25 febrero, 2024

Queipo de Llano: las brutales arengas para aterrar al Frente Popular del general que irritó a Franco

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El militar, cuyos restos serán exhumados a petición del secretario de Estado de Memoria Democrática, declamó más de 600 arengas a través de Unión Radio Sevilla

La nueva ley de Memoria Democrática sigue removiendo ánimos y tumbas. Si hace una semana la familia de José Antonio Primo de Rivera pidió la exhumación del líder de Falange antes de que esta fuera solicitada por el Gobierno, ahora los focos se han centrado en Gonzalo Queipo de Llano. Hoy, el secretario de Estado de Memoria Democrática, Fernando Martínez, ha pedido al Hermano Mayor de la Hermandad de la Macarena que el militar, que se convirtió en la voz de la sublevación a partir de 1936 desde las ondas de Unión Radio Sevilla, sea desenterrado de su lugar de descanso eterno.

Mientras se desenreda el enésimo nudo gordiano que ha generado la, cuanto menos, controvertida ley de Memoria Democrática, muchos se estarán preguntando quién diantres era Gonzalo Queipo de Llano. Apodado el ‘General de la radio‘ por las más de 600 intervenciones que protagonizó a través de las ondas, este militar se hizo famoso en la Guerra Civil por las sanguinarias soflamas que ofrecía a los soldados del Ejército Sur. Discursos que, según él, enardecían a sus hombres, pero que los soldados republicanos recuerdan con pavor. Y es que, desde su púlpito llamaba a «violar a las rojas» y a asesinar a civiles enemigos. Y eso, después de haberse levantado tricolor en mano años atrás.

Fernando Martínez firma una misiva que asegura que es «obligado poner fin a esta situación» en virtud de la nueva Ley de Memoria Democrática

El mismo Queipo de Llano, con muy poca modestia, admitió durante su posterior exilio en Italia tras la Guerra Civil que adoraba saber que sus palabras enardecían a las tropas sublevadas: «Tuve noticias muy pronto del buen efecto que habían producido [las primeras intervenciones], y por ello me impuse el deber de convertirme en ‘speaker’, el primero, quizá, que empleó la radio como arma de guerra con resultados sorprendentes». En parte llevaba razón, pues los republicanos que defendieron ciudades como Málaga confirmaron después que escuchar su tono de voz era estremecedor. En eso se parecía a Adolf Hitler, al que incluso visitó durante el conflicto.

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En lo que no se parecían en absoluto era en el tipo de discurso. Mientras Hitler contaba con un estilo incisivo, pero que evitaba las palabras soeces y los insultos gratuitos a pesar del odio visceral que exhumaban sus alocuciones, el oficial franquista siempre se destacó por perpetrar unas peroratas hirientes, cuasi burdas, plagadas de términos malsonantes y provocadoras en extremo. Esas fueron sus armas para intentar amedrentar al enemigo y convencerle, entre otras tantas cosas, de que resistirse a las tropas del bando sublevado era sinónimo de morir. Todo ello le valió ser calificado como «el más grande combatiente por la radio de todos los tiempos» por el embajador de Estados Unidos en España, Claude G. Bowers.

Hacia la sublevación

La historia de Queipo es una de las más extrañas de la contienda. Militar de carrera, fue decapitado a nivel castrense por Miguel Primo de Rivera en 1924 después de que el dictador conociese sus tejemanejes para volver al parlamentarismo. Cuesta contar la ingente cantidad de veces que su nombre apareció ligado a una intentona golpista, como también resulta difícil enumerar los castigos que recibió por ello. Aunque puede que el episodio más llamativo de su juventud fuese la firma del llamado Pacto de San Sebastián, promovido en los años treinta para derrocar a la Monarquía e instaurar la Segunda República. Algo surrealista si se tiene en cuenta el futuro que le esperaba.

Lo que desde luego no le pudieron achacar fue falta de compromiso con sus ideales iniciales. Queipo fue uno de los militares que, el 15 de diciembre de 1930, se apoderaron del aeródromo de Cuatro Vientos con el objetivo en mente de acabar con el régimen establecido. A su lado se hallaba el ‘hermanísimo’, Ramón Franco. Aquella jornada ambos jugaron un papel esencial. El primero leyó un manifiesto a través de la radio (ya apuntaba maneras) en el que se informaba de que la República había llegado a toda España. El segundo, por su parte, se hizo con un avión desde el que arrojó octavillas sobre el Palacio Real. De poco les sirvió, pues la falta de apoyo popular les obligó a abandonar y exiliarse a Francia.

