Historia: «Gusanos fáciles de aplastar»: así Hitler humilló a Chamberlain en Múnich 1939

El apretón de manos entre Chamberlain y Hitler en Múnich 1939 que cambió la historia. (Cordon Press)
El apretón de manos entre Chamberlain y Hitler en Múnich 1939 que cambió la historia. (Cordon Press)

El tercer viaje del premier británico para apaciguar al líder nazi en el que se decidió la suerte del mundo es recordado cómo el día en que la democracia se arrodilló ante el dictador

El camino a Heston se estaba volviendo cada vez más familiar para Chamberlain, pero la despedida que recibió la mañana del 29 de septiembre de 1938 excedió con mucho la de los dos viajes anteriores. Por sugerencia de sir John Simon, todos los ministros del Gabinete quisieron darle una sorpresa —todos, menos «esa cabra loca de Eddie Winterton, al que le encanta hacerse notar», señaló Chips Channon—. Pero también acudieron los altos comisionados de Australia, Canadá, Irlanda y Sudáfrica, el embajador de Italia, el encargado de negocios de la embajada alemana, algunos miembros del Parlamento y lord Brocket. Los congregados vitorearon a Chamberlain que, con una sonrisa, se dirigió al aeroplano mientras estrechaba las manos a todo el mundo. Antes de embarcar, se giró para decir unas palabras que llevaba preparadas ante las cámaras del noticiario:

«Cuando era niño me decía una y otra vez: «Si no te sale a la primera, inténtalo, inténtalo de nuevo, vuelve a intentarlo después». Y eso es lo que estoy haciendo ahora. Cuando regrese, espero poder decir, como Hotspur en Enrique IV: «De la ortiga del peligro, la flor arrancamos de la seguridad».»

[Adelantamos aquí uno de los capítulos de ‘Apaciguar a Hitler: Chamberlain, Churchill y el camino a la guerra’, el libro del historiador inglés Tim Bouverie que Debate publica el 21 de enero]

placeholder'Apaciguar a Hitler' (Debate)
‘Apaciguar a Hitler’ (Debate)

Algunos graciosos del Ministerio de Exteriores enseguida le sacaron punta a esta homilía, transformándola en: «Si no te rindes a la primera, vuela, vuela de nuevo, vuelve a volar después». Pero semejante cinismo le era ajeno a la mayoría de los británicos. Tras los aplausos arrebatados, después de salir de la Cámara, Chamberlain generó expectativas, refrendadas por la primera plana de los periódicos, sobre esta su tercera visita a Alemania, cuando les dijo a los reporteros que esperaban a las puertas del número 10 de Downing Street: «A la tercera va la vencida». El comentario del noticiario exhortaba a los británicos a creer en las palabras del primer ministro y a «tener ánimo». El Daily Sketch, por su parte, alababa a un hombre «cuya firmeza de espíritu y grandeza de corazón» se había interpuesto entre dos ejércitos, «elevando a la humanidad a un nuevo nivel».

«Vuelve con una paz honorable»

Pero Chamberlain no lo tenía tan claro. A pesar de sus sonrisas, a pesar de Shakespeare, le dijo a Alec Dunglass —que, junto con Horace Wilson, William Strang, Frank Ashton-Gwatkin, William Malkin (el asesor legal del Ministerio de Exteriores) y Oscar Cleverly (el secretario personal de Chamberlain), le acompañaban a Múnich—* que esta conferencia «a cuatro» era «una última tirada» de dados, aunque no «veía cómo iba a pagar Hitler por llevar las cosas tan lejos». La tarde anterior, excepcionalmente, Annie Chamberlain se metió en política y le dijo a su marido, con autoridad: «Quiero que vuelvas de Alemania con una paz honorable —luego añadió—: Tienes que hablar a la multitud desde la ventana, como hizo Dizzy [Disraeli]». Pero Chamberlain no estaba por la labor. «No haré nada de eso —respondió con sequedad—. No me parezco en nada a Dizzy.»

Puede ser que Chamberlain estuviera ya dándole vueltas a cómo justificar una conferencia sobre el destino de Checoslovaquia de la cual estaban excluidos los principales interesados, los checoslovacos. Tanto Beneš como Masaryk habían protestado sin éxito por esta burda injusticia. Hitler no toleraría ni la participación de los checoslovacos ni la de los rusos, le contaba Chamberlain a Beneš, pero podía estar seguro de que «tendría presentes todo el tiempo los intereses de Checoslovaquia» en la mesa de negociación, mientras se esforzaba por lograr una cesión territorial ordenada y justa.9 Masaryk, comprensiblemente harto de atropellos, no estuvo muy conciliador: «Si han sacrificado ustedes mi país para salvaguardar la paz mundial, seré el primero en aplaudirles —les dijo al primer ministro y a Halifax el 28 de septiembre por la noche—. Pero si no es así… que Dios se apiade de sus almas, caballeros

Sobre el destino de Checoslovaquia estaban excluidos los propios checoslovacos

Cualesquiera que fueran las angustias que atenazaran a Chamberlain, no tardó en animarse, como el resto de la comitiva británica, con la calurosa bienvenida que les esperaba en Múnich. Tras tomar tierra poco antes del mediodía, descendieron por la escalerilla del avión envueltos en una atronadora cacofonía de «Heils!», a la que siguió una versión bastante más piano del himno británico. Después los condujeron, en coches descapotables, por calles repletas de gente que los vitoreaba. A Chamberlain se le veía encantado, agitando su sombrero en las avenidas flanqueadas por brazos en alto. Su alegría contrastaba con el ánimo de Daladier, que había bajado del avión tres cuartos de hora antes, «sombrío, desasosegado», con la cabeza «hundida entre los hombros y el ceño profundamente fruncido».

