Misterios de la IIGM: la enigmática muerte de Patton, el general aliado más brutal – Archivo ABC

El teniente coronel Lyle Bernard, que se distinguió en los desembarcos italianos, junto a Patton - ABC
El teniente coronel Lyle Bernard, que se distinguió en los desembarcos italianos, junto a Patton – ABC

El 21 de diciembre de 1945, el militar falleció tras haber sufrido un raro accidente de automóvil una semana antes

Lo suyo no era fachada. La realidad es que George Patton era un tipo duro. En sus discursos antes del Desembarco de Normandía, del que fue apartado por abofetear a un soldado que sufría un shock emocional, lo dejó cristalino: «No vamos a disparar a esos hijos de puta. Vamos a arrancarles las tripas y utilizarlas para engrasar nuestros tanques». Los ojos azules y el pelo rubio (cuando lo tenía) jamás disimularon unas facciones rudas y una voz que empequeñecía a los gigantes. Ya lo dijo ABC en agosto de 1945: «Sus expresiones mordaces hacen sonrojar al coronel más curtido». El autor fue magnánimo, pues, si hubiera que seleccionar un adjetivo para su lenguaje, ese sería soez.

General y cuasi vedette por su amplísima fama, Patton anhelaba dejarse la vida en el campo de batalla como los héroes que había visto caer a cientos en la Primera Guerra Mundial. Pero no tuvo suerte y su marcha fue mucho más sombría. A principios de diciembre de 1945, meses después de la caída de los nazis, su Cadillac se estrelló contra un camión de transporte en un raro y controvertido accidente. Sus dos acompañantes salieron ilesos, pero él sufrió severas lesiones de las que no pudo recuperarse. Falleció tras una semana de agonía, el día 21. Lo hizo para asombro de unos Estados Unidos que empezaban a paladear la victoria contra los nazis y, en palabras de ABC, aquejado «de una embolia pulmonar».

Accidente

El germen de la tragedia hay que fecharlo el 9 de diciembre de 1945 en la recién liberada Alemania. Con las navidades al final del pasillo, un Patton todavía dolido por no haber podido llegar a Berlín antes que los soviéticos se subió a su Cadillac militar; un coche robusto, verde y con una estrella blanca en la puerta. Junto a él su conductor habitual, de menos de veinte años, y el mayor general Hobart R. Gay. La idea era pasar una jornada agradable al aire libre. «Se dirigía a Bad Nauheim. Desde este punto pensaba marchar a Mannheim con el propósito de realizar una partida de caza», explicó ABC poco después.

Tras detenerse en un paso a nivel, el coche se incorporó a una carretera de doble sentido. No se puede decir que fuera rápido. Como mucho, unos 35 kilómetros por hora. Quizá por eso, el conductor no se preocupó cuando observó que un camión del Ejército avanzaba hacia ellos en dirección contraria. Pero la mala fortuna quiso que, en el último momento, este vehículo de considerables dimensiones girara a la izquierda y se estampara de lleno contra el Cadillac. ABC explicó, ese mismo día, que Patton fue «el único lesionado de los tres» y que, aunque en principio las autoridades se habían negado a informar de sus daños, «sufre heridas en la cabeza como consecuencia del choque, ocurrido a las 11.40 de la mañana».

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El general Patton, junto a su perro durante la IIGM – ABC

ABC informó de que, tras el accidente, Patton ingresó en el Hospital Militar de Eidelberg, aunque no perdió el conocimiento en ningún momento. Con la tensión extendida entre la sociedad debido a la fama del oficial, el 10 de diciembre el alto mando intentó llamar a la calma. «Su estado a las nueve de la mañana de hoy es “satisfactorio en general” y se encuentra “muy bien, después de una noche descansada y de cinco horas de sueño”», explicó este diario. Pero la verdad es que el pronóstico era «reservado» y que había sufrido múltiples daños en el cuello. Quizá, agravados por su edad.

«A última hora de ayer se comunicó que tenía una fractura simple en la tercera vértebra cervical, con dislocación posterior de la cuarta y parálisis completa bajo el nivel de la tercera cervical», explicó ABC. La situación era tan tensa que la mujer del general solicitó que fuese un médico norteamericano el que atendiera a su marido. «La esposa del general Patton y el coronel Glen Spurling, uno de los más destacados cirujanos norteamericanos, especializado en neurología, han partido para Alemania en avión, a fin de atender al general herido». Para entonces ya se temía por la vida del que, en palabras de este periódico español, se había convertido en el arma secreta de los avances a través de Italia África.