Queipo de Llano, junto a Franco ABC

Queipo solo pudo regresar a España tras la proclamación de la Segunda República. Lo llamativo es que lo hizo casi como un héroe. O, al menos, con una ingente cantidad de cargos bajo el brazo entregados por el mismísimo Manuel Azaña. Según el historiador Fernando Puell de la Villa, entre ellos se contaban el ascenso a general de división y su nombramiento como jefe de la 1ª División Orgánica. Él, por su parte, juró ser leal al nuevo régimen. Lo hizo convencido, como demuestra el que su hija se casara con el primogénito del entonces presidente de la República, Niceto Alcalá-Zamora.

Pero, como le sucedió a tantos otros, Queipo terminó desencantado con los sucesivos gobiernos de la Segunda República y con aquellos vaivenes políticos de izquierdas y derechas. Por ello, se unió a las conspiraciones de Mola para destruir el mismo régimen por el que había combatido. La razón la dejó clara en una de las muchas misivas que escribió: «Luché por la caída del gobierno de Montero Ríos […], combatí a las Juntas de Defensa, luché contra aquella Monarquía que perdió un Imperio. Y, cuando vi la República fría, muerta, sumergida en la vergüenza y el crimen, me alcé contra ella». Con todo, también añadió que «nunca pertenecí a partido alguno» y que no vistió «otra librea que la de la Patria».

Los historiadores coinciden en que el oficial, inspector general de carabineros en 1936, fue clave para que la sublevación no se diluyera en parte de Andalucía. Y no solo por sus dotes militares. Según afirman Inmaculada Gómez y Francisco García en el dossier ‘El efecto de la propaganda de guerra en prensa y radio sobre la población malagueña’, su gran aportación al golpe fueron las más de 600 charlas que dio en Unión Radio Sevilla con su «facilidad de palabra, agilidad mental y un rico vocabulario unidos a una gran capacidad de comunicación». No contaba con un guion, y tampoco lo necesitaba. Se limitaba a ponerse frente al micrófono y hablar durante muchos minutos.

Durante las primeras semanas de la contienda, el militar compareció todos los días en tres ocasiones. Después redujo esta cifra a una charla nocturna. No tardó en ganarse el apodo de ‘El borracho de Sevilla‘ por su característica voz, pero la verdad es que aquella fama poco tenía de realidad. Lo que sí es palpable es la brutalidad de sus discursos. «Yo os autorizo, bajo mi responsabilidad, a matar como un perro a cualquiera que se atreva a ejercer coacción sobre vosotros», insistió el 23 de julio de 1936 dirigiéndose a los sublevados. Fue la menor de sus barbaridades. Jornada tras jornada tildó a Dolores Ibárruri de furcia y a Prieto de cacique con sobrepeso.

La misma CNT confirmó en una obra editada durante la contienda, ‘La historia de la guerra española’, que «las tonterías que hablaba por la radio» les habían hecho «mucho más daño que el desembarco de las tropas Regulares». Aquello fue como un masaje para Queipo, que respondió con unas sencillas palabras: «Soy el primero que ha empleado la radio como arma de guerra, y lo acepto lleno de satisfacción». Y lo cierto es que, todavía hoy, los supervivientes recuerdan que, a través de las ondas, llamaba a «perseguir a los rojos como a fieras hasta hacerlos desaparecer a todos» o pronosticaba «el fin vergonzoso de los rojos».

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También colaboró con su voz en la toma de Málaga. A través de Unión Radio Sevilla convenció a los defensores de la brutalidad de los Regulares y sembró el miedo en las mujeres con sus amenazas radiofónicas. «Nuestros [soldados] han demostrado a los rojos cobardes lo que significa ser hombre de verdad. Y, a la vez, a sus mujeres. Esto está totalmente justificado porque estas comunistas y anarquistas predican el amor libre. Ahora por lo menos sabrán lo que son hombres de verdad y no milicianos maricones. No se van a librar por mucho que berreen y pataleen», afirmó, en una ocasión, al hablar de las violaciones de republicanas.

Tras insistir una y otra vez en que la provincia no tardaría en caer, hizo también referencia a actos de barbarie como la huida de republicanos en la carretera Málaga-Almería : «Una parte de nuestra aviación me comunicaba que grandes masas huían a todo correr hacia Motril. Para acompañarles en su huida y hacerles correr con más prisa, enviamos a nuestra aviación que bombardeó incendiando algunos camiones». Las diferencias con Franco hicieron que acabara repudiado y en el extranjero. Un final que, para muchos, fue más que merecido.

Origen: Queipo de Llano: las brutales arengas para aterrar al Frente Popular del general que irritó a Franco

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