La conferencia se celebró en el Führerbau, el cuartel muniqués de Hitler, situado en la esquina suroriental de la decimonónica Königsplatz. Era un edificio enorme, de tres pisos y planta rectangular, construido según los cánones del neoclasicismo nazi, con dos pórticos de estilo dórico donde ondeaban las banderas de los cuatro países. La alfombra roja tendida sobre los escalones condujo a los delegados hasta un amplio recibidor de mármol estridente. A François-Poncet, el interior le recordó al de «uno de esos modernos hoteles mastodónticos». Había una gran escalinata central, ornada de flores, que terminaba en una columnata. La reunión propiamente dicha iba a tener lugar en el despacho privado de Hitler, un salón no muy grande, con una mesa redonda rodeada por sillones bajos. En un extremo del salón había un escritorio. En el otro, una chimenea. Y sobre la repisa de la chimenea, un retrato de Bismarck, el hombre que dijo «el dueño de Bohemia es el dueño de Europa».

El desbarajuste

A pesar de toda la pompa y los cumplidos de rigor, la conferencia fue, según William Strang, «un desbarajuste». La eficacia alemana brilló por su ausencia, pues no había plumas, ni lápices, ni siquiera papel para los líderes ni sus acompañantes. A los funcionarios británicos esta manera de hacer las cosas los dejó atónitos. Wilson se quejó por tener que tomar notas «en trozos de papel» que rebuscaba en sus bolsillos, e Ivone Kirkpatrick recordaría después las carencias de las líneas telefónicas, en tan mal estado que la forma más rápida de comunicarse con el mundo exterior era mandar un coche con el mensaje al hotel donde se alojaban los británicos. Tampoco el ambiente invitaba a una discusión amistosa y pacífica. Como contó después Strang, el Führerbau estaba plagado de oficiales de las SS que entrechocaban sus talones y les preguntaban constantemente si necesitaban algo. Dunglass dijo que los habían conducido como a un rebaño de ovejas, como si estuvieran «bajo arresto».

placeholder29th september 1938, Munich conference. From left to right: Chamberlain, Daladier, Hitler, Mussolini, and Ciano pictured before signing the Munich Agreement, which gave the Sudetenland to Germany.
29th september 1938, Munich conference. From left to right: Chamberlain, Daladier, Hitler, Mussolini, and Ciano pictured before signing the Munich Agreement, which gave the Sudetenland to Germany.

Más chocante que la carencia de material de papelería fue que ni los británicos ni los franceses hicieran ningún esfuerzo, antes de la conferencia, para coordinar o, al menos, contrastar, las líneas que pensaban seguir. Tras llegar a su hotel poco antes del mediodía, Daladier reveló su estrategia a la delegación francesa en términos idénticos a lo que había venido siendo la política exterior del país desde que Alemania reocupara Renania: «Todo depende de los ingleses… no podemos hacer nada más que seguirlos». Pero los británicos desconocían esta postura. Wilson dijo: «No teníamos claro qué haría Daladier», y fue una mala suerte tremenda que al primer ministro francés le tocara sentarse «tan lejos» de Chamberlain durante la sesión de apertura de las negociaciones, porque eso no les permitió conversar.

Los alemanes, por el contrario, habían cerrado un plan para la cesión de los Sudetes. Lo compartieron con los italianos e incluso convencieron a Mussolini para que lo presentara en la conferencia como si fuera suyo. Aquella mañana del jueves 29 de septiembre, Hitler fue a esperar a Mussolini a Kufstein, en la frontera con Austria. Después, ambos dictadores partieron hacia Múnich en el tren especial de Hitler, donde este le fue explicando al italiano sus planes. «Pretende cargarse la Checoslovaquia que conocemos», anotó el conde Galeazzo Ciano en su diario:

«Porque su existencia vuelve inoperantes cuarenta divisiones suyas y le ata las manos frente a Francia. Cuando le baje, dice, los humos a los checoslovacos, con diez divisiones bastará para inmovilizar el país. El programa ya está fijado, tanto si la conferencia es un éxito a corto plazo o la solución pasa por las armas. «Además —añade—, llegará la hora en que tengamos que luchar unidos contra Francia e Inglaterra. Mejor que ocurra mientras el Duce y yo estamos al frente de nuestros países, jóvenes aún y llenos de vigor.»

