Segunda Guerra Mundial: La misteriosa muerte del psicólogo que convirtió al «histérico» Adolf Hitler en un matarife

El buen doctor apeló a la valentía del entonces cab0 para que recuperara la visión – ABC

Edmund Forster se quitó la vida en 1933 cuando supo que el mismo soldado al que había curado de la ceguera durante la Primera Guerra Mundial se había convertido en «Führer»

«En la noche del 13 al 14 de octubre los ingleses empezaron a lanzar granadas de gas en el frente sur del sector Ypres. Empleaban el gas “cruz amarilla” cuyos efectos no nos eran todavía conocidos por propia experiencia. Yo debí, pues, aquella noche experimentarlos también. Hacía la media noche ya una parte de nuestra tropa quedó inutilizada y algunos camaradas malogrados para siempre. Al amanecer, también yo fui presa de terribles dolores [oculares] que de cuarto en cuarto de hora se hacían más intensos».

Con estas escuetas palabras explicó Adolf Hitler en « Mi lucha» el ataque con gas que le mantuvo postrado en la cama de un hospital durante un mes. Lo que el «Führer» obvió señalar de forma premeditada es que los médicos no encontraron ninguna dolencia física real en sus ojos y que calificaron aquel «dolor punzante en las cavidades oculares» de ceguera «histérica». Un término utilizado en la Primera Guerra Mundial para referirse a cualquier tipo de daño que estuviera provocado por una crisis mental tras haber pisado el frente. Y es que, por entonces, todavía no se habían estudiado a fondo los problemas reales que puede generar el estrés del combate en los soldados.

Olvido del milagro

Por si fuera poco, Adolf Hitler olvidó también incidir en que fue un destacado neuropsicólogo alemán, el doctor Edmnd Forster, el que le salvó de aquella ceguera con un curioso truco mental. Un juego en el que usó el amor por Alemania del todavía « cabo bohemio» como motivación para lograr que recuperara la vista. Aunque surtió efecto, su tratamiento demostró que el «Führer» no tenía en realidad problemas físicos en sus ojos.

¿Por qué Hitler jamás le dio las gracias a este experto en público si le hizo recuperar la vista? ¿Por qué obvió cualquier referencia a él a lo largo de su vida? Según afirma en su nuevo libro el también psicólogo David Lewis (un investigador ya clásico en el ámbito de la Segunda Guerra Mundial), porque no quería que sus lugartenientes y sus seguidores vieran en aquella «histeria» su miedo al combate y a las trincheras.

Hitler, durante la IGM
Hitler, durante la IGM

A su vez, el experto también incide en su obra en que el buen doctor pudo quitarse la vida en 1933 cuando entendió que su curioso tratamiento había convertido al entonces «cabo bohemio» en un megalómano que afirmaba que podía salvar a Alemania del judaísmo.

Con todo, el propio Lewis también baraja otras posibilidades y, en su dossier «Edmud Forster y Adolf Hitler» esgrime también la posibilidad de que el propio Adolf Hitler decidiera acabar con la vida del médico para esconder su «ceguera histérica». No parece algo remoto si consideramos que, poco antes de que el psicólogo fuese hallado muerto, se había propuesto desvelar otros tantos secretos del Tercer Reich como el aprecio que sentía Hermann Göring por la morfina o el diagnóstico de psicopatía que había hecho al entonces ministro de Arte, Ciencia y Educación Pública nazi Bernhard Rust.

Enemigo invisible

Entender el ataque que causó la «ceguera histérica» de Adolf Hitlernos obliga a retroceder en el tiempo hasta 1914, año en que el asesinato del Archiduque Francisco Fernando derivó en el comienzo de la Primera Guerra Mundial. «El 3 de agosto de 1914 presenté una solicitud directa ante S.M. el Rey Luis III de Baviera, pidiéndole la gracia de ser incorporado a un regimiento bávaro. Seguramente la Cancillería del Gabinete tenía mucho que hacer en aquellos días, por eso fue mayor aun mi alegría cuando a la mañana siguiente me era dado recibir la noticia de mi admisión», explicó el futuro «Führer» en «Mi lucha».

