Lo que le deben los españoles a Napoleón Bonaparte, aparte de miles de muertos y guerras

Retrato de Napoleón en su juventud, por Jacques-Louis David.
Retrato de Napoleón en su juventud, por Jacques-Louis David.

No hubo mucho que presumir, a simple vista, pero sí mucho que los españoles obtuvieron a corto y largo plazo con la llegada de la Monarquía de José I, hermano de Napoleón, que trató de atraerse a su bando a ilustrados y burgueses con una serie de concesiones plasmadas en el Estatuto de Bayona

Dos siglos después de su muerte hasta Rusia, que hizo las veces de su tumba militar, ha perdonado al Emperador Bonaparte sus excesos y su afán conquistador. Los soviéticos lo convirtieron en uno de los suyos, un revolucionario precursor del cambio, y los rusos actuales han aprendido a admirarlo por la grandeza de sus actos, incluso los más terribles. Pero no ocurre igual con la otra de sus sepulturas, ‘la úlcera española’, que sigue doscientos años sin curarse y sin apreciar en su justa medida las sombras y las luces que Napoleón dejó en España.

«Creo que sí quería mejorar las condiciones de la gente, él aspiraba a mejorar su mundo, pero al apoyarse en la fuerza perdió buena parte de la razón que pudiera haber tenido, iniciando una serie de sangrientas campañas que llenaron Europa de dolor y muerte, pese a lo cual aún hoy sigue siendo considerado como unas de las mayores figuras de la historia», asegura Luis Sorando Muzas , presidente de la Asociación Napoleónica Española y autor, entre otros, del libro ‘El Ejército español de José Napoleón (1808-1813)’ .

Ya se lo advirtió el ministro Talleyrand, hombre astuto, en una grave ocasión a Napoleón: «Con las bayonetas, sire, se puede hacer de todo, menos una cosa: sentarse sobre ellas».

De la paz a la guerra

La Guerra de Independencia resultó tan devastadora para España como para Napoleón. El conflicto se saldó con la demografía arrasada, el patrimonio artístico barrido a modo de trofeo por los generales de uno y otro bando (el guerrillero Francisco Espoz y Mina no parpadeó al ordenar la destrucción del Palacio Real de Olite para que no cayera en manos enemigas), los huesos del Cid Campeador desenterrados, la espada del Gran Capitán desaparecida y la Alhambra a punto de ser dinamitada, aparte de que la contienda sumió al país en una recesión industrial y científica.

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El segundo mayor telescopio del mundo , que estaba en El Retiro, fue destrozado por los franceses, mientras los británicos aprovechaban la ocasión para liquidar aquellas fábricas, como la Real Fábrica de Porcelana del Buen Retiro, que competían en sus mercados. Entre tanta destrucción resulta difícil, incluso hoy, encontrar las ventajas de la visita francesa a la Península.

Distribución de la Plaza de Oriente, que fue reformada en tiempos de José I.

«Napoleón llevó a Europa pateando y gritando hacia la era moderna. Los principios asociados a la Revolución arraigaron en la mentalidad reformista y liberal, los cimientos tradicionales de las monarquías se vieron sacudidos y una burocracia moderna, centralizada y eficiente fue heredada o imitada por muchos estados. En cuanto a España, me temo que probablemente no hubo mucho de lo que presumir después de años de sangrienta lucha», asegura el historiador Philip Dwyer , uno de los mayores expertos mundiales en el emperador destronado.

No hubo mucho que presumir, a simple vista, pero sí mucho que los españoles obtuvieron a corto y largo plazo con la llegada de la Monarquía de José I, hermano de Napoleón, que trató de atraerse a su bando a ilustrados y burgueses con una serie de concesiones plasmadas en el Estatuto de Bayona .

«A ellos les debemos la primera constitución española, el fin de la inquisición, la creación de la primera orden militar meritoria y no nobiliaria, la división provincial, el primer museo nacional, la peseta, el comienzo de las restauraciones en Mérida y en la Alhambra, y otras novedades anuladas al concluir la contienda y que por la guerra tardarían una media de 30 años en ser implantadas», apunta Sorando Muzas. A todo ello hubo que añadir las reformas urbanísticas que se pusieron en marcha durante el efímero reinado, por ejemplo en la Plaza de Oriente de Madrid, con el fin de ensanchar y sanear las grandes ciudades españolas.

