Pesadilla en Trafalgar: cuatro héroes españoles que salvaron la honra del Imperio de Carlos IV

Batalla de Trafalgar
Batalla de Trafalgar

Batalla de Trafalgar

Vaya por delante que las palabras que siguen no las dijo uno cualquiera, sino el mismísimo Napoleón Bonaparte. Y vale que poco sabía del mar más allá de que estaba formado por agua, pero de arrestos entendía un chorro. «Gravina es todo genio y decisión en el combate. Si Villeneuve hubiera tenido estas cualidades, el combate hubiese sido una victoria completa». El bueno del ‘Empereur’ sabía que los marinos españoles andaban sobrados de valor; y si hubo una ocasión en que lo demostraron, esa fue la batalla de Trafalgar, acaecida el 21 de octubre de 1805. Bien es cierto que la contienda supuso una de las derrotas más amargas de la armada franco-española ante la ‘Royal Navy’, pero también que hubo algunos marinos hispanos que, como dijo Arturo Pérez-Reverte a ABC hace algunos años, salvaron la honra del viejo imperio. Aquí siguen los más destacados…

Gravina y Escaño: dos rocas del Imperio

Federico Gravina y Nápoli, al mando de la flota española, y su segundo, Antonio Escaño, fueron dos de los marinos que más arrestos demostraron en combate. Lo hicieron sobre el ‘Príncipe de Asturias’, un coloso de 112 cañones. En realidad resulta difícil seguir sus pasos, pero sea por el parte ofrecido tras la contienda, sea por las reconstrucciones que han hecho historiadores de la talla de Cesáreo Fernández Duro (fuente obligada) o Eduardo Lon Romero (este, en su magna ‘ Trafalgar: papeles de la campaña de 1805’), es fácil evocar el infierno que le supuso enfrentarse a una de las columnas de la ‘Royal Navy’ aquel 22 de octubre. Para ser más concretos, la que encabezaba el almirante Cuthbert Collingwood contra el flanco izquierdo de la combinada.

Santísima Trinidad, el Escorial de los mares
Santísima Trinidad, el Escorial de los mares – ABC

Aquella mañana, el ‘Príncipe de Asturias’ se hallaba adscrito a la escuadra de observación. Lo que, según desvela Duro, significaba que se encargaba de «cubrir la cola de la formación». A eso de las ocho, el almirante Villeneuve –tildado por el brigadier Churruca de inepto («No conoce su obligación y nos compromete»)– ordenó virar en redondo. Decisión que, en la práctica, empezó a clavar el ataúd para la combinada al descoyuntar de arriba abajo la línea. Gravina solicitó permiso para mover sus buques de forma independiente y contrarrestar la que se avecinaba, pero obtuvo un no por respuesta.

Al mediodía, las dos columnas se lanzaron en perpendicular contra los franco-españoles, idea, a la par, arriesgada y efectiva. El objetivo era claro: penetrar por los amplios huecos dejados entre bajel y bajel y combatir en una ventaja de un sindiós contra uno. Les salió a pedir de boca. A las doce y cuarto rompió el fuego el ‘Príncipe de Asturias’ ante la marabunta que se avecinaba. Su primer objetivo se dio de bruces contra él tras pasar por la proa del galo ‘Aquiles’. Otros dos intentaron hacer lo propio por la proa de Gravina, pero este, avispado, se acercó lo más que pudo al siguiente barco de la línea y les cortó el paso. Minimizó el desastre, pero eso no impidió que iniciaran un cañoneo sucesivo sobre su costado. Pum, pum, pum.

Federico Gravina
Federico Gravina – RAH

Gravina combatió como un león; o como un toro bravo, si prefieren. Narra Lon que, cuando se disipó el humo de las primeras andanadas de cañón, «uno de los enemigos estaba desarbolado de los palos mayor y de trinquete» (había recibido buena estopa, vaya) y otro «de la verga de velacho y el mastelero de gavia» (por el estilo de su compañero). Según narró el historiador decimonónico galo León Guérin en ‘Histoire maritime de France’, podemos suponer que aquel par de británicos eran el ‘Defiance’ y el ‘Revenge’. Pero de poco le sirvió, pues sus huecos los ocuparon otros tres enemigos liderados por el portentoso ‘Dreadnought’, de tres puentes.

