«Los españoles mueren, pero no se rinden»: los testimonios olvidados de la masacre de Annual

Recogida de algunos cadáveres en el desastre de Annual, el 22 de julio de 1921 - ABC
Recogida de algunos cadáveres en el desastre de Annual, el 22 de julio de 1921 – ABC

En el mes de julio de 1921 se produjo en el noroeste de Marruecos la mayor catástrofe de la historia del Ejército español, donde más de diez mil de nuestros soldados resultaron muertos y sus cadáveres olvidados por las hordas indígenas de Abd El-Krim

El julio de 1921, hace cien años, se produjo en Annual la considerada por muchos como la mayor catástrofe de la historia del Ejército español. En aquella pequeña población al noroeste de Marruecos, a tan solo 60 kilómetros de Melilla, murieron más de diez mil españoles. Y sus cadáveres, muchos de ellos descuartizados con saña por las hordas indígenas de Abd El-Krim, olvidados sobre el terreno para siempre. Tan crítica y desesperada fue la situación que se vivió en los campos del Rif después de que las tropas del general Silvestre fueran desarboladas, que algunos de nuestros soldados se mataron entre sí para hacerse con un transporte en el que huir. Y mayoría cayó también en el intento.

De aquella tragedia hay información abundante, aunque algunos de los testimonios dejados por los testigos y protagonistas han ido cayendo en el olvido con el paso de los años. Por ejemplo, el del escritor Ramón J. Sender, que recordó posteriormente cómo las mujeres indígenas seguían a la retaguardia mora torturando y rematando a los españoles heridos. A muchos les arrancaron las muelas mientras estaban vivos para hacerse con el oro de las fundas y los empastes. A otros, incluso, los abrieron en canal a golpe de gumía.

La barbarie era su seña de identidad. Así lo confirmó otro superviviente español que consiguió escapar tras fingir su muerte. Eso sí, después de que le cortaran un dedo. «Los moros degollaban sin piedad a nuestros soldados con salvaje ferocidad», comentaba sobre las tropas de un Abd el-Krim que no solo trataba de ganar la guerra, sino que quería también aplastar, humillar y aterrorizar a nuestro Ejército para dejar constancia del odio que sentía hacia España. Así lo manifestó él mismo en cartas como la que envió en agosto de 1921, en la que especificaba las razones de su revuelta, que iban desde una presunta deuda millonaria como de los años que había pasado en prisión.

Annual conmociona a España

Hoy pocos lo recuerdan, pero este episodio conmocionó a la sociedad de la época. Sobre todo, porque las familias españolas mandaban a sus hijos a combatir a África de muy mala gana, tal y como había ocurrido dos décadas antes en Cuba y Filipinas. Un sentimiento que crecía cuando las padres, madres y mujeres de las víctimas iban conociendo los detalles del desastre en la prensa. De hecho, muchos historiadores identifican aquella matanza como uno de los factores para explicar el fin del modelo de la Restauración en España.

El origen de la tragedia se empezó a fraguar durante la primera mitad del año. El comandante general de Melilla, Manuel Fernández Silvestre, un militar audaz y afectuoso con la tropa, avanzaba por el territorio rifeño con la intención de llegar a Alhucemas y dominar la zona española del protectorado marroquí. La marcha, sin embargo, no se desarrolló como esperaba, porque trataba de cubrir un frente demasiado extenso y complejo. Silvestre, testarudo y temerario, decidió además continuar con el avance pese a las advertencias que le habían hecho algunos de sus hombres. A espaldas de su superior, el general Dámaso Berenguer, alto comisario de España en Marruecos, prosigue el insensato despliegue con unas tropas mal equipadas –con fusiles obsoletos y defectuosos– y calzadas con alpargatas no aptas para moverse por aquel accidentado terreno.

Los españoles, en principio, no desfallecen a pesar de todo y avanzan animados hasta que, en junio, llega el primer aviso. Siguiendo las órdenes de Silvestre, el comandante Villar avanza con cerca de 1.500 hombres hasta el mogote de Abarrán e instala allí un parapeto con 26 artilleros y 50 soldados españoles y 200 indígenas. Pero nada más retirarse Silvestre del inhóspito paraje con el resto de hombres y la intención de volver a Annual, las huestes de Abd El-Krim comienzan a tirotear la posición.