El aspecto de las dos comitivas no era precisamente deslumbrante

Los estadistas se vieron las caras en un salón situado en la primera planta del Führerbau, poco después de las doce y media del mediodía. Los británicos fueron los primeros en llegar. Después lo hicieron los franceses. El aspecto de las dos comitivas, cuyos miembros vestían todos de oscuro con corbatas a rayas, no era precisamente deslumbrante. François-Poncet describió a Chamberlain como «encanecido, encorvado, dentón, con las cejas tupidas, con la cara llena de manchas y las manos enrojecidas por el reúma». Por su parte, Daladier, con su traje de raya diplomática y peinado con cortinilla, parecía un corredor de bolsa venido a menos. El contraste con la esplendente vulgaridad de los totalitarios era total. Göring, que había acompañado a Daladier desde su hotel, y que se cambiaría hasta en tres ocasiones de ropa durante la conferencia, empezó el día vestido con un uniforme oscuro y ceñido, repleto de galones y condecoraciones. Mussolini, «fundido con su uniforme, con el aspecto de un César, condescendiente, a gusto, como si estuviese en su propia casa», se pavoneaba sin parar, alzando la barbilla. Por fin, vestido también de uniforme, aunque más sencillo —la chaqueta marrón y los pantalones negros; la esvástica en el brazo y la cruz de hierro al pecho— hizo su entrada Hitler.

El lavado de cara

Chamberlain temió que el ceño fruncido del anfitrión «anunciase tormenta», pero enseguida se tranquilizó, cuando Hitler le obsequió con el doble apretón de manos que reservaba «para las manifestaciones especiales de amistad». En realidad, no tenía por qué preocuparse. Aunque es verdad que Hitler estaba crispado y no hizo nada para disimular su irritación ante esta «mini Liga de Naciones» que se reunía, como quien dice, en su propia casa, ya había tomado la decisión fundamental a favor de la paz. Los británicos y los franceses no solo habían capitulado y aceptado, en esencia, las demandas hechas el 18 de septiembre, sino que habían coaccionado a los checoslovacos para que hicieran otro tanto. Hitler estaba convencido, en contra de su preferencia por una guerra local, de la conveniencia de aceptar dicha capitulación. En este sentido, la Conferencia de Múnich fue solo una formalidad, un lavado de cara para los implicados.

Al oír esto, Hitler explotó y gritó, mientras golpeaba con el puño

El primer paso fue la aceptación, por parte de los británicos y de los franceses, de las exigencias planteadas por Mussolini (es decir, por Hitler) como «base para negociar». La cláusula primera estipulaba que la ocupación de los Sudetes empezaría el 1 de octubre —es decir, en dos días—, y la segunda, que se completaría el día 10. Chamberlain aceptó de inmediato la primera cláusula, pero expresó su preocupación sobre la conveniencia de aceptar la segunda cláusula sin el visto bueno de los checoslovacos. Al oír esto, Hitler explotó. Si los británicos y los franceses no estaban dispuestos a coaccionar a Checoslovaquia, entonces sería mejor que le dejaran a él hacer las cosas como quería, gritó, mientras se golpeaba la palma de la mano con el puño. Chamberlain reculó. Había solicitado oficialmente que estuviera presente en la conferencia un representante de Checoslovaquia, pero no se sentía capaz, tampoco Daladier, de presionar en ese sentido. Al contrario, los líderes democráticos dijeron que agradecían la insistencia de los alemanes en ocupar el país lo más rápidamente posible y Hitler se calmó.

placeholderChamberlain y Hitler en una cena en Munich en 1938
Chamberlain y Hitler en una cena en Munich en 1938

Tras un receso para un almuerzo tardío que Hitler y Mussolini compartieron sentados a la misma mesa, y los británicos y los franceses hicieron por separado, la conferencia se reanudó a las cuatro y media. A esta hora, las demandas italoalemanas ya habían sido traducidas a los distintos idiomas, y los líderes pudieron revisarlas punto por punto. Ya fuese porque buscaba salvar algo para los checoslovacos o por el respeto que le tenía a los derechos de propiedad, Chamberlain siguió planteando el asunto de la compensación por la pérdida de posesiones a la que se enfrentaban los checoslovacos en los Sudetes, e incluso preguntó si el ganado podría trasladarse desde las zonas ocupadas. Una vez más, Hitler perdió los estribos: «Nuestro tiempo es demasiado valioso para desperdiciarlo en semejantes trivialidades», vociferó, y no volvió a hablarse del asunto.

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El único de los líderes que parecía disfrutar era Mussolini. Aunque de vez en cuando dejaba ver cuánto le aburría ese «ambiente un tanto parlamentario», se regodeaba en su papel de tipo poderoso y, a diferencia de Hitler, tenía las habilidades lingüísticas necesarias para seguir el procedimiento en tiempo real.24 François-Poncet, a quien se le había permitido participar, junto con otros embajadores, en la segunda sesión, estaba fascinado con la relación que se había establecido entre los dos dictadores:

«Mussolini estaba cómodamente repantigado en su sillón. Sus rasgos, su expresión, no se quedaban quietos ni un instante. Su boca se ensanchaba con una inmensa sonrisa o se contraía de pronto en un puchero; sus cejas se alzaban sorprendidas o se fruncían, amenazadoras; sus ojos, por lo general curiosos, entretenidos, brillaban de repente con malignidad. A su lado, Hitler no paraba de mirarlo. Se quedaba como embobado, hipnotizado por el encanto del Duce. Si este se reía, también lo hacía Hitler. Si ponía cara de enojo, Hitler iba detrás. Era como un curso de mímica e imitación. Me dejó con la impresión duradera, y errónea, de que Mussolini ejercía una ascendencia fuerte, fija, sobre el Führer. En cualquier caso, ese día sí lo hizo».