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A partir de entonces, comenzaron unos años que el propio Hitler definió como «la época más sublime e inolvidable de mi vida». Aunque el «cabo bohemio» también incidió en que, al poco tiempo, «lo romántico de la guerra fue reemplazado por el horror de las batallas». Algunas tan cruentas como la del Somme, un holocausto que se saldó con más de un millón de bajas (que no fallecidos) y en la que participó y cayó herido el futuro líder nazi.

Hitler, en la Primera Guerra Mundial
Hitler, en la Primera Guerra Mundial

«Los últimos días de septiembre de 1916 mi división entró a actuar en la batalla del Somme. Para nosotros fue esta la primera de las monstruosas batallas de material que debieron seguir y cuya impresión muy difícilmente se puede describir, aquello era más infierno que guerra», explicaba el mismo Hitler.

Sin embargo, Hitler todavía tenía que ver en acción las nuevas armas que prometían revolucionar la guerra y que acababan con cualquier hombre sin causarle ni una gota de sangre: las químicas. Un tipo de ingenio que había comenzado a desarrollarse en Francia allá por 1912 como agente antidisturbios y cuyo uso se perfeccionó en 1915, cuando se empezó a utilizar el cloro como principal sustancia en la guerra con gas. Una vez liberado, y si era respirado, este elemento químico provocaba que los pulmones de los soldados se llenaran de líquido y, en los peores casos, fallecieran.

Mostaza

La revolución de estas armas, no obstante, llegó apenas dos años después, en 1917. Esta fue la fecha fatídica en la que un alemán creó el mortífero gas mostaza, un agente químico que acababa con la vida de la víctima cuando era inhalado y que causaba graves lesiones si tocaba la piel.

«El gas mostaza es sumamente peligroso y el contacto o la exposición a él (…) pueden causar quemaduras graves en los ojos, daños oculares permanentes, quemaduras graves en la piel o ampollas. (…) Si se inhala puede irritar los pulmones causando tos o falta de aire. A niveles más altos (…) puede causar acumulación de líquido en los pulmones (…) una emergencia médica grave», afirma el «Departamento de salud y servicios de New Jersey».

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Este gas fue, precisamente, el que usaron las tropas inglesas en el sector de Ypres y cuya exposición generó en Hitler un problema mental. Ese que le hizo dirigirse a retaguardia tambaleándose y que provocó que fuera retirado como baja un día después del ataque. «A las 7 de la mañana, tropezando y tambaleándome me dirigía hacia la retaguardia llevando aun mi último parte de guerra del campo de batalla. Algunas horas más tarde mis ojos estaban convertidos en ascuas y las tinieblas dominaban en torno mío», añadía el mismo líder nazi en su obra.

Vuelve la visión

Aquejado de ceguera, Hitler fue trasladado (como él mismo señaló) hasta el hospital de Pasewalk, en Pomerania. Lewis afirma que se le apartó tanto del frente de batalla porque, por entonces, los médicos entendían que los soldados aquejados de alguna «histeria» (cualquier trastorno psicológico provocado por estar en el frente de batalla) podían «contagiar» al resto de combatientes que se recuperaban en los hospitales y hacer que decayera de forma drástica la moral.

Con todo, el derrotismo no evitó que multitud de psicólogos de la época abandonaran la seguridad de sus hogares para tratar de paliar estas dolencias invisibles que se extendían por centenares entre los hombres que debían defender su patria.

Precisamente uno de ellos fue el neuropsicólogo Edmund Forster, entonces un reputado experto en los problemas de la mente. Con todo, tan cierto como esto es que este médico era un firme defensor de que los soldados que sufrían problemas mentales eran unos vagos y unos cobardes que no querían volver a la batalla y que estaban dispuestos a exagerar cualquier dolencia para escapar de su deber.

«Los histéricos de guerra producirán todos los síntomas imaginables por el miedo al frente», explicó el buen doctor en 1922. Por ello, solía tratar a estos pacientes de forma brusca y como «niños llorones» a los que se les había cazado inventándose una enfermedad para no ir a clase. Al menos, así lo afirma Lewis.

