oficial de Infantería a represor, en Espacio, tiempo y Forma, Serie V, Historia Contemporánea, t. 24, pp. 195-228.

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MORENO GÓMEZ, Francisco (2009): 1936: el genocidio franquista en Córdoba, Barcelona.

La foto está tomada delante del Gobierno Civil, en el acto de la quema de una urna electoral. La publicó el diario Azul, el 17 de febrero de 1937.

  1. [1] Asensio: 214.
  2. [2] Durante toda la guerra fue el presidente del Consejo de Guerra Permanente de Córdoba.
  3. [4] Tomado de Asensio: 217.
  4. [5] Tomado de Asensio: 220.
  5. [6] Ver Moreno Gómez, 2009: 568-569.
  6. [7] Ver Asensio: 218.
  7. [8] Publicado en el diario Azul, citado por Asensio: 219.
  8. [9] Tomado de Morano, 2009: 569.
  9. [1]
  10. Evaristo Peñalver Romo[2], le amenazó con denunciarlo si no se presentaba inmediatamente a las nuevas autoridades. De hecho, dos meses antes de que estallara la guerra, Ibáñez hizo un comentario en voz alta: En menudo lio nos va a meter el cabrón de Franco; este comentario fue oído por un camarero, que se echó a reír al escucharlo. Cuando estalló la sublevación, Ibáñez ordenó fusilar al mencionado camarero.
  11. [4]
  12. [5]
  13. [6]
  14. [7]
  15. [8]
  16. [9]

Origen: Los verdugos de Franco en la Guerra Civil. Bruno Ibáñez Gálvez «el azote de Córdoba

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