23 julio, 2024

Una carta anónima, una bala y un pozo de azufre: el misterio de la Guerra Civil, revelado 90 años después

Montaje de los documentos sobre el crimen de Lorca en 1936, junto a la única imagen que se conserva de Esteban Anuncibay ARCHIVO GENERAL DE LA REGIÓN DE MURCIA
Montaje de los documentos sobre el crimen de Lorca en 1936, junto a la única imagen que se conserva de Esteban Anuncibay ARCHIVO GENERAL DE LA REGIÓN DE MURCIA

Escrita desde la cárcel de Lorca en noviembre de 1936, ABC y el Archivo General de Murcia revelan la identidad de un mártir beatificado por Benedicto XVI, autor de una misiva de despedida a su familia días antes de ser ejecutado por la CNT

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«Querida madre y hermanas: de llegar a sus manos estas líneas es que ya habré pasado a mejor vida», comenzaba la carta escrita por un preso de la cárcel de Lorca, en Murcia, al comienzo de la Guerra Civil. Una copia manuscrita de la misma se encontraba perdida entre los más de 20 millones de documentos conservados en el archivo de ABC, aunque este diario no la publicó hasta hace solo dos años. La misiva no hace referencia a ninguna cuestión política ni bélica, tan solo son palabras de agradecimiento a las personas que habían ayudado a su autor durante sus meses de cautiverio y, sobre todo, de despedida hacia sus seres queridos.

«No lloren mi muerte, no hay ningún motivo para ello. He supuesto siempre que los tres sobrinos que hicieron el servicio militar hayan sido llamados a filas y, tal vez, alguno se haya ido ya al otro mundo. Si no es así, me alegro muchísimo. La otra cosa que tengo que decirles es que sirva este abrazo como el que en breve nos daremos todas en las mansiones eternas», añadía. Y, a continuación, advertía, como si tuviera miedo de otras represalias: «Por las circunstancias no puedo ser más claro ni dar más detalles».

Los únicos datos que aparecen en la carta son la mencionada ubicación en Lorca; la fecha en que fue escrita, el 4 de noviembre de 1936; la profesión del autor, maestro de escuela; el día en que llegó a la prisión, el 1 de agosto de ese año, y las iniciales del autor: «E. A. L.». No hay más datos personales ni información sobre aquellos que iban a ser los últimos días de su vida. El artículo, por lo tanto, quedó como un ejemplo más de la correspondencia que los presos de ambos bandos mantuvieron con sus familias durante la guerra, cuando se les permitía enviarla o cuando podían hacérsela llegar a escondidas… pero resultó ser un documento mucho más importante.

Hace dos semanas, ABC recibió el siguiente mensaje del Archivo General de la Región de Murcia: «Creo que hemos identificado al autor de la carta escrita en la cárcel de Lorca en 1936 que publicasteis en ABC». Según nos cuenta ahora su director, Javier Castillo, descubrió el reportaje por casualidad estas Navidades y le llamó la atención la procedencia de la misiva, así que se puso a bucear entre los documentos de la institución para intentar averiguar su identidad, la razón de su arresto y si fue ejecutado.

«Como archivo histórico provincial, recibimos toda la documentación generada por las instituciones estatales que hacen referencia a la provincia. También los libros de registro de los presos de las cárceles y sus expedientes personales. Contamos con más de 40.000, que ahora se consultan mucho por el tema de la memoria histórica. Aunque tenemos documentos desde finales del siglo XIX, el grueso es de los años anteriores y, sobre todo, de los inmediatamente posteriores a la guerra, así que me puse a buscar durante más de dos semanas», explica Castillo.

En un principio, el director del Archivo pensó que las iniciales que aparecían en la carta eran «E. B. G.» o «E. H. G.», puesto que estaban un poco cortadas en la parte superior y la «L» tenía una grafía antigua, más redondeada, y se confundía fácilmente con una «G». A pesar de ello, tiró del hilo. Buscó entre los expedientes de la prisión de Lorca que empezaran por la letra E y encontró a un tal Emilio Bilbao González, algunos de cuyos datos coincidían con los de la misiva, como la fecha de la detención. «Aquello fue una pista para seguir indagando», comenta a ABC.

Después consultó los informes referente a Lorca en la Causa General, esa investigación impulsada en abril de 1940 por el ministro de Justicia franquista, Esteban Bilbao, para esclarecer «los hechos delictivos cometidos en todo el territorio nacional durante la dominación roja». En la página 77 descubrió un documento firmado por un juez instructor en el que ordenaba que se hicieran las pesquisas necesarias para obtener toda la información que se pudiera sobre los «hermanos de la doctrina cristiana asesinados en esta localidad, así como de sus familiares». A continuación aclaraba que los ejecutados «no fueron inscritos en el Registro Civil», pero que sus datos sí se conservaban en la cárcel de Lorca.

Expediente de Emilio González Bilbao de la cárcel de Lorca ARCHIVO GENERAL DE LA REGIÓN DE MURCIA

Una cruz a lápiz

Estos eran el citado Emilio González Bilbao –natural de «Guijancas», en Álava, aunque en realidad se refiere a Mijancas, puesto que la primera población no existe; de 46 años, soltero, «hijo de Santiago y de Caya», con domicilio en la calle Fernández Ergueta número 3– y otros cuatro profesores lasalianos del colegio La Salle: Germán García GarcíaModesto Sáez ManzanaresAugusto Cordero Fernández y Emiliano Martínez Álava. Los expedientes personales de todos ellos se encuentran también en el Archivo de Murcia y tienen marcada una cruz a lápiz con una fecha, el 18 de noviembre de 1936, que indica que los cinco fueron asesinados ese mismo día en el municipio.

