La historia desconocida de la Infanta española que apuñaló a su marido poeta

Josefa Fernanda de Borbón y Borbón
Josefa Fernanda de Borbón y Borbón

Doña Josefa, amiga, prima y cuñada de Isabel II, se casó en secreto contraviniendo la pragmática de Carlos III de 27 de marzo de 1776 y sin haber solicitado un permiso especial para contraer matrimonio con alguien de rango inferior

La familia del Infante Francisco de Paula, el hermano más pequeño y progresista de Fernando VII, resultó un pozo sin fondo de escándalos. Su hijo mayor, Francisco de Asís, se garantizó como Rey Consorte de Isabel II una vida repleta de conspiraciones, de amistades peligrosas y de acciones tan estrambóticas que le ganaron el mote de «Paquito Natillas». El otro hijo varón que llegó a adulto, el Infante Enrique, era imprudente y con tendencia a involucrarse en insurrecciones y duelos. Sería herido de muerte años después en el célebre Duelo de Carabanchel por el Duque de Montpensier.

Retrato del infante por Antonio María Esquivel (1841)
Retrato del infante por Antonio María Esquivel (1841)

Sobre las hijas tampoco se puede decir nada comedido. Al fallecimiento de su primera esposa, Francisco de Paula se volvió a casar con una noble y los hijos del primer matrimonio fueron internados en escuelas militares y las niñas terminaron recluidas en conventos para amortiguar los traumas, que eran muchos. La mayor de ellas no duró mucho enrejada. Isabel Fernanda se fugó descolgándose por una ventana tras rumores de que estaba embarazada. La Infanta huyó con ayuda de su antiguo profesor de equitación, un aristócrata polaco exiliado, junto a quien la descubrió poco después la policía. Iba «provista de un par de pistolas» en las caderas, con las que no dudó en amenazar a los agentes: «El que osare tomarme, muere». La pareja acabó en Inglaterra tras muchas peripecias, y allí contrajo matrimonio en la catedral de la ciudad de Dover sin el permiso de la Corona española, que retiró su rango a la Infanta por real decreto de 23 de marzo de 1848. Dos años después, ella volvió a España y él a París.

La siguiente en saltar al ruedo de los escándalos fue María Josefa Fernanda de Borbón (1827-1910), quien se propuso con su controvertido matrimonio con el periodista y poeta cubano José Güell y Renté dejar las correrías de su hermana en un juego de niños. Una tarde de 1847, mientras paseaba la Infanta con su padre en la capital, los caballos de su coche se desbocaron y fue el poeta quien los frenó. A partir de entonces, iniciaron una relación que quiso finalizar en boda, siendo testigos un joven Prim y el periodista Manuel Moreno López.

Una compañera de fiestas para la Reina

La Infanta se casó en secreto contraviniendo la pragmática de Carlos III de 27 de marzo de 1776 y sin haber solicitado un permiso especial a Isabel II para contraer matrimonio con alguien de rango inferior, razón por la cual fue privada de todas las consideraciones de que había disfrutado como Infanta, condenada al destierro y al más estricto aislamiento. Desde entonces, la pareja inició un proceso judicial para lograr la devolución de sus títulos y dignidades amparándose en los derechos ciudadanos reconocidos en la Constitución de 1845.

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José Güell y Renté era escritor, periodista, hombre de leyes y también un ardiente liberal. Además de encabezar la causa legal de su mujer, ejerció un importante protagonismo en la vida política, durante el Bienio Progresista (1854-1856), diputado por la provincia de Valladolid. Sus esfuerzos por restablecer la condición de su mujer se encontraron con la oposición del Rey consorte, quien convirtió en una causa personal el poner algo de orden entre sus díscolos hermanos.

José Güell y Renté retratado en Los Poetas contemporáneos por Antonio María Esquivel
José Güell y Renté retratado en Los Poetas contemporáneos por Antonio María Esquivel

Hasta el escandaloso matrimonio, «Pepita» había sido una amiga inseparable de la Reina y era, como explica Eduardo Rodríguez López en su excelente biografía «Isabel II: Historia de una gran Reina» (Almuzara), su compañera predilecta en sus paseos diarios por Madrid, unas veces a caballo y otras en un tílburi, que ella misma conducía por el Paseo del Prado o por el Retiro. De esa guisa las dos primas compartieron incluso un atentado. «El 4 de mayo de 1847 fue víctima de atentado, que acabó siendo frustrado. Regresaba de pasear en coche abierto con su entonces inseparable amiga y cuñada la Infanta Josefa. Le dispararon dos tiros que solo alcanzaran a dejar unos fogonazos en el sombrero», asegura Rodríguez López.

Josefa introdujo a la Reina en una vida de diversión y excesos, junto a gentes del espectáculo, la aristocracia más libertina y de vividores como el Marqués de Salamanca

Como respuesta a un matrimonio desgraciado desde el primer día, la Reina Isabel empezó a desobedecer en el ámbito político y en el privado a su madre María Cristina, a la que culpaba de su desafortunado enlace con Francisco de Asís. Su prima fue su compinche en algunos saraos y su mejor aliada en lo de oponerse al infame marido. Josefa introdujo a la Reina en una vida de diversión y excesos, junto a gentes del espectáculo, la aristocracia más libertina y de vividores como el Marqués de Salamanca, un especulador bursátil, noble y truhan, generoso y trapacero, que con sus tejemanejes igual podía hacer a sus socios ganar varios millones como perder hasta las muelas de oro.

