Las tristes confesiones de los pilotos kamikazes a sus padres antes de morir en la Segunda Guerra Mundial

Ni estaban locos, ni todos eran fanáticos. Muchos de estos nipones eran universitarios que no querían morir, pero a los que el sentido del deber les llevó a inmolarse contra los buques Aliados

Vivimos nuestro día a día como un torbellino. La vida nos parece interminable y pocas veces nos detenemos a pensar y a disfrutar del tiempo que pasamos junto a nuestros seres queridos. Es como si fuésemos a estar junto a ellos siempre. Lo que es seguro es que, si supiéramos que nuestro fin se aproxima, desconectaríamos ese ‘yo’ automático que solemos llevar a cuestas y paladearíamos cada una de las sílabas que dirigimos a aquellos que más apreciamos. ¿Qué le diría usted a sus padres si supiera que solo le queda una jornada de vida?, ¿les pediría perdón o, por el contrario, les recordaría lo mucho que les ha querido siempre?, ¿se preocuparía, quizás, por cómo reaccionarían tras su marcha de este mundo?

Estas cuestiones son las que se planteaban los mitificados pilotos kamikazes japoneses antes de partir hacia su triste destino durante la Segunda Guerra Mundial. Desde el mismo instante en el que entraban a formar parte de la conocida como Unidad Especial de Ataque, estos aviadores (una parte sustancial de ellos, jóvenes universitarios a los que se les había inculcado el deber de defender a su patria) sabían que su misión última era arrojarse contra los Aliados. Morir por un fin mayor. Por ello, y a pesar del lastre que supone la juventud en lo que se refiere a exteriorizar sentimientos, barruntaban de forma taimada cada una de las sílabas que escribían a sus padres en la que sería su despedida definitiva.

Unidad kamikaze fotografiada en noviembre de 1944
Unidad kamikaze fotografiada en noviembre de 1944 – ABC

Las misivas de muchos de ellos, recopiladas en «No esperamos volver vivos. Testimonios de kamikazes y otros soldados japoneses» -Alianza Editorial, 2015- (una obra que no pierde brillantez a pesar de los años), ayudan a separar, más de siete décadas después, la realidad del mito que rodea a estos hombres. No; ni eran locos, ni fanáticos, ni chicos sin estudios a los que el Estado había lavado el cerebro. Su perfil se correspondía, más bien, con el de prometedores estudiantes especializados en derecho, literatura y arte a los que su sentido del deber les llevaba a poner la vida al servicio de Japón para conseguir detener el avance Aliado en el frente del Pacífico.

Su lucidez queda más que clara al leer los escritos que escribían poco antes de marchar hacia su misión definitiva. En ellos no se encuentra radicalismo ni tendencias suicidas. Todo lo contrario. Aquellas líneas servían a muchos para confirmar a sus progenitores que no deseaban morir y que su único anhelo era volver junto a ellos una vez más. Sin embargo, de su lectura se desprende que conocían sus obligaciones morales. Y todo ello, a pesar de que comprendían que su sacrificio no haría que su país ganase la Segunda Guerra Mundial.

«Sé que mi esfuerzo es en vano. […] y que la tierra de mis antepasados sufrirá una derrota sin paliativos. No me importa, yo seré feliz. […]. Mi sueño de ver a Japón -mi amada patria- convertirse en un gran imperio , como antaño lo fue el Imperio británico, se ha desvanecido», escribió, a los 22 años, Ryoji Uehara, un kamikaze que, poco después, perdió la vida tras estrellar su avión contra una división mecanizada en Okinawa.

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Mitos fuera

Pero vayamos por partes. ¿Quiénes eran estos pilotos y cómo es posible que su patria les enviara a la muerte? El autor Ivan Morris (reconocido estudioso de los kamikazes) afirma que los nipones se valieron de estos combatientes cuando el avance de Estados Unidos a través del Pacífico se hizo imparable. Escasos de material y sabedores de que la marea norteamericana era casi imposible de contener, los japoneses entrenaron a aviadores novatos para que, a los mandos de aparatos desfasados como los míticos Zero, se arrojaran contra el enemigo cargados de explosivos. Su objetivo no era otro que causar los mayores daños posibles a costa de su vida y retrasar la conquista del Imperio.