Los afrancesados

Si bien las circunstancias bélicas dejaron en papel mojado casi todas estas medidas, el Estatuto de Bayona sirvió para marcar la senda de muchos de los temas tratados en Cádiz por los opositores a Napoleón. «La Constitución de 1812 es impensable sin Napoleón, incluso cuando la hicieron sus enemigos. Si vas comparando artículo con artículo, comprendes que los liberales los crearon para solventar las carencias del estatuto», señala el historiador Jonathan Bar Shuali , representante en España de la asociación Souvenir Napoléonien y presidente de la Asociación Fusiliers-Chasseurs Madrid , que nació en la comunidad universitaria precisamente para reivindicar el estudio de la figura de Napoleón en España.

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«Ante todo, hay que dejar claro que el imperio napoleónico prefigura en bastantes aspectos el Nuevo Orden en Europa que propugnó el Tercer Reich . Sin embargo, hay un legado bonapartista que fue beneficioso para España. En primer lugar, el Estatuto de Bayona fue un acicate para los liberales al redactar la Constitución de Cádiz de 1812, que recogieron y reformularon algunos de sus aspectos», explica el novelista Emilio Lara, doctor en Antropología y licenciado en Humanidades, que cita entre las cosas que España le debe a Napoleón la supresión de la monarquía absoluta, la derogación de los gremios, la libertad comercial e industrial, la introducción de la meritocracia como elevador social, la prohibición de la tortura, la libertad de imprenta y la eliminación de los privilegios nobiliarios .

Cuadro de Napoleón despidiéndose de la Guardia Imperial en el Castillo de Fontainebleau.

Las consecuencias del expolio fueron catastróficas para el patrimonio. En Sevilla robaron casi mil cuadros, mientras en Madrid convirtieron en ruinas bélicas parte del Palacio del Buen Retiro. No obstante, hubo varias consecuencias indirectas de estos saqueos que beneficiaron a largo plazo a la cultura hispánica. El haberse llevado muchas obras no solo dio a conocer el arte español en el mundo, sino que permitió que muchas piezas, que estaban en mal estado de conservación, sobrevivieran al paso de los siglos.

«Causaron un gran daño, intencionado o no, convirtiendo monasterios en caballerizas y usando libros para calentarse, pero también hubo franceses preocupados por proteger el arte , del mismo modo que hubo españoles y británicos destruyendo patrimonio», recuerda Daniel Aquillué , autor de ‘Guerra y cuchillo’ (La Esfera de los Libros). Tras la guerra, los soldados y viajeros que habían pasado por España pusieron de moda la exótica cultura de este último reducto del mundo antiguo en Europa, o al menos así lo veían los románticos del siglo XIX que empezaron a introducir esta temática y personajes españoles en sus pinturas, obras de teatro y óperas.

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«Los miles de afrancesados exiliados en la guerra, al regresar a España durante el Trienio Constitucional, habían aprendido el valor del pragmatismo político y, a través del reformismo y de la tecnocracia, gracias a ocupar cargos intermedios en la Administración»

La separación entre patriotas y afrancesados (entonces llamados jurados) preconfiguró la lluvia de guerras civiles que estaban por caer sobre uno de los países que menos contiendas de este tipo había registrado hasta entonces, pero, además, mostró la existencia de una España discrepante y muy ilustrada. La tradicional etiqueta de ‘traidores’ contra ‘españoles’, o ‘afrancesados’ contra ‘patriotas’, no logra explicar lo suficiente la complejidad de este grupo, del que formaron parte figuras tan señeras para comprender España como Francisco de Goya o Moratín, y que luego jugaron un papel fundamental para la llegada del liberalismo al país.

«Los miles de afrancesados exiliados en la Guerra de la Independencia, al regresar a España durante el Trienio Constitucional , habían aprendido el valor del pragmatismo político y, a través del reformismo y de la tecnocracia, gracias a ocupar cargos intermedios en la Administración, emprenden una soterrada transición hacia el liberalismo en la última etapa del reinado de Fernando VII que se acelera a la muerte del Rey y que se basa en antiguos postulados afrancesados: división provincial de España, Código de Comercio y Código Civil, introducción de la Enseñanza Media por medio de institutos provinciales, Ministerio de la Gobernación, modernización administrativa y centralización de impuestos en el Ministerio de Hacienda», comenta Lara.

Origen: Lo que le deben los españoles a Napoleón Bonaparte, aparte de miles de muertos y guerras

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