El día que el pueblo español celebró la ejecución del perturbado cura que quiso asesinar a Isabel II

El 2 de febrero de 1852, la Reina fue víctima de un atentado que casi cambia el rumbo de la historia de España.

La Reina Isabel II estuvo rodeada de disgustos durante todo su reinado, no hubo acontecimiento importante en su vida que no se viera frustrado. Quizás, uno de los que más le marcó fue el atentado que casi logra acabar con su joven vida, cuando acababa de dar a luz hacía dos meses a su primera hija Isabel, conocida como «La Chata».

Con el fracaso de sus dos anteriores embarazos, el nacimiento de la infanta fue recibido por todo lo alto en Casa Real. Una alegría que su madre quiso compartir presentándola en sociedad y otorgándole eltítulo Princesa de Asturias en una ceremonia celebrada el 2 de febrero de 1852. Sin embargo, lo que empezó siendo un esplendoroso día, acabó en un disgusto para la Reina y su familia.

El corsé y el grueso bordado del vestido actuaron como escudo protector y lograron frenar el puñal que casí termina penetrando en el corazón de la Reina

Por la mañana, antes de poner rumbo a la basílica de Atocha, la monarca fue sorprendida en las galerías de Palacio por un sujeto que se postró a sus pies. Ella se inclinó para escuchar la súplica del hombre cuando, de repente, le atestó una puñalada en el pecho con un estiletede 20 centímetros. El impacto del arma provocó que la Reina se desplomara mientras «lanzaba un grito agudísimo que llenó de espanto a cuantos la oyeron», según contaba el diario «La Época» el 3 de febrero de ese mismo año. «¡Muerta eres! ¡Con esto tienes bastante!», gritó entonces su agresor.

La Guardia Real no tardó en aparecer en el acto y socorrer a su víctima, cuyas primeras palabras fueron: «¡La niña! ¡Qué cuiden a Isabel!». Mientras, los otros alabarderos llevaban a la mazomorra al asaltante, quien «mostró gran serenidad y la mayor indiferencia sobre su futura suerte, hablando a todos con suma desenvoltura», según contó el periódico liberal «El Clamor Público» al día siguiente.

Los salones de Palacio vivieron momentos muy tensos en los que se temió por la vida de Isabel II, quien, por fortuna, apenas había sufrido una incisión de 15 milímetros provocándole solo heridas muy leves. Al parecer, el corsé y el grueso bordado del vestido actuaron como escudo protector y lograron frenar el puñal e impedir que penetrase en el corazón. La pieza del traje fue expuesta en 2017 por el Museo del Romanticismo, donde el público pudo apreciar la mancha de sangre que aún conserva.

«La noticia de lo acaecido en palacio circuló por Madrid con la celeridad del rayo. A los veinte minutos se sabía en Atocha y en todas partes», relataba la prensa del Partido Liberal. «Anoche no hubo función en ningún teatro y se suspendieron los bailes públicos que estaban anunciados. También se han suspendido las fiestas reales […]. Las tropas están situadas en las calles sobre las armas y se observa mucha vigilancia en todos los puestos».

Juicio y ejecución

Esa misma noche, el reo fue trasladado a la cárcel del Saladero (Madrid) para comenzar con el interrogatorio. El hombre resultó ser un sacerdote, cuyo nombre era Martín Merino, definido por sus captores como un personaje irascible, misántropo y falto de humanidad que, «había llevado una existencia intensa marcada por la asimilación de las ideas emanadas de la Revolución Francesa», precisaDiego San José en «El Cura Merino», (Ed. CIAP, 1930).

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La mayor preocupación de los miembros del Gobierno era si el cura Merino -a quien no hay que confundir con el líder guerrillero de la guerra de la Independencia-, formaba parte de una conspiración mayor para acabar con la vida de la reina. No era de extrañar dicho pensamiento, ya que Isabel II había vivido otro episodio similar de pequeña en el que intentaron atentar contra su persona. Sin embargo, el regicida confesó haber actuado en solitario.

Retrato del cura Merino, el hombre que intentó matar a Isabel II
Retrato del cura Merino, el hombre que intentó matar a Isabel II

Al parecer, su intención no era la de agredir a Isabel II, sino al jefe de Gobierno, el general Ramón María Narváez, y la madre-regente María Cristina. Al no poder cumplir sus objetivos se vio obligado a intentarlo con la Reina, a quien había dejado en último lugar, ya que era aún menor de edad (21 años), según testificó el clérigo.

Durante su confesión arremetió contra el gobierno y la monarquía, a la que consideraba causa de todos los males. Martín Merino, según su declaración, quiso dejar vacante el trono «para lavar el aprobio de la humanidad […] vengando la necia ignorancia de los que creen que es fidelidad aguantar la tiranía de los Reyes». De hecho, no era la primera vez que se metía en líos con los Borbones, ya que en 1822 había sido sancionado por proferir insultos contra Fernando VII.

Una extraordinaria masa de gente se dirigió hacia el Campo de Guardias para presenciar el ajusticiamiento al grito de «¡Viva la Reina!»

Cuatro días después, el 7 de febrero, el juez de primera instancia de la Corte, Pedro Nolasco Aurioles, dictó sentencia: «Fallamos que debemos condenar y condenamos al reo Martín Merino y Gómez, […] por el delito de atentado contra la vida de la reina, S.M. Doña Isabel II, a la pena de muerte en garrote vil y a ser quemado el cadáver y aventadas sus cenizas».

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La Reina pidió por favor que se le conmutase la pena de muerte, pero sus ruegos no fueros escuchados y el asesino fue ejecutado ese mismo día en el Campo de Guardias, situado a las afueras de Madrid.

Periódico político-religioso «El Heraldo», portada del 8 de febrero, 1852.
Periódico político-religioso «El Heraldo», portada del 8 de febrero, 1852.

«El Heraldo», periódico político-religioso, contaba el movimiento extraordinario de la población entera que se dirigió hacia las afueras de la Puerta de Santa Bárbara para presenciar el ajusticiamiento: «El campo de Guardias, en toda su dilatada estensión, presentaba una masa compacta, compuesta de muchos millares de personas apiñadas, como jamás se han visto en ningún espectáculo, de cualquier género que haya sido».

El diario incidía en la curiosa actitud del reo. «El regicida no perdió un solo instante su calma, su sangre fría y su brutal impasibilidad». Luego, el verdugo giró el tornillo del garrote y le perforó el cuello. «En ese instante terrible se oyó el murmullo de la multitud que decía: “Dios le haya perdonado”, e inmediatamente un grito atronador de “¡viva la Reina!”. En esas dos fórmulas está encerrada toda la historia del pueblo», finalizaron las páginas el noticiero.

Este incidente permitió que la soberana -convencida de que la protección divina evitó que ella y su hija sufrieran algún daño-, mandara construir el Hospital de la Princesa como agradecimiento.

Origen: El día que el pueblo español celebró la ejecución del perturbado cura que quiso asesinar a Isabel II

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