En esas fiestas también nació la relación de Isabel con el general Francisco Serrano, quien habría de romperle el corazón y marcar de por vida a la Monarca.

De lío en lío

Tras cuatro años fuera de España, la familia de Josefa logró regresar a casa y establecerse en Valladolid, donde José Güell y Renté intensificó su carrera política. La Reina Isabel tenía en esos momentos problemas más urgentes que vigilar a su cuñada. Cuando en 1854 se produjo un levantamiento militar seguido de una revolución en las calles de Madrid, varios Borbones como el Infante Enrique, cada vez más radicalizado, o la Infanta Josefa, no dudaron en unirse al pueblo enfurecido. En una carta que escribió a su hermano Francisco de Asís, Josefa venía quejándose de «la inmundicia moral» de algunos ministros de Isabel II: «Tú no puedes figurarte las infamias que se han hecho, escudadas en el nombre de la Reina». Su marido se colocó en la primera línea de la revolución en Valladolid.

Infanta Doña Josefina Fernanda de Borbón.
Infanta Doña Josefina Fernanda de Borbón.

La revolución se extinguió, pero, gracias a la entrada del progresista Espartero en la corte, el matrimonio incluso dio un salto en sus reclamaciones. En febrero de 1855, un Real Decreto firmado por Isabel II, rehabilitó a Josefa Fernanda para el goce del título de Infanta de España: «Ateniendo a las pruebas que constantemente me ha dado mi muy querida prima, de cariño, adhesión y lealtad, a su ejemplar conducta y a sus esfuerzos a favor de la Monarquía constitucional», en palabras aparecidas en «El Clamor Público» (4 febrero 1855).

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La amistad entre primas volvió a verse pronto amenazada por el Rey, que ni olvidaba ni perdonaba la actitud de sus hermanos. Al enterarse que el Rey había prohibido a la Infanta la entrada en Palacio los días de ceremonia, Güell y Renté inició un proceso contra Francisco de Asís por abuso de poder, reivindicando de paso los bienes que le correspondían a su esposa de la herencia familiar.

El palacio era un campo de batalla interminable donde se movía con gran habilidad Francisco de Asís, quien logró desactivar la bomba de su cuñado. «El Rey habría temido el escándalo público de un proceso tal y se habría aprovechado de la debilidad de la Reina y, lo que es más sorprendente, del Consejo de Ministros, para conseguir una orden de exilio contra toda su familia […] se ha dado escandalosa publicidad a los deplorables motivos que han sembrado la discordia entre la Familia Real. Se habla de sumas considerables, de diamantes desaparecidos y de muchas otras particularidades que son de naturaleza demasiado grave para ser transmitidas aquí».

«El Rey habría temido el escándalo público de un proceso tal y se habría aprovechado de la debilidad de la Reina y, lo que es más sorprendente, del Consejo de Ministros, para conseguir una orden de exilio contra toda su familia»

Para mayor dramatismo, en esas mismas fechas Güell y Renté se tropezó con Narváez, al que había injuriado gravemente varias veces, en una velada organizada en la residencia del Capitán General de las Filipinas. Se insultaron con poca cortesía y se citaron en duelo. Solo la intervención de la Reina a través de O’Donnell impidió que la cita tuviera lugar. Güell y Renté fue arrestado y desterrado a San Sebastián con su esposa.

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El incidente que puso final al matrimonio

El trajín de exiliados y desterrados que pasaban de golpe y porrazo del ostracismo a un ministerio o a colarse de nuevo en la Corte era una de las pautas básicas del reinado. Con el transcurso de los años, entre idas y venidas, Josefa de Borbón se aburrió de su arriesgado matrimonio y empezó a mantener entrevistas ardientes y misteriosas (algunos historiadores como Fernando Bruquetas de Castro sostienen que de naturaleza lésbica) en un reservado del Parque de El Retiro, de forma tan notoria que llegó a oídos de su hermano el Rey y del marido, quienes pusieron una vigilante pegada a su sombra para evitar que pecara de nuevo.

La Infanta se enfrentó al descubrir que llevaba escolta a Güell para que cesara el seguimiento con un grito más que amenazador: «¿Y tú te crees inmortal?». La discusión terminó con la Infanta apuntando a la cabeza de su marido con un revólver. Finalmente no disparó pero prometió hacerlo si no paraban de seguirla.

Al día siguiente, la testigo continuó en su puesto y, esta vez, Josefa la tomó con ella a base de tal cantidad de insultos y amenazas que Güell acudió en su auxilio para recordar a su esposa que «eran inútiles todos sus gestos y rabietas». ¿Seguro? La esposa infiel respondió a Güell con la estocada de una espada que se clavó a una pulgada del corazón del poeta, quien se movió felino para salvar su vida. El marido pidió «el divorcio y daños y perjuicios» tras aquello. El divorcio no era posible legalmente, pero sí una discreta separación, que fue el camino recorrido por varias infantas y hasta por la Reina en ese mismo siglo.

En las antípodas del carácter reaccionario de su hermano Francisco, Josefa rompió muchos convencionalismos sociales y se movió con soltura por los círculos intelectuales del Romanticismo. Como la gran mayoría de miembros de la Casa Real, tras la caída de Isabel II se exilió en París, donde permaneció hasta su muerte, acaecida en 1910. Las dos primas retomaron su amistad en el frío exilio francés.

Origen: La historia desconocida de la Infanta española que apuñaló a su marido poeta

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