Fue a las tres cuando este último provocó el caos en el ‘Príncipe de Asturias’…. Se acercó tanto a él que disparó a quemarropa y produjo «severas averías y gran número de bajas». En palabras del galo Guérin, «el bizarro almirante Gravina recibió en el brazo izquierdo una bala de metralla», lo que le obligó a abandonar el puesto en pleno combate. El relevo lo tomó Escaño, aunque por poco tiempo, pues no tardó en ser herido también en la pierna. Algo que se especifica en el ‘Elogio histórico a D. Antonio de Escaño’, publicado apenas dos años después de la contienda en Trafalgar: «Escaño, curado de primera intención, se hizo conducir a su puesto, en el que no pudo subsistir a causa de la pérdida de sangre, que lo debilitó».

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Al final, pudo mantenerse en su puesto y resoplar de tranquilidad cuando, a punto de ser superado, vio llegar en su ayuda al ‘San Justo’ y al ‘Neptuno’. Las últimas horas de Gravina y de Escaño fueron una verdadera pesadilla. Con su buque desarbolado como una boya y dañado en extremo, y ante el triste panorama de la derrota, se vieron obligados a solicitar a la fragata ‘Thermis’ que les remolcara de vuelta a Cádiz. Demasiados oficiales perdidos ya, que debieron pensar. Entre disparos y más disparos, el ‘Príncipe de Asturias’ abandonó la lucha a las cinco y cuarto de la tarde con el apoyo del ‘Rayo’, el ‘Montañés’, el ‘San Francisco de Asís’ y el ‘Leandro’.

Al menos, en principio, ya que los españoles no tardaron en enviar a una buena parte de ellos a socorrer al resto de bajeles que todavía se batían. El insignia castizo se escabulló, pero tuvo que lamentar 52 muertos y un centenar de heridos. Mal negocio.

El leal Cayetano Valdés

Cayetano Valdés, a lomos del ‘Neptuno’, se hallaba encuadrado en la escuadra de retaguardia a las órdenes del francés Dumanoir. En la práctica: aquella que quedó fuera del fuego después de que los ingleses cortaran la línea franco-española por el centro. Cuando llegaron las bofetadas, el galo se negó a entrar en batalla y prefirió quedarse en retaguardia. Nuestro protagonista, sin embargo, obvió aquellas órdenes y puso velas hacia los dos insignias de la combinada: el ‘Santísima Trinidad’ y el ‘Bucentaure’. Al parecer, el que era su superior le preguntó a dónde diantres iba, y la respuesta fue concisa: «Al fuego».

Poco después, Valdés se dio de bruces con dos navíos que salieron a cortarle el paso a la ver que intentaban doblar (superar y atacar por la popa, la parte más débil de los bajeles de la época) al ‘Bucentaure’ y al ‘ Santísima Trinidad’. Estos fueron el ‘Spartiate’ (de 74 cañones) y el ‘Minotaur’ (también de 74). Le detuvieron, pero este par de bajeles pronto tuvieron que ser reforzados con otros dos gracias a la tenacidad de nuestro protagonista. Así lo explicó el mismo Valdés en su informe:

«A las dos y cuarto teníamos por nuestra amura de barlovento cuatro navíos enemigos, uno de ellos de tres puentes, que con viento algo más fresquito que hasta entonces había reinado y fuerza de vela, las amuras a babor, se dirigían a doblar al Trinidad y Bucentauro, desarbolados ya de todos sus palos; con ellos trabé un vigoroso combate, así como los demás buques de mi inmediación, que eran todos franceses, en número de cuatro».

Cayetano Valdés
Cayetano Valdés – RAH

Cañonazo tras cañonazo, mosquetazo tras mosquetazo, el español demostró a los ingleses y a los huidizos galos que no estaba dispuesto a dejarse la vida sin llevarse a cuántos más enemigos pudiera al fondo del mar. Pero, aunque logró dar unos minutos a sus dos aliados, terminó sucumbiendo ante la potencia inglesa.

