El asedio que impidió que los nacionales tomaran Madrid al comenzar la Guerra Civil

José Luis Hernández Garvi Publica «La Guerra Civil española en 50 lugares» (Cydonia, 2019), un repaso por los emplazamientos más destacados de la contienda entre los que destaca el mítico Cuartel de la Montaña

El asedio al Alcázar de Toledo quedó grabado a fuego en la historia de España por dos cosas: porque fue utilizado como buque insignia por la propaganda franquista y por una conversación igual de famosa que de falsa (la mítica «Que dicen que si no te rindes me fusilarán» del hijo de Moscardó). Sin embargo, con el paso de los años se ha dejado a un lado otro episodio igual de llamativo y destacable de la Guerra Civil: el asalto al madrileño Cuartel de la Montaña(ubicado en las cercanías de la actual estación de Príncipe Pío) el 20 de julio de 1936.

Durante el mismo, las tropas leales a la Segunda República lograron acabar con el alzamiento en la capital y evitar que el bando nacional extendiera su influencia por la ciudad. Para el gobierno fue una victoria clave. Y no dudaron en utilizarla como tal a nivel publicitario. No obstante, cayó en el absoluto olvido.

Para luchar contra esta desmemoria, el escritor y divulgador histórico José Luis Hernández Garvi ha publicado «La Guerra Civil española en 50 lugares» (Cydonia, 2019), una guía histórica en la que se incluye el asalto al Cuartel de la Montaña y que traslada al lector hasta los emplazamientos más determinantes de la contienda. Siempre desde la objetividad y sin ningún tipo de sesgo político. La obra fue presentada la semana pasada en Madrid junto a «La Segunda República española en 50 lugares» (Cydonia, 2019), de Alberto de Frutos. Ambas tienen el objetivo de relanzar con energías renovadas la colección «Viajes por la historia» de la editorial; y lo cierto es que apuntan maneras, pues se zambullen de lleno en emplazamientos hasta ahora olvidados, pero claves para el desarrollo del conflicto fraticida.

Tal y como explica Garvi, en las páginas de «La Guerra Civil española en 50 lugares» conviven, «con un sentido didáctico y de recuperación del pasado», grandes batallas, episodios destacados del enfrentamiento, contiendas que han sido olvidadas por la sociedad, personajes clave de la lucha y héroes que han quedado reducidos a lo ínfimo tras haber sido pasados por alto en las páginas de los libros.

Cuartel clave

Aunque, entre toda esta amalgama, resaltan los hechos acaecidos el 20 de julio de 1936 en la montaña de Príncipe Pío. «Las imágenes de las fuerzas gubernamentales, integradas por miembros de la Guardia de Asalto y de la Benemérita, junto a milicianos y apoyados por vehículos blindados, tomando posiciones en el entorno de la Plaza de España y todos preparados para el asalto del cuartel forman parte de la memoria iconográfica de los primeros compases de la Guerra Civil en Madrid», explica el autor a ABC.

Un milliciano republicano durante el combate con las tropas nacionales del Cuartel de la Montaña
Un milliciano republicano durante el combate con las tropas nacionales del Cuartel de la Montaña – José Díaz Csariego (ABC)

En palabras de Garvi, la conquista del Cuartel de la Montaña fue determinante para el devenir de la República. Tan solo hace falta plantearse una cuestión para entender a lo que se refiere: ¿Podría haber caído Madrid si el Alzamiento no hubiera sido aplastado aquel 20 de julio? El autor lo tiene claro: «A la hora de contestar a esta pregunta debemos hacer un ejercicio de política-ficción. Si nos dejamos llevar por el sendero trazado por una realidad distópica no resulta exagerado pensar que, si el Cuartel de la Montaña hubiera resistido hasta la llegada de refuerzos de los sublevados, lo más probable es que la intentona hubiera triunfado en Madrid al ser ocupada por las tropas rebeldes, provocando a su vez la caída del Gobierno de la República. De ahí la importancia de este episodio que muchas veces pasa desapercibido a la hora de hablar de los primeros compases de la contienda».