De esta guisa atendió Forster a Hitler en 1918. Con «amor duro», como señala el experto en su dossier, y ansioso por demostrar que el «cabo bohemio» era un miedoso que quería regresar a casa. Con todo, pronto abandonó esta idea cuando el futuro líder nazi le insistió en que quería regresar al campo de batalla junto a sus compañeros. Quizá por ello, el psicólogo se propuso convencer de alguna forma a aquel militar de que no padecía en realidad ningún problema físico.

Así pues, un día se presentó en la habitación del paciente con una vela apagada y, tras revisarle los ojos, se dispuso a llevar a cabo una curiosa terapia de shock. El episodio lo narra de forma pormenozarizada Álvaro Lozano en su obra « La Alemania nazi».

En sus palabras, lo primero que hizo fue engañarle confirmándole que jamás recuperaría la vista. «Cabo, tengo que informarle de que el gas ha hecho que sus ojos no puedan recuperarse. Siéntese. Muestre lo que un soldado que ha ganado la cruz de hierro es capaz de hacer. El problema es que ha desarrollado cataratas (…) y no volverá a ver», le explicó.

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A continuación le dijo que, a pesar de todo, «existen milagros» capaces de devolver la vista. «La voluntad puede producir hechos insólitos y superar la debilidad del cuerpo (…) ¿Es usted uno de esos hombres? (…) Los hombres corrientes permanecen ciegos, sin embargo, los hombres extraordinarios se fuerzan a ver de nuevo. ¿Tiene usted la fortaleza de conseguir lo imposible?».

Tras ello, encendió la vela y convenció a Hitler de que, si podía ver la llama, sería una prueba absoluta de sus cualidades únicas como ser humano y de que Dios le había escogido para llevar a Alemania hasta la victoria contra los enemigos exteriores e interiores. Tras escuchar estas palabras, el «cabo bohemio» murmuró que, casi por arte de magia, el velo que cubría sus ojos se había levantado y la llama había aparecido frente a él.

«Todo sucedió como yo quería. Hice el papel de Dios y le devolvía la vista a un insomne ciego», explicó poco después el propio doctor. Sin embargo, y según Lewis, estas palabras convirtieron a aquel paciente en un megalómano ávido de hacerse con el poder.

Extraña muerte

La alegría le duró muy poco a Forster. Concretamente, hasta que se enteró de que Hitler se había hecho con el poder en 1933 alegando que él salvaría a Alemania del desastre. «Edmund Forster había curado la ceguera a Hitler pero, al hacerlo, dio a luz a un monstruo», explica el autor en el mencionado dossier.

Como convencido anti nazi, el buen doctor se sintió (en palabras de Lewis) culpable por el papel que había protagonizado en ese ascenso fulgurante. «También creía que si revelaba la verdad sobre la ceguera histérica, los días del dictador en el poder podrían estar contados», añade. Sin embargo, la única forma que tenía de dar a conocer esto era traicionando la confidencialidad entre médico y paciente.

Doctor Edmund Forster
Doctor Edmund Forster

A principios de julio de 1933, Forster se decidió a actuar y, con la ayuda de su hermano (que trabajaba en la embajada alemana en París) contactó con varios periodistas y escritores germanos que habían emigrado hasta Francia (como él) y les propuso contarles todo en un céntrico restaurante de la capital.

Sin embargo, el gobierno galo, preocupado como estaba de que la guerra estallase, bloqueó -siempre según Lewis- la información que obtuvieron los reporteros. Por si fuera poco, los mismos periodistas se censuraron sabedores de que la Gestapo podía caer sobre ellos tras hacer público todo aquello.

En todo caso, el médico fue encontrado a las ocho de la mañana del 11 de septiembre de ese mismo año muerto. A su lado había una pistola que ninguno de sus familiares sabían que tenía. A nivel oficial fue un suicidio. Sin embargo, los secretos que atesoraba hacen que la teoría de que fuera un asesinato jamás se haya abandonado.

Origen: Segunda Guerra Mundial: La misteriosa muerte del psicólogo que convirtió al «histérico» Adolf Hitler en un matarife

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