Triste agonía

Durante una docena de jornadas, Patton pasó por una lenta agonía. El 21 de diciembre, se estado de salud se agravó. ABC recogió por entonces el «parte facultativo» del militar: «El estado de salud del general se ha agravado debido a una complicación de pulmones. Pronóstico grave». A su vez, el periódico añadió que «por primera vez, desde que fue hospitalizado, no se han incluido en el informe las cifras de temperatura, pulso y respiración». Con esa triste estampa, solo era cuestión de tiempo que el general dejara este mundo. La triste noticia no tardó en quedar corroborada. «Patton ha muerto a las seis menos diez de la tarde en la ciudad de Heildelberg. Tenía sesenta años».

Los pormenores de la muerte fueron desvelados por Glen Spurling. «El cirujano ha manifestado que falleció mientras dormía, a consecuencia de una embolia pulmonar que suscitó una crisis cardíaca», explicó ABC. Cuando los médicos se percataron de que todo estaba perdido llamaron a su esposa para que le diera el último adiós, «pero se cree que, cuando llegó a la cabecera, ya había expirado». La noticia añadió que el «el cadáver del general recibirá sepultura en Europa» por deseo expreso de su mujer. Toda la información iba acompañada por un pequeño retrato del militar y una reseña biográfica en la que se repasaban sus grandes victorias militares. La última frase no tenía precio: «Tenía fama de poder estar muchas horas sin comer ni beber, y esperaba que sus hombres hiciesen lo mismo».

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El teniente general Patton, Defe del 7º ejército americano en Sicilia, fumando – ABC

Durante los siguientes veinte años nadie dudó de que la muerte de Patton había sido provocada por un triste y fatal accidente. Sin embargo, en los setenta cambiaron las tornas cuando el autor Frederick Nolan escribió una obra de ficción sobre la extraña muerte de un general anónimo. En la portada, la editorial puso una fotografía de Patton. Aquello descorchó la locura. En los años posteriores antiguos miembros de los servicios secretos norteamericanos admitieron que habían sido contratados para dar muerte al general. Al parecer, por sus críticas a la misma Unión Soviética que había pactado con Ike Eisenhower. Este grano de arena fue alimentado por los conspiranoicos y se convirtió en una montaña que perdura hasta hoy.

El lado oscuro

George Patton fue, a la vez, uno de los oficiales más eficientes y más discutidos de la Segunda Guerra Mundial. Tras combatir como tanquista en la Gran Guerra, ascendió a pasos agigantados en el ejército hasta llegar a general. Después del ataque de Pearl Harbour y de la entrada de los Estados Unidos en la contienda contra el Tercer Reich, fue enviado a África y, poco después, a Sicilia. En ambos frentes demostró que era un verdadero líder, pero también severo e hiriente.

La controversia siempre lo acompañó; 1943 marcó su carrera militar y, a la larga, hizo que le apartaran del frente de Normandía. Aquel año se hizo tristemente famoso en los medios de comunicación por abofetear y obligar a regresar al frente a dos combatientes aquejados de fiebres, estrés y fatiga de combate. «No admito lo de este hijo de puta. ¡Cabrón sin huevos, te vas de vuelta al frente!», le espetó a uno de ellos. Para entonces ya era famoso por su mal carácter y por sus arengas llenas de soflamas violentas e insultos. «El objetivo de la guerra no es morir por tu país, sino hacer que otro bastardo muera por el suyo», afirmó en una ocasión.

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El de la bofetada no fue su único altercado destacable, aunque sí el más famoso. En otra ocasión, durante la campaña de África, Patton (conocido por su obsesión por la limpieza) se percató de que había unas pequeñas trincheras excavadas alrededor de las tiendas de campaña de la unidad que visitaba. Airado, preguntó para que servían. La respuesta fue sencilla: para protegerse de los continuos ataques aéreos alemanes. No le podían haber dicho algo peor… Montó en cólera, afirmó que aquello era una cobardía impropia del ejército de los Estados Unidos y orinó sobre la zanja destinada al oficial de mayor rango de la unidad. «Ahora, úsala si quieres».

Todos estos controvertidos episodios fueron recogidos por el mismo Eisenhower. En sus memorias, el entonces comandante en jefe de los ejércitos aliados llegó a afirmar que las acciones de Patton eran, en ocasiones, «poco menos que brutales». Aunque planeó destituirlo, al final entendió que «su tensión emocional y su impulsividad eran las mismas cualidades que lo convertían en un general tan notable» y adujo que, «cuanto más imbuyera de ánimo a sus hombres», fuera de la forma que fuese, menos vidas se cobraría Adolf Hitler en la Segunda Guerra Mundial. «A pesar de mi indignación por el suceso, entendí que debía mantenerlo en el cargo para futuras batallas».

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