Y es que, además de ser un enclave determinante por su situación, el Cuartel de la Montaña custodiaba un pequeño tesoro determinante para la Segunda República. «Además de su importancia como instalación militar situada en una zona estratégica de la capital, el cuartel guardaba en su interior miles de cerrojos de fusil sin los cuales las armas que el Gobierno había almacenado en el Parque de Artillería no podían disparar. Esas armas podían servir para armar a los milicianos y hacer frente a la sublevación militar», desvela el autor a este diario.

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Por todo ello, «la rendición de las tropas atrincheradas tras sus muros supuso una victoria para la República» desde el punto de vista militar y estratégico. «Impidió que la sublevación pudiera extenderse por la capital y fue símbolo del fracaso del golpe en Madrid. Al mismo tiempo, supuso una demostración de fuerza de los milicianos de las formaciones políticas que apoyaban al Gobierno republicano», completa.

¡Al asalto!

Pero empecemos por el principio. Nuestra historia comenzó apenas dos jornadas después de que se produjera la sublevación en el norte de África. Por entonces el caos cundía en la capital. «En los compases iniciales de la Guerra Civil reinaba una gran confusión en Madrid», explica en la obra Garvi.

No le falta razón. A nivel oficial es cierto que los sublevados se habían organizado para hacerse con la urbe. «Según lo previsto en los planes, el general Rafael Villegas debía asumir el mando […] con el apoyo del general Joaquín Fanjul Goñi, destacado miembro de la Unión Militar Española», explica. Sin embargo, aunque sobre el papel estaba todo pensado, la realidad era que los oficiales carecían de órdenes y muchos desconocían si, finalmente, las tropas de la urbe se alzarían en contra del gobierno de la Segunda República.

El patio del Cuartel de la Montala el 19 de julio
El patio del Cuartel de la Montala el 19 de julio – ABC

El 19 de julio empezó el baile, como diría aquel. Por la mañana, Fanjul cambió a última hora sus planes de viajar a Burgos y se presentó vestido de paisano en el cuartel, sede del Regimiento de Infantería Covadonga número 4. Allí se encontró con un grupo de falangistas y oficiales. El militar se topó además con el coronel Moisés Serra, que se había negado a repartir los cerrojos de las armas a los milicianos. Tras saludar a los presentes, llamó a los hombres a tomar las armas mediante una efusiva arenga.

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Pero, según Garvi, se entretuvo demasiado. «Cuando el general se disponía a dejar el Cuartel de la Montaña para desplegarse por las calles de Madrid, se encontró con que estaba rodeado por miles de milicianos movilizados por las organizaciones de izquierdas», desvela. Junto a ellos formaban miles de miembros de la Guardia de Asalto y de la Guardia Civil que habían sido enviados para sofocar la revuelta. Visto lo visto, Fanjul no podía hacer otra cosa que atrincherarse en el cuartel y esperar refuerzos. Había comenzado el asedio, y para luchar, contaba con unos 1.500 hombres de todo tipo de unidades.

Según explica el autor a ABC, los defensores actuaron a toda prisa. Cerraron las ventanas con sacos terrero, levantaron barricadas y bloquearon las puertas. Fuera se desató el caos cuando cientos de curiosos se acercaron al edificio para ver qué diantres pasaba y se bloquearon la línea de fuego de ambos bandos. Con todo, la noche fue tranquila. La batalla comenzó a la mañana siguiente, cuando «las fuerzas leales al Gobierno situaron dos cañones en la cercana Plaza de España» y la Guardia de Asalto ubicó varias ametralladoras en la calle Ferraz para acosar al enemigo y evitar una posible retirada.

El patio central del Cuartel de la Montaña, en ruinas, un año despues de los sucesos que tuvieron lugar en él a comienzo de la Guerra Civil
El patio central del Cuartel de la Montaña, en ruinas, un año despues de los sucesos que tuvieron lugar en él a comienzo de la Guerra Civil – ABC

A lo largo de la mañana comenzó la contienda a golpe de cañonazo republicano. Por su parte, los sublevados poco podían hacer más allá de devolver el fuego con algún que otro disparo de mortero poco eficaz. El fuego de artillería se extendió por toda la zona hasta que la confusión produjo una situación tan desconcertante como desafortunada. De improviso, y ante el continuo martilleo de las ametralladoras, alguien ondeó una bandera blanca en la puerta más cercana a la calle Ferraz.

