El misterio que EEUU ocultó: la cripta secreta en la que Hitler escondió sus últimos tesoros en la Segunda Guerra Mundial

Adolf Hitler junto a Hindenburg - ABC
Adolf Hitler junto a Hindenburg – ABC

El misterio que EEUU ocultó: la cripta secreta en la que Hitler escondió sus últimos tesoros en la Segunda Guerra Mundial

Abril de 1945 fue un mes turbio para los Aliados. La Segunda Guerra Mundial tocaba a su fin y Berlín estaba al alcance de la mano. A cambio, el avance era más lento de lo que se había plantado en un principio y la muerte aguardaba en cada camino. La victoria se paladeaba, pero la posibilidad de acabar tendido sobre el frío asfalto con un cartucho en la sien no se había reducido. Los objetivos tampoco eran los mismos. Si hasta entonces la máxima era hacer caer de su pedestal al águila nazi, por entonces muchas unidades habían recibido órdenes tan pintorescas como hallar a los científicos más destacados del Tercer Reich para llevarlos a EE.UU. o encontrar los

 depósitos de armas germanos.

En una de esas andaba el 27 de abril una pequeña unidad de siete soldados adscrita al Cuerpo de Artillería de los Estados Unidos. Apenas tres lunas antes de que Adolf Hitler y señora sellaran su amor con cianuro y plomo de pistola, estos soldados debían rastrear los depósitos de munición que los nazis habían ocultado al norte del bosque de Turingia, en el corazón de la vieja Alemania. Si los hubiere, vaya, porque no tenían idea. Decir que aquello era esperar la venida de la diosa Fortuna es quedarse corto. Un paraje perdido en mitad de ninguna parte poco podía ofrecer. O eso creían… De improviso, dieron con el premio gordo, como bien explicó el periodista Will Lang en la revista ‘Life’ el 6 de marzo de 1950:

«Tropezaron con la mina de sal de Bernterode, en el extremo del bosque. En las 14 millas de pasillos [23 kilómetros] que investigaron descubrieron 400.000 toneladas de munición y una pared de mortero fresco que bloqueaba un pasillo. Tras atravesar varios corredores de mampostería irrumpieron en una habitación secreta. Estaba repleta de tapices, cientos de brillantes estandartes de regimientos prusiano, pinturas de Cranach y Watteau y esvásticas».

Algunos estandartes presentes en la cripta
Algunos estandartes presentes en la cripta – ABC

Pero en aquella habitación repleta de tesoros había algo más: cuatro ataúdes de madera que albergaban los restos de los héroes más grandes que Alemania había dado a Europa. A saber: Federico Guillermo I de PrusiaFederico el Grande y Paul von Hindenburg y su esposa, Gertrud. Aunque se desconoce a nivel oficial el por qué fueron escondidos allí, la versión más extendida en la actualidad –y la que suscriben un mayor número de historiadores– es que el artífice de aquella locura fue el mismo Adolf Hitler. «Lo hicieron tres semanas antes con un propósito escalofriante: los restos iban a ser sellados en esa cripta hasta que ayudaran a motivar a una nueva generación de nazis a conquistar Europa», explicaba el periodista de ‘Life’.

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El hallazgo desconcertó tanto al Ejército de los Estados Unidos que el Alto Mando dio órdenes específicas de mantenerlo en secreto. A partir de entonces, todo lo relativo a la cripta y a los restos de los grandes héroes de Prusia fue conocido con el término de ‘Operación Bodysnatch’. El término aparece una infinidad de veces en los ‘National Archives’ estadounidenses. Y no es para menos ya que, después de exhumar los restos, los Aliados contactaron con los descendientes directos de estos personajes con el objetivo de sepultar lo poco que quedaba de sus antepasados en una tumba digna. El punto final de esta obra de teatro se sucedió el 19 de agosto de 1946, finalizada ya la Segunda Guerra Mundial, cuando el último de ellos fue inhumado.

Rara cripta

Aunque esta parezca una película de Hollywood, es tan real como la muerte de Hitler. De hecho, ha sido investigada por una infinidad de historiadores desde que fuera hecha pública por ‘Life’. Uno de los que más datos ha aportado ha sido Kenneth D. Alford, especializado en el expolio nazi durante la Segunda Guerra Mundial. En ‘Nazi Plunder: Great Treasure Stories Of World War II’, el experto confirma que los siete soldados pertenecían al 350th Ordenance Depot y que dejaron constancia de lo mucho que les sorprendió el hallazgo. «Tras bajar en un ascensor y atravesar la pared, descubrieron una puerta de rejas cerrada con un candado en el lado opuesto. Lo rompieron y entraron en una habitación con un pasillo central y tres estancias a cada lado que conectaban, a su vez, con dos grandes salas», explica en la obra.

En palabras de Alford, todas las estancias estaban llenas de pinturas de reconocidos artistas alemanes, tapices adornados con brillantes estandartes, unos dos centenares de banderas prusianas (al parecer 225) y una infinidad de cajas llenas de tesoros. Aunque lo que más sorprendió a los soldados eran los cuatro ataúdes. «Uno de ellos les estremeció, pues estaba decorado con cintas de seda roja adornadas con esvásticas y el nombre de Adolf Hitler», desvela el experto. Durante algunos segundos creyeron que se habían topado con la tumba del mismísimo ‘Führer’, pero la idea se les borró de la mente cuando descubrieron una inscripción hecha con cera roja cerca de cada féretro. Estas desvelaban el nombre de su inquilino.

