26 febrero, 2024

Ni fétida, ni repugnante: dos españoles destruyen los mitos de la pésima higiene en la Edad Media

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Javier Traité y Consuelo Sanz recorren en un ensayo descomunal mil años de historia de la limpieza

Son las ocho de la mañana en el centro de Madrid y los dos autores –el historiador Javier Traité y la entomóloga Consuelo Sanz de Bremond– se personan dispuestos a desentrañar los secretos del pasado más remoto. El encuentro emana cierto aroma a café de máquina, a ese friegasuelos de batalla que se pasa minutos antes de abrir la barra del bar y a ducha reciente. Nada que ver con lo que habríamos aspirado hace mil años. «¿A qué olía la Edad Media? Pues sobre todo a humo de leña, que se usaba para cocinar y para calentarse en todas las casas», afirma el primero. Su colega apostilla que «también olería mucho a animal de granja». Aromas profanos hoy para los urbanitas, aunque habituales todavía en la España rural. «No nos resultaría tan raro», explican casi a coro.

Lo que tienen claro es que la Europa medieval no desprendería esos efluvios pestilentes que nos han repetido hasta enroncar las películas y las novelas. «En aquella época no eran imbéciles; querían sobrevivir y, para ello, sabían que era clave la limpieza», desvela Traité. Esa es una de las máximas de su nuevo ensayo histórico: ‘El olor de la Edad Media’ (Ático de los libros). Una obra descomunal en la que investigan, analizan y divulgan mil años de historia de la higiene en el viejo continente: desde el ocaso del Imperio romano de Occidente, hasta el siglo XV. Mil páginas, ni más ni menos; y han tenido que recortar. «Nos hemos dejado cosas fuera. Los cosméticos, por ejemplo, aunque hablamos algo de la depilación y de los desodorantes», explica Sanz.

Eficientes y limpios

Queda perdonado porque hay lectura para rato; cuatro años de investigaciones que arrancan con la caída de la Roma imperial y la mudanza de la población de las ciudades tardoantiguas y altomedievales hasta el campo. En aquel nuevo ambiente se generalizó un olor básico: el del estiércol. Un compuesto que Sanz describe como fundamental: «Era el oro negro. Lo utilizaban para fertilizar la tierra, como combustible para el fuego de las chimeneas…». Tan importante era, que adquirir uno u otro era sinónimo de estatus: diferencia de clases hasta en la mierda. «Los señores se quedaban el de vaca, que era el mejor, y los pobres, los de peor calidad, como el de oca o el de cerdo», completa Traité.

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No vamos a negar que el aroma del estiércol hacía torcer la nariz. Sin embargo, los autores insisten en que siempre obviamos que la sociedad medieval aprovechaba hasta el último de los residuos que generaba. Y vaya un ejemplo que se sucedió durante el nuevo auge de las ciudades. «En Valencia se redirigían las aguas fecales hacia las huertas. Llegaban ya con una carga de orines y de excrementos que abonaba los cultivos», explica el autor. Para ello, se ubicaban las letrinas en puntos concretos. No consistía, como explica con cierta sorna Traité, en «cagamos aquí y ya está», sino que «eran conscientes de que debían hacerlo en puntos concretos para favorecer su explotación.

Aquellos «puntos» de los que habla Traité eran las letrinas, a las que también dedican muchas páginas. Normal, pues las rodea el mito de que eran escasas y pestilentes. Nada que ver con la realidad. «Había en abundancia y las pagaba la propia ciudad para favorecer la limpieza», insiste Sanz. Y todavía sorprende más que no fueran construidas al albur. «Estaban muy bien ubicadas. Las del puente de Londres eran fantásticas porque caían directamente debajo, no había que recoger nada después», añade. Hoy es uno de esos días en los que se agradece haber desayunado hace un buen rato. Pero es que, como bien explican los entrevistados, la historia está unida a los excrementos. Cosas del descomer.

Paisajismo sanitario

Pero la base de la obra es derribar mitos, y de esos hay de sobra. El de las calles embarradas a base de cubas de excrementos lanzadas desde las ventanas es el más recurrente; el popular ‘agua va’. Traité afirma que hay que ponerlo en contexto: «Al principio no se daba porque las ciudades medievales eran una suerte de huertos amurallados en los que cada casa tenía en el patio su pozo negro». La cosa cambió cuando las urbes crecieron y comenzaron a construirse viviendas de dos y tres pisos. A partir de entonces, y a pesar de que existían instalaciones para favorecer la higiene, se permitió esta práctica, aunque solo en horas concretas. «No era lo habitual. Había gente sucia que lo hacía, pero solía ser el agua que se utilizaba para limpiar la casa», completa Sanz.