En «La guerra total: la Segunda Guerra Mundial al descubierto» (History Channel, 2019) se confirma que este triste método fue planteado en 1944 por el vicealmirante Takijir Onishi. Poco después, los aviadores de la Unidad Especial de Ataque Shinpu empezaron a ser conocidos como kamikazes (término traducido como «viento divino»), el mismo nombre que los nipones dieron a los dos tifones que les salvaron de la invasión mongola dirigida por Kublai Khan en el siglo XIII. El discurso que ofreció el creador de este contingente ya dejaba entrever que no se barajaba la victoria: «Aunque nos derroten, el noble espíritu del cuerpo de ataque de los kamikazes preservará a nuestro país de la ruina».

Un kamikaze japonés en plena acción (durante 1945
Un kamikaze japonés en plena acción (durante 1945 – ABC

Los pilotos encargados de protagonizar esta suerte de «gyokusai» (cargas suicidas que la infantería llevaba a cabo desde finales de 1943, cuando se prohibió la retirada en nombre del emperador) eran reclutados en las universidades. Y es que, para entonces, el primer ministro Hideki Tojo había rescindido la excedencia militar que afectaba a todos los estudiantes debido a la escasez de tropas. Esta se mantuvo solo en algunas disciplinas de ciencias naturalesingenieríamedicina agricultura. Los jóvenes dedicados a carreras de derecho humanidades (arte, literatura…) no tuvieron la misma suerte. Ellos -chicos de alta cuna, bien formados, amantes de la paz y de una edad comprendida entre 20 y 25 años- formaron el grueso de las unidades de kamikazes. Contingentes que empezaron a utilizarse en marzo de 1945.

En todo caso no fueron a la muerte obligados. Aunque muchos no quisieran dejar este mundo, la mayoría eran voluntarios que estaban concienciados con el discurso que el propio Onishi les ofreció poco después de que fueran reclutados para la Unidad de Ataque Especial: «Japón está en peligro […] la salvación del país depende de jóvenes valientes como vosotros […] Vosotros ya sois dioses, libres de ambiciones terrenales […] Daré cuenta de vuestras hazañas al Trono, estad seguros de ello. Os ruego que hagáis todo lo que podáis». Para estos pilotos sin formación militar los objetivos eran preservar su patria de la «contaminación extranjera» y defender a sus familias de la invasión.

Como en toda la sociedad japonesa, el ritual de los kamikazes antes de alzar el vuelo hacia sus objetivos era siempre el mismo. La noche anterior la solían dedicar a escribir a sus familias para despedirse. Muchos pedían disculpas también a sus progenitores por el egoísmo que habían demostrado durante su juventud. A continuación, recogían sus efectos personales y los repartían entre sus amigos. La mañana del ataque, como se señala en el libro de History Channel, dormían de forma calmada, se lavaban tras despertarse, «se ataban al casco una banda blanca decorada con un crisantemo, un sol naciente o algún lema significativo» y se ponían el «cinturón de las mil puntadas» (un talismán enviado por sus madres en el que cada uno de sus conocidos hacía una puntada para darle suerte).

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Despedidas

En «No esperamos volver vivos» se recogen testimonios tan reveladores como estremecedores de los kamikazes. Uno de ellos es el de Ryoji Uehara, un joven que, antes de estrellarse contra su objetivo en 1945, sumaba apenas 22 años y cursaba estudios en la Universidad Keio Gijuku. En la última carta que envió a sus padres les explicó que era «profundamente consciente del grandísimo honor que se le había otorgado», pero que sabía que la «libertad prevalecerá» y que, por lo tanto, las «naciones totalitarias» como la suya estaban condenadas a desaparecer. «La tierra de mis antepasados sufrirá una derrota sin paliativos. No me importa, yo seré feliz. […] Si se hubiera escuchado a los japoneses que verdaderamente aman a su país, no estaríamos en esta situación tan desastrosa», completó.

