Ni anexión militar ni imposición: así se unieron Castilla y León en la gran potencia de la España medieval

Alfonso X en una miniatura medieval del Libro de los juegos.
Alfonso X en una miniatura medieval del Libro de los juegos.

A finales del reinado de Fernando VII en 1833 y con la nueva división territorial, León se convirtió en una de las 49 provincias españolas y, junto con las de Zamora y Salamanca, pasó a formar la región de León o Región Leonesa

La utilización de términos como corona catalano aragonesa o corona castellano leonesa responden a la necesidad, casi siempre política, de satisfacer las sensibilidades localistas más que a cuestiones historiográficas. Se trata de términos inexistentes en la época, pero que algunos historiadores dan por buenos para definir con más precisión realidades complejas y repletas de matices.

La composición histórica de lo que ahora se denomina Castilla y León es precisamente eso: un concepto repleto de recovecos dentro del largo proceso medieval de inestabilidad y división entre los reinos cristianos. Tras la invasión musulmana del año 711 y el rápido colapso del Reino visigodo de Toledo, sobrevivieron pequeños núcleos cristianos en la Península, que desde lo que hoy es Asturias se extendieron por la cornisa cantábrica y lograron hacerse fuertes en regiones que estaban protegidas por una geografía abrupta.

Se suele atribuir a Alfonso I, supuesto yerno de Don Pelayo, ser el primer responsable de la expansión territorial del pequeño reino de Asturias desde su primer solar de los Picos de Europa hacia el oeste gallego y hacia el sur que marcaba el valle del Duero tomando ciudades y pueblos a base de espadazos. Dada la parquedad de las crónicas resulta difícil saber el tamaño y poder que realmente alcanzaron estos núcleos. A la muerte de Alfonso III el Magno, el reino de Asturias fue dividido entre sus hijos: García I recibió los territorios de León, Álava y Castilla; Ordoño II, Galicia, que al calor de Santiago de Compostela había cobrado gran importancia; y Fruela II obtuvo Asturias. No en vano, aunque autónomos todos los reinos quedaron supeditados al primogénito.

Alfonso I de Asturias, representado en una miniatura del siglo XVI.
Alfonso I de Asturias, representado en una miniatura del siglo XVI.

García, considerado fundador del Reino de León, trasladó a principios del siglo X el poder cristiano de Oviedo, urbe muy aislada, a la vieja ciudad romana de León, nacida del campamento de la legión VII Gemina y situada en el camino que en tiempos del Imperio romano llevaba de Burdeos a Astorga, esto es, en medio de una importante arteria de Europa. Nacía así el poderoso Reino de León que incluso albergaría un imperio.

En la época de Alfonso VII ‘El Emperador’ (1126-1157), reyes de todo el país y del sur de Francia se declararon vasallos de un imperio que llegó a ocupar más de un cuarto de la Península. También fue en el seno leonés donde se desarrollaron en 1188 las que están consideradas por la UNESCO como las primeras cortes europeas en las que participó el tercer estado. En esta institución se reconoció la inviolabilidad del domicilio, del correo, la necesidad del Rey de convocar Cortes para hacer la guerra o declarar la paz, y se garantizaron numerosos derechos individuales y colectivos inéditos hasta entonces.

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Según el medievalista Luis Suárez, autor del libro ‘Lo que el mundo le debe a España’ (Ariel), en León se crearon por primera vez órganos de representación de los tres estamentos, germen de las Cortes y del parlamentarismo. Algo que se hizo mucho antes de que en Inglaterra se constituyesen los Comunes, pues aquí los tres estados ya estaban en las Cortes de León desde 1188 y, más tarde, en los otros reinos hispánico. Las Cortes de León de 1188 fueron reconocidas por la Unesco en 2013 como «el testimonio documental más antiguo del sistema parlamentario europeo».

El auge de Castilla

Bajo la batuta leonesa, la expansión cristiana se extendió a Portugal (territorio que se convirtió en un reino independiente en el siglo XII), Extremadura y a la región de Castilla la Vieja, tierra de frontera con los musulmanes. Precisamente esta última zona registró un incremento territorial, económico y demográfico que la convirtió en el poder más relevante de toda la Península y que le puso en la lanzadera para convertirse en un auténtico poder feudal con capacidad de devorar al padre.

A la muerte de Alfonso VII, su hijo Fernando II heredó el reino de León (incluido el de Galicia) y con ello la primacía que este título le otorgaba sobre el resto y Sancho III, el de Castilla

«Un hecho capital se corresponde con la denominada unión de los dos reinos, que nosotros consideramos una absorción en toda regla de León por Castilla. A resultas de ello, éste pasó a ser el titular indiscutible de una entidad geopolítica de nueva planta de más de doscientos cincuenta mil kilómetros cuadrados, poblada por varios millones de seres y dotada de un poderío económico y militar incomparable, probablemente como ninguna entidad estatal de la Europa continental», explica uno de los capítulos del libro ya clásico ‘Historia de Castilla: De Atapuerca a Fuensaldaña’ (La Esfera de los Libros), coordinado por Juan José García González.