Daladier se alejó en cuanto pudo de la presencia de Hitler y se desplomó en un sofá

Finalmente, el 29 de septiembre, bien entrada la noche, se alcanzó un acuerdo y la conferencia, ya disuelta, dio paso a charlas más informales. Según Ciano, Daladier no solo estaba simpático, sino también locuaz: «Dice que lo ocurrido aquí es consecuencia solo de la testarudez de Beneš, y culpa a los “belicistas” franceses de querer llevar al país a “una guerra absurda e imposible de asumir”». Pero casi todos los demás repararon tan solo en la evidente tristeza del primer ministro francés. Se alejó en cuanto pudo de la presencia de Hitler y se le vio desplomarse en un sofá con la esperanza de que la cerveza de Múnich lo recompusiese un poco.

Chamberlain, por el contrario, aprovechaba el momento de calma para desplegar toda su diplomacia. Estuvo analizando con Mussolini la situación en España y después le propuso a Hitler un encuentro entre los dos. Según el testimonio del propio Chamberlain, «Hitler aceptó encantado» y le pidió que lo visitase la mañana siguiente en su domicilio particular. Quien también aprovechó al máximo la pausa fue Göring. Tras avergonzar a Daladier haciéndole partícipe de su deseo de visitar París, el mariscal de campo —vestido en ese momento con uniforme blanco— se colocó frente al fuego, donde, además de impedir que el calor llegase a los demás, se dedicó a contar batallas y a soltar bromas. Hitler, mientras tanto, permanecía sentado en el sofá, ceñudo.

Una comedia de humor absurdo

Poco antes de las dos de la madrugada del 30 de septiembre de 1938, se firmó el Acuerdo de Múnich: un momento histórico que se convirtió en una comedia de humor absurdo cuando Hitler mojó la pluma en el ornado tintero para descubrir que dentro no había tinta. Para Göring y Mussolini, los orquestadores de la conferencia, fue un momento triunfal. El corpulento mariscal de campo dio una palmada de pura satisfacción y, en las imágenes del noticiero, se puede ver al Duce bromeando con sus anfitriones nazis. Chamberlain también estaba satisfecho. William Shirer, que lo observaba de camino al hotel, lo vio «muy complacido consigo mismo». Aunque luego reveló lo que pensaba en realidad cuando comparó al primer ministro con uno de esos negros buitres que había visto «sobre los cadáveres de los Parsi en Bombay».

Para los franceses, fue una humillación dolorosa. No habían dejado en ningún momento de asegurarle a Checoslovaquia que la defenderían y, ahora, Francia era responsable —junto con Reino Unido, Italia y Alemania— de entregar un quinto de su territorio y ochocientos mil de sus ciudadanos. «Así es como trata Francia a los únicos aliados que le han sido fieles», se lamentó, sarcásticamente, François-Poncet mientras revisaba los documentos. Mussolini intentó animar al primer ministro francés diciéndole que sus compatriotas lo recibirían con aplausos, pero Daladier no pareció darle mucho crédito. Declinó la proposición que le hicieron los británicos de llevar el acuerdo a Praga personalmente para que el Gobierno de allá le diera el visto bueno, e insistió en que el primer ministro británico lo acompañara a transmitirles la noticia a los «observadores» checoslovacos.

«Si no aceptan, tendrán que resolver sus problemas con Alemania, sin intermediarios»

Estos desgraciados caballeros —Hubert Masarˇík, secretario particular del ministro de Exteriores, y Vojte˘ch Mastný, representante diplomático de Checoslovaquia en Berlín— habían aterrizado temprano, por la tarde, en el aeropuerto muniqués de Oberwiesenfeld. Allí los esperaba la Gestapo, que los trató como a sospechosos habituales. Tras dejarlos en el hotel Regina (donde también se hospedaban los británicos), los pusieron bajo vigilancia policial y les prohibieron comunicarse con Praga y abandonar sus habitaciones. Sobre las diez de la noche, Horace Wilson y Frank Ashton-Gwatkin se presentaron ante ellos con un mapa de las zonas que los alemanes pretendían ocupar de inmediato. Los checoslovacos protestaron, pero los británicos fueron tajantes: «Si no aceptan, tendrán que resolver ustedes sus problemas con Alemania, sin intermediarios —les soltó Ashton-Gwatkin—. Los franceses, tal vez, se lo dirían de otro modo, más amablemente, pero, créanme: piensan los mismo que nosotros… Se han desentendido».

A las dos y cuarto de la madrugada, los diplomáticos checoslovacos fueron invitados a la suite de Chamberlain, donde se encontraron con los principales miembros de la delegación británica y con Alexis Léger, secretario general del Quai d’Orsay, François-Poncet y Daladier. Fue una reunión embarazosa. Se les dio a los checoslovacos una copia del documento, pero se les advirtió que no se esperaba de ellos ninguna declaración, puesto que el asunto se consideraba zanjado con el acuerdo. Daladier estaba tan taciturno que se negó a responder a cualquier pregunta y delegó en Léger la tarea de proporcionar explicaciones y excusas. Chamberlain, exhausto, no paraba de bostezar mientras Masar˘ík intentaba que le aclararan varios de los puntos. A Mastný se le saltaban las lágrimas. Cuando todo acabó, un grupo de reporteros esperaba a los franceses en el recibidor del hotel. «¿Monsieur le President, está usted satisfecho con el acuerdo?», preguntó uno. El toro de Vaucluse se dio la vuelta despacio para responder, pero las palabras no acudieron a su boca. Rendido, derrotado, «cruzó la puerta en silencio y a trompicones».