«A las tres y media, habiendo arribado algo la división enemiga, pasó por sotavento de la nuestra y a muy poca distancia, en cuyo tiempo fue cuando recibí averías de consideración, pues perdí el mastelero de velacho y parte de la cofa de trinquete, cortados muchos obenques de este palo. Faltó el estay mayor, la verga de trinquete, el mastelero de gavia; atravesado el palo mayor por cinco partes, cortados todos los obenques y quinales de la banda de babor y cinco de la de estribor, dos cañones en el entrepuente desmontados y varios balazos a flor de agua, por donde entraba bastante»

Una hora después –a las «cuatro menos algunos minutos», en palabras de Valdés–, tras recibir severos daños en el casco, los palos y cualquier elemento del buque sensible de ser destruido por una bala británica, el ‘Neptuno’ pudo al fin acercarse al ‘Bucentaure’ y al ‘Santísima Trinidad’. El capitán había cumplido valerosamente con su misión de socorro, aunque de poco sirviera ya para la victoria combinada en la contienda. Fue en ese momento cuando, sabedor de que no había fallado a sus compatriotas, como si habían hecho los galos, la tragedia se sucedió: fue herido de gravedad en la cabeza por la caída de uno de los palos del buque.

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Bucentaure
Bucentaure – ABC

«A esta sazón cayó el palo de mesana, y en sus ruinas fui herido en la cabeza y nuca, con lo que perdí el sentido y conducido abajo, a donde nunca pensé retirarme, sin embargo de haberme sentido herido tres veces durante la acción»,

Para entonces, y tal y como señala José María de Mena en su obra ‘Historia de Sevilla’, había recibido la friolera de 117 heridas de metralla en todo el cuerpo. Como ocurrió con otros tantos capitanes, en principio Cayetano Valdés se negó a retirarse, pero sus compañeros terminaron poniendo su cuerpo a cubierto cuando perdió el conocimiento. «Un guardiamarina sacó al comandante don Cayetano Valdés, el amigo de mi padre, cuando ya estaba abandonado a una muerte segura, porque […] un golpe en la cabeza le tenía […] privado enteramente del sentido», afirmó Escaño en sus memorias.

Como es lógico, el oficial señala en su informe que, desde ese momento, «nada sé por mí mismo», pero continúa narrando el combate del ‘Neptuno‘ en base a los datos obtenidos de sus oficiales. «Tengo entendido que mi navío se conservó a la voz del ‘Trinidad’ y ‘Bucentaure’ de la vuelta encontrada, que los enemigos reviraron sobre mi navío y lo doblaron por barlovento, y que por último, algunos minutos antes de ponerse el sol, hallándose con treinta muertos y cuarenta y siete heridos, enteramente desarbolado haciendo bastante agua y abrumado del superior número de los enemigos que se cebaron sobre mi navío, que fue el único que estaba en aquellas aguas, determinaron hendirse a fuerzas tan desiguales», determina. Se rindió a la cinco de la tarde. Con el deber cumplido y la honra intacta, pero con 42 muertos y 47 heridos.

El bravo Churruca: ejemplo de Carlos IV

El 21 de octubre, el brigadier Cosme Damián Churruca sentaba sus reales en el ‘San Juan Nepomuceno’, a la cabeza de la primera división de la escuadra de observación de Federico Gravina. Lugar de honor para tan ilustre personaje. Huelga decir que su frustración tras conocer la maniobra de Villeneuve fue de proporciones colosales. Llevaba razón. Al cortar en perpendicular la línea combinada, muchos de los barcos aliados se enfrentaron en clara inferioridad numérica a los británicos, mientras algunos de sus compañeros todavía no habían entrado en combate. Y, precisamente, eso le sucedió al navío del de Motrico. Las cartas estaban sobre la mesa y no eran buenas. Tan solo quedaba jugar la mano lo mejor posible y con honor…

Tal y como se afirma en la obra de 1806 ‘ Elogio histórico del brigadier de la Real Armada Don Cosme Damián de Churruca y Elorza, que murió en el combate de Trafalgar en 21 de octubre de 1805, escrito por el amigo más confidente que tuvo’, el ‘San Juan Nepomuceno’ empezó a escupir balas a eso de las doce y media contra los bajeles ingleses que se lanzaban contra él: «Cinco navíos enemigos, uno de ellos de tres puentes, cayeron sobre el ‘San Juan’, que rompió el fuego cerca de las doce y media, recibiendo sucesivamente el de todos ellos por la mura de babor».