A la muerte de Alfonso VII, su hijo Fernando II heredó el reino de León (incluido el de Galicia) y con ello la primacía que este título le otorgaba sobre el resto y Sancho III, el de Castilla. Sin embargo, la primacía cada vez se correspondía menos con la realidad política de la Península. Para demostrarlo, León y Castilla entraron en ese momento en competencia abierta y frontal por la hegemonía del noroeste peninsular, donde el hijo de Sancho III, Alfonso VIII, quedó como ganador indiscutible de la partida tras frenar a los musulmanes en Navas de Tolosa (1212) e imponerse en todos los pulsos fronterizos a León.

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Con el viento a favor, una serie de acontecimientos dinásticos supeditaron León al titular de Castilla a través de matrimonios y líos sucesorios que darían para llenar las paredes de la muralla China.

Fernando III según una miniatura de la Catedral de Santiago de Compostela.
Fernando III según una miniatura de la Catedral de Santiago de Compostela.

Berenguela de Castilla, casada con Alfonso IX de León, transfirió en 1217 el título de Castilla a su hijo Fernando III, llamado ‘El Santo’ para la posteridad. En el año 1230, la herencia paterna de León también pasó a manos de Fernando a través de sus hermanastras Infantas Sancha y Dulce, que se la cedieron a cambio de una renta vitalicia de 30.000 maravedíes. El Rey de Castilla pudo sumar los ciento cincuenta mil kilómetros cuadrados de su reino a los cien mil kilómetros cuadrados de León.

Al frente de este nuevo reino desbordante de recursos militares y económicos, Fernando lanzó una ofensiva total contra el islam que aportaron otros cien mil kilómetros cuadrados a costa de Trujillo, Medellín, Úbeda, Córdoba, Murcia, Jaen, Sevilla, Jerez, Medina Sidonia, Rota y Sanlúcar.

La unificación de los reinos cristianos del noroeste bajo un mismo Rey puso fin a los continuos choques fronterizos entre León y Castilla, pero tardó en eclosionar en una misma entidad unificada. En un principio, León mantuvo sus costumbres, moneda e incluso los símbolos representativos. Entre 1230 y 1233, Fernando se enfrascó en la pacificación y organización de su nueva corona para dotarla de más unidad, lo que a nivel de administración se tradujo en la división en tres unidades gestionadas por un merino mayor: Castilla, León y Galicia.

El merino ejercía funciones judiciales y otra figura legal, el adelantado, por estar al frente de una circunscripción fronteriza con el mundo musulmán, mantenía las funciones militares. Con el tiempo, la denominación de merino desapareció en favor del adelantado.

Hacia la unión de las partes

La unión de los reinos devino en la progresiva unión de las Cortes de León y Castilla. Con el heredero de Fernando, Alfonso X ‘El Sabio’, la mayoría de las reuniones de Cortes celebradas fueron conjuntas para todos los reinos, aunque siempre se procuraba mencionar que eran entidades diferentes al menos en la denominación. Por ejemplo, las Cortes de Sevilla en 1261 fueron oficialmente de «De Castiella e de León e de todos los otros nuestros Regnos». Posteriormente, se realizarían algunas Cortes separadas, pero los representantes de las ciudades pidieron que se unificara definitivamente en la primera mitad del siglo XIV, de manera que las diferencias económicas, sociales, jurídicas y culturales desaparecieran de una vez. Así lo reclamaban los procuradores leoneses: «Cuando oviere de facer Cortes que las faga con todos los omnes de la mi tierra en uno en tierras leonesas».

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María de Molina presenta a su hijo Fernando IV en las Cortes de Valladolid de 1295.
María de Molina presenta a su hijo Fernando IV en las Cortes de Valladolid de 1295.

Aunque los reinos singulares y las ciudades conservaron por largo tiempo sus derechos particulares (entre los cuales se hallaban el Fuero Viejo de Castilla o los diferentes fueros municipales de los concejos de Castilla, León, Extremadura y Andalucía) y hasta existían aranceles entre regiones (aquí entraban cuestiones nobiliarias), pronto se fue articulando un único derecho castellano para todas las partes en torno a las Partidas (1265), el Ordenamiento de Alcalá (1348) y las Leyes de Toro (1505).

A finales del reinado de Fernando VII y con la nueva división territorial, aprobada por decreto, León se convirtió en una de las 49 provincias españolas. Junto con las de Zamora y Salamanca, pasó a formar la región de León o Región Leonesa. Esta nomenclatura seguiría vigente hasta la entrada en vigor en 1983 de la comunidad autónoma de Castilla y León, que aunaba las citadas demarcaciones con las de Castilla la Vieja: Palencia, Valladolid, Segovia, Soria, Ávila, Burgos y Santander y Logroño. Todo ello recibió el nombre de la comunidad autónoma de Castilla y León, dos palabras separadas por un conjunción, pero unidas por más de un milenio de historia compartida.

Origen: Ni anexión militar ni imposición: así se unieron Castilla y León en la gran potencia de la España medieval

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