El hallazgo fue de tal calibre que el Ejército de los Estados Unidos envió de inmediato a un oficial para investigar la cripta. El encargado fue el capitán Walker Hancock, quien arribó a la mina el 29 de ese mismo mes bajo el manto del secretismo. En sus informes posteriores, el militar definió el enclave como una suerte de santuario. Ver tantos estandartes colocados en fila le estremeció. Aquel sentimiento se acrecentó cuando descubrió que muchas de aquellas banderolas tenían siglos de antigüedad. Se habían dado de bruces con un tesoro en todos los sentidos: cultural, económico e histórico. Abrumado, el nuevo responsable de salvaguardar todo aquello se cercioró de los nombres escritos en las etiquetas.

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Transporte de los féretros en la Segunda Guerra Mundial
Transporte de los féretros en la Segunda Guerra Mundial – ABC

Los dos féretros más recientes eran los del matrimonio HindenburgPaul, el marido, era un verdadero héroe alemán. Había combatido en la guerra contra Austria en 1866, contra Francia cuatro años después y, ya en el siglo XX, en la Primera Guerra Mundial. En esta última fue donde se forjó su fama tras la batalla de Tannenberg, la cual le convirtió en el jefe supremo del Ejército. Antes de morir en 1934 se hizo famoso por ceder el poder a Hitler. Los dos restantes albergaban los restos de Federico Guillermo I –fallecido en 1740 tras haber convertido a Prusia en la tercera potencia militar de la vieja Europa– y su hijo, Federico II el Grande –difunto en 1786 y todo un héroe para el país por su modernización del país–.

La investigación posterior estableció que los alemanes habían depositado los restos en la mina unas tres semanas antes, cuando el Ejército Rojo se aproximaba, imparable, hasta Postdam. Hitler ordenó entonces sacar del ‘Tannenberg Memorial’ –ubicado en la urbe– los restos del matrimonio Hindenburg y esconderlos, junto con los dos Federicos, en algún lugar seguro. Sabía que el fin llegaba pero esperaba, o eso arguyó el periodista de la revista ‘Life’, que Alemania se levantaría de nuevo y que estos personajes servirían de faro guía para las nuevas generaciones nazis. Con ellos escondieron, además, algunos de los grandes tesoros de la historia del país. Un ejemplo es que en la mina fue hallado el casco utilizado en el funeral del Gran Kürfurst en 1688. Un objeto valorado en un millón de dólares.

Fin de la IIGM y regreso a casa

La extracción de los ataúdes fue casi tan traumática como sus múltiples viajes a lo largo y ancho del país en busca de descanso eterno. El mayor escollo por su peso fue el féretro de Federico el Grande. Sus casi 550 kilogramos y sus exageradas dimensiones lo convertían en una verdadera mole que podía provocar el colapso del ascensor que llevaba a la superficie. Por ello, Hancock decidió sacar de la cripta todo aquello que tuviera valor antes del premio gordo. Así lo corrobora Alford en su obra: «La extracción se produjo el Día de la Victoria, mientras la radio emitía marchas militares». El redactor de la revista ‘Life’ fue igual de sincero en su, por otro lado, extensísimo artículo:

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«Desde el principio, los restos demostraron ser un severo problema. Los ataúdes eran tan pesados que supuso una verdadera molestia sacarlos de la mina. Les llevó una hora completa sacar el féretro de Federico el Grande por el ascensor. Si hubiera medido solo media pulgada más, los ingenieros se habrían tenido que rendir sin remedio. El problema fue aún mayor para los Estados Unidos. Después de todo, las celebridades históricas no pueden ser enterradas en cualquier lugar. Y tampoco podían ser ubicadas donde los nazis pudieran venerarlas de forma secreta».

Extracto del artículo de la revista Life
Extracto del artículo de la revista Life – Life

A la mañana siguiente, temprano, un convoy de ocho camiones y dos jeeps, sin escolta, inició su viaje hacia Marburgo, donde fue custodiada la macabra carga. Después comenzó otra tarea imposible: la de hallar un lugar digno para inhumar los féretros. La tarea fue puesta en manos de 345 historiadores del arte, directores de museos, arquitectos y profesores especializados. Aquellos que el cine bautizó como los ‘Monument’s men’ hace algunos años. Estos, sin embargo, no tardaron en derivar el problema al Departamento de Estado, encargado de relaciones internacionales. Durante un año entero, con sus doce meses, este organismo no movió ficha y se limitó a mantener los féretros en un castillo olvidado de Marburg. Resulta surrealista que, tras ese tiempo, la custodia le fuera asignada de nuevo a los ‘Hombres de los monumentos’.

Fue un verdadero calvario hallar un lugar para su descanso eterno. Al final, tras una infinidad de negativas por parte de Gran Bretaña y Francia para albergar los restos de los jerarcas, se tomó la decisión de inhumar los ataúdes en la Iglesia de Santa Isabel, en Marburgo. El plan fue aceptado por los descendientes, las familias Hindenburg y Hohenzollerns. Todo terminó entre el 16 y el 21 de agosto.

Origen: El misterio que EEUU ocultó: la cripta secreta en la que Hitler escondió sus últimos tesoros en la Segunda Guerra Mundial

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