La delegación británica aún tenía trabajo por delante. William Strang no llevaba muchas horas dormido cuando lo despertó un mensaje del primer ministro. En él Chamberlain le comunicaba que estaba citado con Hitler y antes quería que prepararan una breve declaración sobre el futuro de las relaciones angloalemanas para que el Führer y él la firmaran. Arrastrándose como pudo fuera de la cama, Strang se las arregló para escribir tres párrafos —el segundo de los cuales reescribió Chamberlain— para antes del desayuno. El primer ministro y Dunglass se dirigieron después en coche hasta la segunda residencia de Hitler, en Prinzregentenplatz.

«Oh, no te lo tomes tan a pecho… Ese papel no significa absolutamente nada»

En el relato que le hizo posteriormente a su hermana Hilda de aquel encuentro, Chamberlain describió la conversación como «muy amistosa y agradable». El intérprete, Paul Schmidt, por el contrario, vio a Hitler «malhumorado» y ausente. Es verdad que fue el primer ministro quien llevó la iniciativa todo el tiempo y no paró de sacar temas (España, las relaciones económicas en Europa suroriental y el desarme aéreo…). Por fin se sacó del bolsillo la declaración conjunta, cuyo pasaje fundamental decía que los dos líderes consideraban el Acuerdo de Múnich «una manifestación del deseo de sus dos pueblos de no volver a enfrentarse nunca más en una guerra». Según Chamberlain, Hitler enseguida se mostró dispuesto a firmarlo, tras exclamar varias veces «¡Ja! ¡Ja!» mientras le leían la traducción. Schmidt recordaba, en cambio, que Hitler «dio el visto bueno a la declaración con cierta reticencia». Tanto si fue así como si no, la segunda impresión de Schmidt, la de que Hitler «estampó su firma solo por complacer a Chamberlain», era, sin duda, acertada. «El Führer sentía que no podía negarle eso», le contó el príncipe Philip de Hesse a Ciano unos días más tarde. El propio Hitler tuvo que tranquilizar a Ribbentrop esa misma tarde al respecto: «Oh, no te lo tomes tan a pecho… Ese papel no significa absolutamente nada».

El corazón en un puño

Mientras los hombres de Estado deliberaban en Baviera, los británicos de a pie esperaban con el corazón en un puño. Los preparativos de guerra continuaban al mismo ritmo y los trenes salían de Londres llenos de evacuados. Las oficinas de reclutamiento informaron de un constante flujo de voluntarios, y, en la catedral de Canterbury, los obreros emprendieron la delicada tarea de retirar las vidrieras del transepto sureste. Aquella noche, el 29 de septiembre de 1938, el Other Club (fundado por Churchill y por F. E. Smith, más tarde lord Birkenhead, en 1911) se reunió en el salón Pinafore del Savoy. Churchill estaba de un humor de perros. Se había pasado la tarde intentando reunir firmas para enviar un telegrama a Chamberlain en el que se le instase a que no abandonara a los checoslovacos, pero ni Anthony Eden ni Clement Attlee habían querido firmar.

Entonces se volvió hacia los dos ministros del Gabinete, Duff Cooper y Walter Elliot, que estaban allí, y les preguntó: «¿Cómo es posible que dos hombres de honor, con tanta experiencia y con un historial de guerra tan espléndido hayan consentido una política tan cobarde? Tan sórdida, miserable, inhumana y suicida». Cooper, que estaba ya bastante hundido, se defendió lo mejor que pudo. Insultó al profesor Lindemann y después, junto a Bob Boothby, al editor del Observer, el partidario del apaciguamiento J. L. Garvin. Garvin se ofendió y abandonó el salón hecho una furia; no volvió al club en seis años. «Entonces todos empezaron a insultarse entre sí y Winston terminó diciendo que en las próximas elecciones generales hablaría en todos los mítines socialistas contra el Gobierno», apuntó Cooper en su diario.

placeholderWinston Churchill.
Winston Churchill.

Sobre la una de la madrugada, alguien fue a toda prisa hasta Strand para comprar la primera edición de los periódicos de la mañana, que incluían ya un resumen amplio del acuerdo alcanzado en Múnich. Cooper se ruborizó al leer las condiciones. «No puedo con esto —le dijo a Boothby—, voy a dimitir.» Cuando la cena se dio por terminada, Churchill salió del local junto al joven diputado conservador Richard Law. Fuera, se detuvieron un momento frente a un restaurante repleto de comensales dichosos. «¡Pobre gente! —señaló Churchill—. Ni se imaginan lo que les espera.»