Algunos madrileños creyeron entonces que los defensores se rendían y se acercaron a los muros del Cuartel de la Montaña. El desastre estaba servido. «En ese momento varias decenas de ellos resultaron muertos y heridos por los disparos de fusilería desde el interior del edificio. Sus cuerpos quedaron expuestos al sol en la explanada que se abría frente al cuartel», completa el autor en su obra. En aquellos momentos, Fanjul todavía barruntaba, ingenuo, que recibiría ayuda de las guarniciones cercanas. No sabía que habían capitulado sin luchar.

Derrota final

Todo acabó en cuestión de unas pocas horas. Sin refuerzos, aislados y escasos de provisiones, los defensores capitularon después de que un avión republicano capitaneado por el famoso Antonio Rexach les lanzara octavillas (primero) y bombas (después). Una vez que los explosivos cayeron sobre el emplazamiento, una nueva bandera blanca volvió a ondear en el muro del Cuartel de la Montaña.

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«En esta ocasión la Guardia de Asalto tomó posiciones antes de que un buen número de soldados de reemplazo […] se rindieran con las manos en alto», añade el autor. Las tropas gubernamentales entraron entonces en el edificio acompañadas por decenas de milicianos. Ya solo quedaba asegurar las diferentes habitaciones a golpe de fusil.

Miliciano asomado a una ventana del Cuartel de la Montaña después de ser asaltado
Miliciano asomado a una ventana del Cuartel de la Montaña después de ser asaltado – ABC

El destino de los defensores fue variado. Algunos oficiales, por ejemplo, prefirieron no enfrentarse a la República. «Al llegar al cuarto de banderas se encontraron con los cuerpos sin vida de varios oficiales que habían preferido suicidarse antes que rendirse», desvela Garvi. Otros huyeron disfrazados por las calles de la capital. La peor parte se la llevaron aquellos que no pudieron escapar de aquellos muros. «Algunos incontrolados asesinaron a sangre fría a cadetes, falangistas y militares desarmados antes de que los disciplinados y bien entrenados guardias de asalto restablecieran el orden en el interior del cuartel», añade el escritor.

Fanjul, por su parte, fue capturado poco antes de que le lincharan. Su destino fue, a la larga, el pelotón de fusilamiento. El número de bajas fue escalofriante. «La cifra total de muertos que se cobró la lucha varía entre los 500 y los 900», finaliza el divulgador histórico en las páginas de su libro.

Tres emplazamientos clave de la Guerra Civil, según Hernández Garvi

1-El frente del agua

Durante la Guerra Civil, los embalses que suministraban agua a Madrid se convirtieron en un objetivo vital para el bando franquista. Pocas semanas después del comienzo de la contienda, el general Francisco García Escámez organizó una columna compuesta por voluntarios falangistas y requetés con la que buscaba hacerse con la capital. Al no conseguirlo, trató de rendirla por la sed haciéndose con dos embalses clave para nutrir del líquido elemento a los ciudadanos y a las tropas republicanas.

2-La telefónica de plaza Cataluña

Durante la Guerra Civil, el enfrentamiento entre los diferentes grupos políticos de izquierdas se hizo palpable después de acabar con el levantamiento militar. Un ejemplo claro es lo que sucedió en el edificio de la Telefónica, ubicado en Plaza Cataluña, el 3 de mayo. Ese día, el comisario general de Orden Público, Eusebio Rodríguez, acudió a la sede de la empresa junto a tres camiones repletos de guardias de Asalto. Miembro del Partido Socialista Unificado de Cataluña, su objetivo era arrebatar este importante centro de comunicaciones a los sindicatos anarquistas. El tiroteo que se produjo derivó en una auténtica batalla campal.

3-La finca de El Poblet

La finca de El Poblet, en Valencia, fue la última sede del Gobierno de la Segunda República. El presidente Juan Negrín residió en ella durante, al menos, entre el 28 de febrero y el 6 de marzo de 1939. Allí se se celebraron los dos últimos consejos de Ministros del Gobierno en España.

Origen: El asedio que impidió que los nacionales tomaran Madrid al comenzar la Guerra Civil

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