En realidad, esta matanza es bien conocida en la región, puesto que todas las víctimas fueron beatificadas por Benedicto XVI, en 2007, como mártires de la Guerra Civil que habían sido ejecutados por la República como consecuencia de sus creencias religiosas. Todo comenzó el 30 de julio de 1936, cuando un grupo de veinte milicianos de la CNT detuvieron a estos lasalianos en la escuela cristiana ubicada precisamente en la calle Fernández Ergueta número 3 que se indicaba en el expediente de Emilio Bilbao. Anteriormente, un grupo de trabajadores de la enseñanza que dijeron ir en nombre del Frente Popular había intentado ya apoderarse del mismo colegio, pero la intervención de un abogado de Lorca se lo impidió.

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Ahora, sin embargo, no pudieron hacer nada. Encarcelados el 2 de agosto, escribieron otras cartas, pero los guardias de la prisión las destruyeron antes de enviarlas, a excepción de la de nuestro protagonista, que fue copiada a mano por un desconocido y llegó hasta ABC sin que sepamos cómo. Varios historiadores locales cuentan que alguien les llevó comida a diario, lo que coincide también con el relato de la misiva de Emilio Bilbao GOnzález: «Una familia nos ha cuidado durante tres meses a los cinco maestros de la escuela tan bien que, difícilmente, lo habría hecho con más esmero mi madre. El jefe de la familia es Andrés Hernández, que vive en la calle Matadero Viejo número 22, en Lorca».

Causa General de Lorca PORTAL DE ARCHIVOS ESPAÑOLES

El juicio

Dos meses después de su arresto, un Tribunal Popular los juzgó por su supuesta colaboración con los franquistas, pero no encontraron ninguna prueba. Así lo explica otro documento adjunto en el expediente de Bilbao: «Contra los detenidos no existen cargos concretos que pudieran determinar su procesamiento, pero que, en las circunstancias actuales, pudieran constituir un peligro para la población y deberán continuar a disposición de este comité». Es decir, en prisión. No especificaba qué «peligro» generaban, pero aquello significó su verdadera condena a muerte. Un miliciano que participó en la ejecución, Juan Meras, contó después que uno de sus jefes, Avelino Navarro, ordenó sacar de la cárcel a los cinco lasalianos, al párroco de la Iglesia de Santiago y a otro reo que pensaban que era religioso.

Eran las 5 de la mañana, la hora a la que solían hacerse los paseíllos. Los ataron de brazos, los subieron a un camión y les dijeron que tenían que ir a prestar declaración, aunque no era cierto. Los llevaron a los pozos de azufre del coto minero de Lorca y, una vez allí, los pusieron de rodillas alrededor del agujaro y los fusilaron. Navarro se acercó y los remató con un disparo en la cabeza a cada uno de ellos, antes de ponerse a bailar mientras pisoteaba los cadáveres. Finalmente, los arrojó al pozo y comentó: «Es bastante profundo para que nadie se entere de que están aquí y, en caso de que triunfen los católicos, no vendrán a venerar sus restos». Y no sé equivocó, porque hasta su beatificación en 2007 nadie pidió permiso para bajar a buscarlos y tampoco se concedió.

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En todo este relato, sin embargo, hay un cabo suelto. El quinto religioso beatificado no se llamaba realmente Emilio González Bilbao, sino Esteban Anuncibay Letona, que era también natural de Mijancas y tenía 46 años. «Llegamos a la conclusión –aclara Castillo– de que son la misma persona. Aunque no se especifica, es probable que Anuncibay diera el nombre falso de Emilio Bilbao al entrar en la cárcel, porque más tarde consulté su partida de nacimiento en Mijancas y todos los datos coincidían, incluidos los nombres de los padres, Santiago y Caya, que no eran muy corrientes. La carta de despedida anónima que publicasteis pertenece a este mártir beatificado en Roma por Benedicto XVI».

Declaración de Lorenza Anuncibay en la Causa General de Lorca ARCHIVO GENERAL DE LA REGIÓN DE MURCIA

La hermana

El dato definitivo lo proporcionaron las páginas 138 y 139 de la Causa General de Lorca, en las que se cuenta que un intendente de la nueva dictadura franquista fue a Álava en busca de la hermana de Emilio Bilbao González. Allí interrogó a una tal Lorenza Anuncibay, quien declaró que ignoraba ese nombre, pero que todos los datos indicaban que se refería a su hermano Esteban, «que entre los religiosos era conocido con el nombre de Ovidio Beltrán», un profesor de los lasalianos de Lorca que había sido ejecutado. «La hermana cuenta que tuvo conocimiento de su muerte por una carta que le envió una tal Dolores Sánchez, esposa de Andrés Sánchez, vecina de Lorca, con residencia en la calle Matadero Viejo núnmero 22», detalla el informe. Es decir, la misma familia que, según el ejecutado, había estado alimentando a los cinco maestros en prisión.

«Ánimo, que lo de esta tierra nada vale, lo que importa es ir donde ya sabemos», concluía Esteban Anuncibay, tranquilizando a su madre y a sus hermanas, dos semanas antes de ser arrojado al pozo de azufre.

Origen: Una carta anónima, una bala y un pozo de azufre: el misterio de la Guerra Civil, revelado 90 años después

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