El avión de Chamberlain aterrizó poco después de las cinco y media de la tarde, el 30 de septiembre de 1938. Acababa de caer un aguacero, pero nada podía enfriar el entusiasmo de la multitud que se había reunido no solo en Heston, sino a lo largo de la Great West Road. Cuando la portezuela del avión se abrió y apareció Chamberlain, la ovación fue inmensa, seguida de tres hurras, luego tres más y después otros tres. El Daily Express había sintetizado muy bien el júbilo y el alivio en su primera plana de aquel día; solo una palabra, escrita en mayúsculas y con letras enormes: «PAZ». El primer ministro se fue preparando para revelarle al país y al mundo entero el alcance de la paz que les había traído. Frente a un aluvión de micrófonos y cámaras, declaró que «el acuerdo para resolver el problema checoslovaco… es, en mi opinión, solo el preludio de un gran acuerdo que traerá la paz a toda Europa». Luego levantó la fina hoja de papel, que ondeaba con el viento, y leyó la declaración firmada, «por el canciller alemán, Herr Hitler», dijo, «y por mí».

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Cuando la puerta del avión se abrió y apareció Chamberlain, la ovación fue inmensa

Después lo condujeron al palacio de Buckingham, donde el rey lo invitó, a él y a su esposa, a salir con la pareja real al balcón para recibir el aplauso de una inmensa multitud. Fue un acto del todo inconstitucional, pero muy popular. «Rule Britannia» y «For He’s a Jolly Good Fellow» sonaron en la explanada, mientras las cuatro figuras sonreían y saludaban con la mano. El rey invitó mediante un gesto a Chamberlain a que diera un paso al frente, y el primer ministro se regodeó en la adulación, a solas, durante dos minutos por lo menos. El periodista de la BBC, Tommy Woodroffe, trató de transmitir la emoción a sus oyentes mientras el coche del primer ministro se abría paso a duras penas desde el palacio de Buckingham a Downing Street:

«Aquí llega, precedido por dos agentes de la policía montada. Y el coche no puede casi doblar la esquina porque la multitud se lo impide. La gente está muy emocionada. Es una de las cosas más impresionantes que he visto nunca: una bienvenida completamente espontánea a un hombre que ha hecho lo mejor para su país. Es maravilloso ver a la gente así: gente de toda condición a la que nadie le ha pedido que venga, nadie, pero que ha querido estar aquí, estar presente.

«Se diría que hemos conseguido una gran victoria, y no que hemos traicionado a un pequeño país», comentó Orme Sargent, mientras veía el recibimiento desde el balcón del Ministerio de Exteriores.

Ya en el número 10 de Downing Street, Dunglass oyó a alguien repetir lo que Annie Chamberlain le dijo a su marido antes del viaje, lo de asomarse a la ventana y recrear el discurso triunfalista de Disraeli sobre «la paz con honor». Una vez más, Chamberlain puso reparos, pero, mientras subía las escaleras, cambió de idea. A las 19.27, la ventana del primer piso se abrió y el primer ministro apareció y pronunció las palabras que, desde entonces, habrían de perseguirle, a él y a su reputación, para siempre:

«Amigos, mis buenos amigos, esta es la segunda vez en nuestra historia que llega a Downing Street, desde Berlín, la paz con honor. Creo que es la paz para nuestra era. Os damos las gracias desde lo más profundo de nuestro corazón. Ahora os pido que volváis a vuestras casas y que os vayáis a dormir tranquilos».

Tragedia en Praga

El contraste con las escenas vividas en Praga fue trágico. A las 6.20 del 30 de septiembre, el encargado de negocios de la embajada de Alemania sacó de la cama a Kamil Krofta, el ministro checoslovaco de Exteriores, para decirle que la ocupación del país empezaría a medianoche. Beneš estaba en el baño cuando se enteró de la noticia. «Es una traición que lleva su propio castigo —predijo—. Creen [las democracias occidentales] que se han salvado de la guerra y de la revolución a costa nuestra. Pero están en un error.»

Entregar un Estado soberano de esta manera… Nos han abandonado y traicionado

Por un momento, el presidente pensó en resistir y le pidió consejo a Moscú. Pero, a mediodía, el Gobierno había sucumbido. En el Consejo para la Defensa de la República, Beneš declaró, con lágrimas en los ojos, que no había ningún otro caso igual en la historia: «Entregar un Estado soberano de esta manera… Nos han abandonado y traicionado». El líder del Partido Comunista, Klement Gottwald, estaba deseoso de luchar y alentó a sus colegas recordándoles que incluso los «etíopes descalzos» habían tenido el coraje necesario para enfrentarse a los italianos. Pero la comparación, insistió Beneš, no era acertada: «No es Hitler quien nos ha derrotado —dijo—, sino nuestros amigos».

placeholderSoldados nazis en Praga en marzo de 1939
Soldados nazis en Praga en marzo de 1939

Ya bien entrada la tarde, el primer ministro, el general Jan Syrový, se dirigió por radio a la nación. La multitud lo escuchó en silencio, llorosa, decir la cruda verdad a través de los altavoces instalados en la plaza de Wenceslao: que lo único que podían hacer era elegir entre la capitulación o «sacrificar la vida de nuestras mujeres y niños». Cuando el himno nacional estaba acabando, una oleada de rabia e indignación se extendió por la multitud. Todos, en masa, se dirigieron al castillo Hradc˘any, gritando: «¡No, no, no!», «¡Fuera Beneš!», y «¡Viva Checoslovaquia!».

