La ignorada y feroz guerra que España libró durante tres siglos contra los piratas moros de Filipinas

Ataque a la isla y fuerte de Balanguingui (Filipinas), 16 de febrero de 1848. Un lienzo de Antonio de Brugada / Biblioteca Virtual de Defensa.
Ataque a la isla y fuerte de Balanguingui (Filipinas), 16 de febrero de 1848. Un lienzo de Antonio de Brugada / Biblioteca Virtual de Defensa.

Un monumental ensayo de Julio Albi de la Cuesta despliega una historia total de la secular contienda que enfrentó a la Armada y al Ejército españoles con unos empedernidos adversarios del remoto archipiélago.

Al abigarrado mosaico de grupos de indígenas que practicaban las doctrinas del islam y se encontraban desperdigados principalmente en las islas de Mindanao y Joló, en el sur de Filipinas, los contingentes hispanos que desembarcaron en el archipiélago en el siglo XVI los definieron como «moros». Un ilustre marino resumió de esta forma la coartada del término: «Allí fue donde, por primer vez desde la conquista de Granada, los españoles se hallaron de nuevo frente al estandarte del Profeta». No obstante, otro perspicaz comentarista señalaría una realidad diferente: «Los españoles tienen cincuenta veces más sangre árabe que los moros filipinos».

Esta cuestión no dejaría de ser anecdótica, baladí, si no fuese porque estos indoblegables mahometanos, estructurados en una sociedad piramidal, una especie de feudalismo imperfecto, encabezaron una multisecular y despiadada guerra contra el Ejército y la Armada españoles. La ignorada y ardua lucha en mares inclementes y junglas exóticas rebosantes de trampas que se prolongó durante más de tres siglos, hasta el estallido del movimiento independentista filipino, es el tema que aborda el prestigioso historiador militar Julio Albi de la Cuesta en su nueva y monumental obra, Moros. España contra los piratas musulmanes de Filipinas (1574-1896), editada por Desperta Ferro.

También necesita aclaración esa referencia a la piratería del subtítulo. No fueron estos indígenas corsarios al uso, sino que el principal objetivo de su actividad consistió en la captura en tierra de seres humanos. Su botín residía en hacer esclavos, mano de obra gratuita a la que explotar y con la que comerciar para garantizar su supervivencia. José Rizal, el héroe nacional, calculó que en 250 años fueron más de 200.000 las personas vendidas y asesinadas por los moros. Una razia temprana de 1603 sobre Mindoro, isla vecina a Luzón, refleja la pauta habitual de las incursiones: los atacantes, después de quemar el pueblo principal y los árboles frutales, «todo lo asolaron; hicieron gran presa de oro, plata, mujeres y niños; mataron muchos hombres; sacrílegamente profanaron la iglesia, vasos y vestiduras, y cautivaron al señor canónigo».

Albi de la Cuesta, consagrado historiador gracias a obras como Banderas olvidadas o De Pavía a Rocroi. Los tercios españoles (también en Desperta Ferro), explica que su investigación pretende llenar un vacío historiográfico «difícil de entender»: desde que José Montero y Vidal publicó en 1888 su Historia de la piratería malayo-mahometana en Mindanao, Joló y Borneo, este tema no se había estudiado con detenimiento. Lo cierto es que lo logra con creces, firmando un libro impresionante tanto por la vasta cantidad de temas a analizar y la cronología que abarca —dicha guerra fue una montaña rusa de conquistas y derrotas, de aventuras heroicas y enfermedades y masacres terribles—, como por su excelente forma. Un deleite de lectura por lo que se cuenta, un capítulo desconocido y singular de la historia de España, y por cómo se cuenta.

Pirata del mar de Joló armado con una espada kampeli, una lanza y un kris.

Pirata del mar de Joló armado con una espada kampeli, una lanza y un kris. Wikimedia Commons

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Desde los primeros compases, el autor pone de relieve la especialidad filipina dentro de los territorios de la Monarquía Hispánica. No solo era el más alejado de Madrid —podían transcurrir dos o tres años entre que se hacía una consulta al rey desde Manila, la llamada «Perla de Oriente», el centro del poder hispano en el archipiélago, y llegaba la respuesta del monarca—, también que fue visto por muchos como «país de destierro». Siempre hubo un reducidísimo número de españoles por diversas cuestiones: la evidente distancia, la insalubridad del clima y la ausencia de metales preciosos que permitiesen un rápido enriquecimiento. Sorprende, por el contrario, los muchos religiosos —más de diez mil— que allí se asentaron, convirtiéndose en pieza esencial para cuestiones políticas, administrativas, económicas o bélicas.