Despedida de un kamikaze
Despedida de un kamikaze – ABC

Su carácter contestatario no se detuvo en ese punto. También afirmó que era consciente de que los kamikazes eran «una pieza de la maquinaria; un mecanismo orgánico que dirige los controles del avión; […] un filamento de hierro depositado sobre un imán diseñado para ser atraído por un portaviones». A su vez, señaló a sus padres que entendía por qué su comportamiento era visto con extrañeza en el extranjero: «Asumo que este tipo de fenómenos es percibido como algo peculiar de Japón, una nación con espiritualidad única. […] Para mí, la muerte no es más que el camino que me reunirá de nuevo [con mi amada]». Para terminar, dedicó unas líneas a pedirles disculpas por sus comportamientos pasados.

Takuji Mikuriya, de 22 años, también intentó explicar a sus padres por qué se había presentado voluntario para la Unidad de Ataque Especial: «Nadie piensa en su propia muerte en el momento de asestar un golpe al adversario. Nosotros simplemente golpeamos y rezamos por la vida eterna de Japón (o quizá recemos por causar muchas víctimas). Un piloto kamikaze retoma el maternal amor de su patria inmolándose en un enfrentamiento con el más poderoso enemigo que quepa imaginar. Podéis decir que muere sin alcanzar sus metas en la vida, pero debéis aceptar que muere feliz». Se despidió incidiendo en que, en breve, podría hacer algunos «ejercicios de vuelo». Un eufemismo, quizá, para evitar nombrar que su momento se acercaba.

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«Un piloto kamikaze retoma el maternal amor de su patria inmolándose en un enfrentamiento con el más poderoso enemigo que quepa imaginar»

El estudiante de economía Ichizó Hayashi se mostró mucho más sentimental con su madre. En las últimas cartas que le envió le confesó que había «temido mucho» un momento que ya había llegado. «He tenido una existencia feliz, así que moriré soñando». A ella le dedicó unas frases emotivas: «Amada madre […]. Por favor, perdóneme y comprenda que mi egoísmo infantil procedía del inmenso amor que usted me profesaba. Estoy orgulloso de haber sido elegido como miembro de una Unidad Especial de Ataque preparada para el combate, pero no puedo evitar llorar cuando pienso en usted. […] Me entristece morir sin haber hecho nada que le haga feliz y sin compensar, de alguna manera, sus sufrimientos». Se despidió de ella desvelándole que le habían ordenado participar en una «operación especial»: «Querría seguir unido a usted, Madre. […] Se que usted es una gran persona y que nunca seré capaz de abarcar su grandeza».

El caso de Akio Otsuka, matriculado en derecho en la Universidad de Chuo, es más curioso si cabe. En una de las últimas misivas enviadas confirmó a su familia que no quería suicidarse. «Voy a morir contra mi voluntad. Y lo haré con pesadumbre y ansiedad en mi corazón». Con todo, aclaraba que aquella angustia se debía a que no quería dejarles solos. «Si no sois capaces de recuperar la tranquilidad de espíritu cuando conozcáis mi muerte, y alguno de vosotros realiza un acto fatal, ¿de qué habrá servido mi sacrificio?». En los mensajes posteriores aclaraba, no obstante, que dejaría este mundo convencido de que tenía que defender a su patria. «Querido padre, cuídese mucho, su neuralgia mejorará si no se preocupa tanto por las cosas. Quisiera brindar con sake una vez más, pero no podrá ser. Hagámoslo cara a cara en el butsudan [altar familiar]».

Por su parte, Teruo Yamaguchi, de 25 años, solo tuvo palabras de perdón para su progenitor. «Conforme se acerca mi muerte, mi única pesadumbre es no haber hecho nada bueno por usted en mi vida. […] ¡Haré lo que se espera de mi! ¡Lo haré!». Sus palabras sorprenden, pues fue crítico con los gerifaltes de Japón. «Me queda un mal sabor de boca cuando pienso en los engaños que algunos de nuestros astutos políticos vierten sobre ciudadanos inocentes. Pero sigo dispuesto a recibir órdenes de los altos mandos, e incluso de los políticos, porque aún respeto al Gobierno». Finalizó su carta desvelándole que su tumba sería el mar de Okinawa. «Volveré a ver a mi amada madre. No siento ni arrepentimiento ni miedo a la muerte. Solo rezo por su felicidad y por la de todos mis compatriotas. […]. Por favor, cuide de mis hermanas».

Origen: Las tristes confesiones de los pilotos kamikazes a sus padres antes de morir en la Segunda Guerra Mundial

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