«Hasta que le mató una nueva bala»

El medio centenar de españoles verá con horror como muchos de los supuestos 200 aliados indígenas se van pasando al enemigo al ver que la catástrofe se acercaba. Así contó aquella batalla un telegrama del Rif recibido el 7 de junio y recogido en el libro «Morir en África: La epopeya de los soldados españoles en el desastre de Annual» (Crítica, 2014), de Luis Miguel Francisco: «El capital Huelva fue de los primeros en ser alcanzado por una bala rebelde. Sereno y animoso, a pesar de encontrarse herido, se mantuvo en el parapeto, del que solo se separó algunas veces para aprovisionar de municiones a sus hombres… hasta que le mató una nueva bala. Casi al mismo tiempo, cuatro proyectiles enemigos hacían blanco en el jefe de la posición, el capitán Salafranca, quien, a pesar de su gravísimo estado, no cesaba de animar a sus fuerzas».

La munición les duró solo cuatro horas. Después, fueron avasallados y pasados a cuchillo. Más de 140 bajas, incluyendo a los oficiales. El único que salvó la vida momentáneamente fue el teniente de artillería Diego Flomesta Moya. Le dejaron con vida para que arreglase los cañones y les enseñase a usarlos, pero como se negó, lo mataron también pocas horas después. Perdieron la posición y la artillería, una señal más de que la masacre se avecinaba. Y quedó de manifiesto tras la toma de Igueriben el 7 de junio por parte del comandante Julio Benítez y 350 hombres, ante lo que Abd el-Krim no iba a ceder con facilidad.

El líder rifeño inició el hostigamiento sobre dicho enclave el mismo día. La guarnición se defendió sin descanso durante las primeras horas. Los obuses rifeños caían sin descanso, pues africanos habían aprendido a usar los cañones con bastante puntería. En momento, los españoles no contaban ya con médico ni medicinas, por lo que los heridos no podían ser atendidos. Lo peor, sin embargo, era la sed, ya que el pozo más cercano se encontraba a varios kilómetros. La única esperanza era que el general Silvestre lograra romper el cerco y mandara refuerzos desde Annual. El teniente Casado Escudero, uno de los pocos supervivientes, refirió que «el comandante dirigió sin descanso la defensa […], elevando la moral, y su figura era admirada por todos los defensores, que desde el primer momento depositaron en él fe ciega por su bizarría».

Monte Arruit, repleto de cadáveres españoles, en julio de 1921
Monte Arruit, repleto de cadáveres españoles, en julio de 1921 – ABC

«Se han bebido los orines mezclados con azúcar»

Con el parapeto rodeado de cadáveres, sufrirán cuatro días de asedio sin una gota de agua. «Los oficiales de Igueriben mueren, pero no se rinden», escribirá Benítez a unos jefes, mientras asiste desesperado a la sangría de sus hombres. El 20 de julio, el comandante vuelve a escribir a su general: «Tenemos muertos y heridos, carecemos de agua y de víveres y la gente se ve precisada a permanecer día y noche en el parapeto para tener a raya al adversario». Silvestre contesta: «Héroes de Igueriben, resistid unas horas más. Lo exige el buen nombre de España». Y Benítez responde embravecido: «Esta guarnición jura a su general que no se rendirá más que a la muerte». Pero no tarda mucho en insistir: «La sed es horrenda; se han bebido la tinta, la colonia, los orines mezclados con azúcar. Se echan arenilla en la boca para provocar en vano la salivación. Los hombres se meten desnudos en los hoyos que se hacen para gustar el consuelo de la humedad. Se ahogan con el hedor de los cadáveres».

Silvestre acabó comunicándose encolerizado con su superior, Berenguer. Le dijo que, por «humanidad y dignidad», iba a salir de Melilla «con todo» para auxiliar a Benítez. Eso implicó dejar su plaza totalmente desguarnecida, con los habitantes de la ciudad aterrorizados ante el probable asalto rifeño. La ayuda, sin embargo, no llegó a tiempo a Igueriben y tan solo sobrevivieron menos de una decena de hombres. Una nueva masacre que lleva a Silvestre, totalmente desquiciado, a tomar la decisión de evacuar también el campamento de Annual.

La retirada fue caótica entre el intenso fuego de la tropas de Abd el-Krim. Las balas no dejaban de llover. Algunos soldados, incluso, se acuchillaron entre sí por hacerse con un puesto en alguno de los camiones que a toda velocidad corrían hacía Melilla. La mayoría murieron. También Silvestre, del que no se supo nunca nada más. Algunos testimonios aseguraron que, ante la debacle, optó por pegarse un tiro. «Las confidencias de la Policía Indígena señalaban que había entre 8.000 y 10.000 enemigos, demostrando estar espléndidamente armados y municionados. Asimismo, entre los españoles la posición es penosa, y no solo por lo que se refiere a la moral o al número de hombres, sino porque “de la batería ligera solo funcionaba una o dos piezas”», explicaba a ABC en 2016 Luis Miguel Francisco.

Origen: «Los españoles mueren, pero no se rinden»: los testimonios olvidados de la masacre de Annual

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