A más datos, más pequeño se torna el mito de la ciudad medieval hedionda. Los autores hacen un repaso por las fuentes de agua, levantadas a decenas para lavar ropa y recoger el líquido elemento, o un concepto tan revolucionario como desconocido por los profanos: el ‘paisajismo sanitario’. Traité esboza una sonrisa cuando lo citamos. Le encanta. «Es una teoría que hace referencia al conjunto de actitudes, inversiones e infraestructuras de las autoridades medievales para mantener el entorno limpio y salubre para todos», sentencia. ¿Una política sanitaria medieval? El sí es rotundo. «Hemos hallado normativas de los siglos XIII y XIV en las que se ordena limpiar las calles y no arrojar porquería para ‘hacer negocios en paz’ y ‘vivir bien’».

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Ejemplos los hay a montañas. Sanz busca y recuerda uno: la práctica, institucionalizada en Italia, de que los cerdos pasaran por los mercados comiéndose la basura generada por los puestos de venta. Su compañero también tiene el suyo: «Me gustó mucho una normativa según la cual, si un vecino veía que alguien tiraba basura por la ventana, podía denunciarle y quedarse la mitad de la multa». Y eso, por no hablar de las desorbitadas multas que se daban en algunas ciudades por contaminar una fuente. «Llegaron a construirlas con piletas diferenciadas para beber, lavar la carne o limpiar la ropa», señala el historiador. El claro ejemplo de que se intentaba luchar por la higiene.

Y otros mitos

No se detienen los tópicos. Le pedimos a cada autor que escoja uno, y Sanz lo tiene claro: «A pesar de lo que se suele creer, había métodos para que la mujer solventara el problema de la menstruación». Entre ellos se hallaba el de «doblar muchas veces un paño de lino y sujetárselo a la cintura con una especie de braga» para absorber la sangre. De no contar con uno, también les valía con un tipo de musgo muy concreto. Aunque deja un hueco para cargar contra esa idea de que en la Europa medieval no se conocía el jabón: «No es, ni mucho menos, un invento actual. Desde la época de Mesopotamia ya usaban sustancias como el aceite de ricino y las plantas halófitas».

Traité tampoco tarda mucho en escoger el suyo. A la velocidad del rayo, carga contra la idea de que los hombres y mujeres de la sociedad medieval no se lavaban los dientes: «Siempre he pensado que tenían una dentadura pésima, pero eso fue a partir del XIX». En la Edad Media, explica, también les importaba el sarro: «En las fuentes te encuentras que masticaban raíces y ramas de avellano tierno para mantener la boca limpia. Las mordían mucho y, cuando llevaban un rato, se cepillaban con él». Sanz añade que también les importaba mucho el tema de la halitosis: «Se habla del uso de hinojo, perejil y apio para tener un aliento fresco».

Los autores, durante la entrevista ISABEL PERMUY

La última pregunta es obligada, aunque también recurrente: «¿Es cierto que Isabel la Católica prometió no cambiarse de camisa hasta que tomara Granada?». Sanz toma la palabra: ha investigado mucho el tema, pero le ha sido imposible hallar la fuente original que extendió el bulo. «Y vaya si he buscado en los archivos», afirma. Otro tanto sucede con la falacia de que solo se bañó dos veces en su vida. «Es probable que se mezclaran varios conceptos. Hay datos de que Isabel de Portugal fue una mujer asceta y que no se cambiaba mucho de ropa. Y el obispo de Málaga confirmó que Juana I de Castilla no se lavaba la cara ni el resto del cuerpo. Creo que proviene de ahí», finaliza.

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El tiempo se acaba y resulta imposible abarcar la totalidad de un libro que pesa kilo y medio. «Me siento orgulloso de que sea el más pesado que ha publicado la editorial», bromea Traité. En sus páginas quedan temas como los baños públicos, la ropa interior o la medicina. Eso, y la amenaza simpática de una segunda parte igual de magna. Prometemos leerla.

 

Origen: Ni fétida, ni repugnante: dos españoles destruyen los mitos de la pésima higiene en la Edad Media

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