Era esta clase de bienvenida la que temía Daladier. Sin embargo, los partisanos lo recibieron como si fuera un auténtico héroe, un conquistador. Bonnet, que no quiso ni escuchar lo que François-Poncet le leía sobre los puntos del Acuerdo de Múnich —«la paz está asegurada», le interrumpió, «eso es lo principal»— se las arregló para que el camino que iba a recorrer el coche de Daladier desde el aeropuerto de Le Bourget estuviera repleto de gente, y que por la radio se oyeran sus «Vive Daladier!» y «Vive la paix!». El primer ministro pensó que esta alegría era fruto de la falta de información, pero cuatro días después defendió el acuerdo en el Congreso de los Diputados, declarando que no «lamentaba nada» y calificándolo de «victoria moral de la paz». Después de un debate que solo duró seis horas, los diputados, con excepción de los comunistas y de dos de derechas, se pusieron de acuerdo y, cuando se votó, el Gobierno se aseguró una mayoría de 535 votos a favor por 75 en contra.

Debate en Londres

En Londres, el debate parlamentario sobre el Acuerdo de Múnich duró cuatro días y empezó con el discurso de dimisión de Duff Cooper. «El primer ministro ha creído que podía abordar a Hitler con el dulce lenguaje de la mesura —dijo, desde la banca de Santa Helena, bajo el pasillo—. Yo creo, en cambio, que el lenguaje que verdaderamente entiende es el de la amenaza pura y dura.» Más tarde les confesó a sus colegas que lo que no podía tragar era lo de la «paz con honor». Si Chamberlain hubiera vuelto de «Múnich diciendo “paz con un deshonor terrible, injustificable, sin parangón”, quizá habría podido dejarlo pasar. Pero ¡paz con honor!». Otros ministros compartían su punto de vista, aunque no tanto como para seguir sus pasos y presentar la dimisión. Harry Crookshank, que pensaba que Chamberlain era un tonto a quien le había «sorbido el seso» un chiflado, llegó a enviar su carta de renuncia, pero luego se dejó convencer para retractarse. El resto —Stanley, De La Warr, Elliot, Winterton y Bernays— no llegaron tan lejos como para escribir ni siquiera una carta.

placeholderChamberlain muestra a su regreso a Londres en 1939 la declaración firmada con Hitler que auguraba 'paz para nuestro tiempo'
Chamberlain muestra a su regreso a Londres en 1939 la declaración firmada con Hitler que auguraba ‘paz para nuestro tiempo’

El debate que siguió a la intervención de Cooper fue uno de los más apasionados y polarizados de la moderna historia parlamentaria. Clement Attlee fue quien abrió fuego primero, desde la oposición. Atacó lo que definía como «una victoria de la fuerza bruta, del más despiadado despotismo», y una traición a «un pueblo civilizado, refinado y democrático». Después habló el líder de los liberales, Archie Sinclair, que acusó a Chamberlain de «desfallecer» ante las amenazas nazis y de tirar a la basura «la justicia y el respeto que se les debe a los tratados». A las opiniones contrarias les dio voz Victor Raikes, un diputado de derechas y aislacionista, que alabó profusamente el acuerdo y profetizó que el primer ministro pasaría a la historia «como uno de los hombres de Estado más grandes de nuestra época».

Chamberlain habló al principio del debate y recibió muestras de gratitud de gran parte de la Cámara. Pero fue la crítica procedente de su propio partido lo que llamó más la atención. ¿Realmente creían —preguntó Richard Law, un hijo de un primer ministro que siempre había apoyado al Gobierno— «que hombres como esos, que han llegado al poder mediante la violencia y la traición, que se han mantenido en él mediante la violencia y la traición, y cuyos grandes triunfos se los deben a la violencia y a la traición, van a caer de pronto rendidos ante el magnetismo del primer ministro… van a creer de pronto que la violencia y la traición no son el camino?». Era verdad, afirmó lord Cranborne, que se había conseguido salvar la paz temporalmente, pero solo «arrojando a los lobos un pequeño país cuyo coraje y dignidad ante provocaciones casi intolerables han sido una revelación y una inspiración para todos nosotros». Para Leo Amery, Múnich era simplemente «la victoria más grande, y más barata, que el militarismo agresivo había logrado jamás».

«Era la victoria más grande y barata que el militarismo agresivo había logrado jamás»

Cuando Churchill habló, el tercer día, la indisciplina campaba por la Cámara. «Hemos sufrido una derrota absoluta, inexcusable», declaró. «Tonterías», gritó Nancy Astor. Churchill prosiguió: ¿qué había conseguido en realidad el primer ministro?, se preguntaba. «¡Paz!», chillaron a coro los diputados tories. Pero a Churchill no lo arredraban los gritos. Lo que el Acuerdo de Múnich había conseguido, insistió, era que el dictador alemán, «en lugar de arrancar los pedazos de carne con las manos y directamente de la mesa, condescendiera a que le sirviesen los platos, y en el orden debido». Todo había acabado ya: «En silencio, con pesadumbre, abandonada, rota, Checoslovaquia se hunde en la oscuridad». No envidiaba, dijo, el evidente peso que el pueblo británico se había quitado de encima; no quería perturbar su paz, pero debían conocer la verdad:

«Deben saber que hemos sufrido una derrota sin guerra, cuyas consecuencias nos acompañarán durante mucho tiempo. Deben saber que hemos sobrepasado un límite, que el equilibrio de Europa ha saltado por los aires, y que han sido pronunciadas ya, contra las democracias occidentales, aquellas palabras infaustas: «Pesado te han en la balanza, falto de peso te han hallado». Y no creer que esto es el final, puesto que es solo el principio, el principio del ajuste de cuentas. Esto es solo el primer trago, el anticipo de una copa llena de amargura que nos será ofrecida un año tras otro a menos que, gracias a un supremo esfuerzo, recuperemos la salud moral, el vigor marcial, nos alcemos de nuevo y defendamos con firmeza la libertad, como antaño hicimos».