De la Cuesta realiza una excepcional radiografía de la organización, funcionamiento y evolución del Ejército español durante las tres centurias, marcadas por la escasez de efectivos y de recursos. Destaca el poco peso que tuvieron las tropas peninsulares, por lo que el grueso de la defensa recayó en delincuentes y vagabundos enviados desde el Nuevo Mundo y en las tropas locales, como los pampangos, excelentes solados que en palabras del gobernador Hurtado de Corcuera, uno de los principales personajes de esta historia, dijo que «son acá como los valones o alemanes en Flandes», al tiempo que afirmaba que «sin ellos sería imposible guardar y conservar estas islas tan dilatadas y tan separadas unas de otras». De hecho, el cuerpo de infantería apenas hubiera podido guarecer con un hombre cada isla del archipiélago.

Como gran paradoja, a pesar de que la guerra contra los piratas fue principalmente naval, la Marina Real no llegó a aguas filipinas hasta el siglo XIX. «Que un territorio de la extensión del archipiélago fuese conservado durante tanto tiempo, contando con una guarnición tan escasa de tropas metropolitanas, es algo inédito en la historia de las posesiones europeas en Ultramar, y dice mucho del grado de aceptación de la soberanía española, fuera cual fuese el motivo, por parte de la mayoría de la población», resume el autor.

Fortaleza, ¡al abordaje!

Los irreductibles moros, que se movían en ligeras embarcaciones y asolaban rápidamente asentamientos costeros, destacaron por una habilidad «estremecedora» en el uso de armas blancas, tanto las de puño como las arrojadizas. De la Cuesta señala, además, que luchaban «casi hasta el aniquilamiento», e incluso entre sus filas contaban con los «juramentados», una suerte de precursores de los terroristas suicidas modernos: «Es por eso que los españoles acabarían aprendiendo, ya en el siglo XIX, que en el ataque a las cottas o fortalezas moras, resultaba preferible dejarles una vía de escape, para que tuvieran la tentación de huir por ella, en lugar de pelear a ultranza», apunta.

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1754, por ejemplo, fue un año nefasto, en el que los moros «entraron a sangre y fuego por toda partes, matando religiosos, indios y españoles, quemando y robando pueblos, y cautivando millares de cristianos», según relatos de la época. Aunque quizá la imagen más cruda de que la piratería era «un mal sin remedio», como había dicho el gobernador Marquina, fue la captura en Mindanao en 1796 de Pantaleón Arzillas, teniente de Marina. Tras estar tres días en un cepo sobre un hormiguero poblado de insectos voraces, le desollaron «desde la frente al cerebro, dejándole el casco limpio», para luego matarle a golpes de kris —una daga serpenteada, una especie de gran cuchillo—, «después de dos horas de horribles torturas». Por si no fuese suficientemente escabrosa la escena, se colgó el pellejo del español de un asta, a modo de bandera.

Portada de 'Moros'.

Portada de ‘Moros’. Desperta Ferro Ediciones

«Raramente la Marina y el Ejército de España se han encontrado en condiciones tan ásperas», abrevia De la Cuesta, que en la introducción de su obra incluso va más allá: «Quizá, fueron los adversarios más empedernidos que tuvo España durante su larga aventura ultramarina». Por eso se explican episodios bélicos inauditos, como la captura mediante abordaje de una fortaleza mora en Pagalungán en septiembre de 1861, en la que participaron el entonces capitán de fragata Casto Méndez Núñez o el teniente de navío José de Malcampo, quien, tras recibir un tiro que le atravesó el pecho y para comprobar el alcance de la herida, encendió un puro para ver si salía humo por ella.

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Asimismo, está llena de personajes singulares, pero quizá cabe resaltar por encima del resto al llamado Alimudín, nombrado sultán de Joló en 1735. No solo trató de implementar una política de acercamiento a España, sino que además pidió bautizarse y abrazar el cristianismo. Sin embargo, la historia del desde entonces Fernando I no acabaría bien: fue detenido en 1751 acusado de conversión ficticia y de traicionar a sus nuevos soberanos. Un novelesco episodio más de una guerra tremenda, inconclusa: cuando finalmente parecía que se iba a ganar gracias a los vapores decimonónicos y la fuerza de los cañones, estalló la sublevación independentista y apareció un nueve enemigo, Estados Unidos. De hecho, el general Blanco se estaba preparando para lanzar las operaciones finales contra un enemigo prácticamente derrotado.

La narración de Julio Albi de la Cuesta es el mejor homenaje posible a la memoria de esta guerra feroz, remota, oculta, pero a la vez fascinante y conmovedora, y a sus víctimas y protagonistas, también olvidados.

Origen: La ignorada y feroz guerra que España libró durante tres siglos contra los piratas moros de Filipinas

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