Dos lograron pasar por delante del ‘San Juan Nepomuceno’ mientras continuaban lanzándole bala tras bala. Los otros tres se quedaron batiendo al navío español a sangre y fuego. Dos de ellos por babor y uno, un bajel de tres puentes, por la mura de estribor. Así lo confirma también en su informe posterior Vicente Burugal, oficial del barco hispano: «El combate se fue empeñando con más viveza a proporción que los enemigos se iban acercando, a los que llegaron a situarse a tiro de pistola en esta forma: un navío de tres puentes para nuestra mura de babor, otro de igual clase para la aleta de igual banda y otro sencillo por la de estribor, sin contar otros dos que también nos hicieron fuego, aunque no con tanto empeño».

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Churruca
Churruca – RAH

El fuego vivo de todos estos buques continuó sin cesar hasta las dos de la tarde. Pero a esa hora llegaron dos nuevos invitados a la sangrienta fiesta, según recuerda el autor anónimo de la obra: ‘A dicha hora estaba ya el navío inglés ‘Dreadnought’ al costado del ‘San Juan’, a medio tiro de pistola por la aleta y popa, habiendo vuelto a agregarse los dos navíos que al principio del combate se habían adelantado. Ni esto bastó: todavía otro navío quiso participar de esta desigual batalla, y el ‘San Juan’ tuvo la gloria de batirse contra seis navíos a la vez».

Mientras los ingleses disparaban, aunque no a placer (pues el vasco les estaba haciendo sudar sangre), Churruca dirigía valiente la defensa desde la toldilla. Lejos de esconderse, y acorde a lo que se esperaba de un oficial con su historial, se mantuvo siempre al lado de sus hombres tratando de evitar que el enemigo se acercara lo suficiente al ‘San Juan Nepomuceno’ como para asediarle. Así lo recuerda el autor de la obra anónima:

«El valeroso comandante que dirigía una defensa tan heroica, desplegando talento y denuedo a proporción de los riesgos, acudía a todo con una serenidad y firmeza inalterables: hacia él mismo la puntería mandando las maniobras con la vecina de combate. Ni la lluvia de metralla que cubría el navío, ni la imposibilidad del socorro movía su ánimo intrépido, superior a los reveses de la fortuna; y sino podía batir a cada uno de los enemigos por su número, con una sabia economía de sus tiros y una actividad proporcionada, tuvo siempre en respeto fuerzas tan considerablemente superiores, sin que los ingleses pensaran un momento en intentar el abordaje».

Churruca
Churruca – ABC

Al «volver de proa, donde acababa de apuntar un cañón cuyo tiro desarboló a un navío enemigo que le batía por aquel punto casi impunemente», una bala de cañón le arrancó la pierna derecha por debajo de la rodilla. Pero ni siquiera una herida tan grave pudo inmovilizar a Churruca, que se mantuvo en su puesto e, incluso, arengó a sus soldados para seguir combatiendo a pesar de que la derrota era segura. «Además, se dice que al perder la pierna y no poder mantenerse en pie ordenó que trajeran un cubo con harina (o con arena en otras versiones) y allí metió el muñón para mantener la estabilidad», explica José Luis Corral, autor del libro ‘Trafalgar’.

Al final, y para desgracia de sus marineros, Churruca murió desangrado. De él se dice que no se quejó en ningún momento y que se mantuvo estoico hasta el final. A su vez, dio órdenes antes de fallecer de que nadie se rindiera mientras en su cuerpo hubiera un leve aliento de vida. De hecho, ordenó clavar la bandera para evitar que a algún desesperado se le ocurriese arriarla, se cayese o fuese arrebatada por los ingleses.

Origen: Pesadilla en Trafalgar: cuatro héroes españoles que salvaron la honra del Imperio de Carlos IV

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