Churchill ‘Demóstenes’

A pesar de esta elocuencia «digna de un Demóstenes», los tories disidentes se enfrentaban a un dilema: ¿se atreverían a abstenerse o incluso a votar en contra del Gobierno? Desde el fin de semana no habían dejado de circular rumores sobre las intenciones de Chamberlain de aprovechar la euforia posterior a Múnich para convocar unas elecciones generales, y privar del «aval» del partido a los diputados sospechosos de no apoyarle, o hacer que otros candidatos «oficiales» compitiesen con ellos. Tanto alarmó esto a Harold MacMillan, que se fue en busca del portavoz de Asuntos Exteriores laborista, Hugh Dalton, para rogarle que la moción de censura que iban a presentar no fuese tan extrema como para empujarles a ellos, los diputados tories rebeldes, a ponerse del lado del Gobierno. Dalton le prometió hacerlo lo mejor posible. Incluso dejó claro que quizá podía alcanzarse un pacto para que, en caso de ir a elecciones, los socialistas les abrieran las puertas a los conservadores que estaban en contra del apaciguamiento. Por fortuna, eso no fue necesario. Enfadado a causa de los rumores, sir Sidney Herbert —un diputado tory muy respetado, que había sido herido en la Primera Guerra Mundial y se estaba muriendo— decidió intervenir, cosa muy rara en él, para denunciar rotundamente la pretensión de convocar unas «elecciones de la lealtad», y conminar al Gobierno a que empleara el tiempo en rearmar el país.

El efecto que produjo el discurso de un hombre como este, que «representaba la tradición conservadora en toda su pureza», y que habló con las facultades físicas muy mermadas, fue tremendo. Los chismes sobre la disolución de la Cámara se evaporaron y, cuando Chamberlain volvió a intervenir, el cuarto día del debate, dejó muy claro que las elecciones generales no estaban en su agenda. Los rebeldes conservadores se vinieron arriba. Sin embargo, seguían divididos, sin saber si debían votar en contra del Gobierno (como quería Churchill) o simplemente abstenerse (que era hasta donde Eden y Amery estaban dispuestos a llegar). Al final decidieron que era mejor presentarse como un frente unido y abstenerse en bloque que dejar que algunos diputados pasasen al grupo de la oposición mientras otros conservaban sus escaños. Pero ni siquiera entonces la postura contra el Gobierno que mantenían algunos y de la que acabarían aprovechándose, con su reputación de detractores del apaciguamiento y del Acuerdo de Múnich, era tan firme como después quisieron hacer ver. Amery, por ejemplo, le confesó a Chamberlain, después de que este diera su discurso de cierre —un triunfo, a juicio de la mayoría— que tanto él como Eden estuvieron tentados de apoyarle al final, pero sentían que no podía defraudar a sus amigos. En el recuento de votos, fueron menos de treinta los tories que negaron los diputados que votaron a favor del acuerdo.

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El de Múnich fue —y sigue siendo— uno de los acuerdos más polémicos de la historia

El de Múnich fue —y sigue siendo— uno de los acuerdos más polémicos de la historia. Una rendición deshonrosa, «un triunfo de lo mejor y más elevado que hay en nosotros», un «respiro» para prepararse: la discusión se ha prolongado más de ochenta años. Lo que nadie niega es el desastre que supuso para el Estado checoslovaco, que perdió casi dieciocho mil kilómetros cuadrados de territorio, donde vivían 2,8 millones de alemanes y 800.000 checoslovacos. También perdió sus fortificaciones y la mayor parte de sus recursos naturales. Su capacidad para la defensa desapareció y el futuro del reducido estado —a pesar de contar con la «garantía» de las potencias de Múnich— se volvió, siendo muy generosos, precario. Para aquellos alemanes de los Sudetes que apoyaban el régimen nazi, fue una fiesta. Pero poco se alegraron los cuatrocientos mil socialdemócratas, los refugiados comunistas o los judíos. El único consuelo que les quedaba a los checoslovacos —aunque solo podría apreciarse en retrospectiva— era que al aceptar pacíficamente las exigencias alemanas evitaron la guerra devastadora y la brutal ocupación que sufrieron los polacos, que sí resistieron, «apoyados» por las democracias occidentales. Los checoslovacos sufrieron bajo el régimen nazi, pero los polacos sufrieron más.

Para Hitler, Múnich fue, al menos en apariencia, un éxito. Obtuvo todo lo que había exigido en Godesberg —la única diferencia era, como muy bien señaló Churchill, que la ocupación se había llevado a cabo por etapas, a lo largo de diez días, en lugar de desarrollarse de una sola vez. Por supuesto, lo que Hitler buscaba era una guerra local, ya que eso le habría permitido anexionarse el país entero. De modo que, casi inmediatamente después de haber firmado el pacto, empezó a arrepentirse. «Ese fulano [Chamberlain] me ha estropeado mi entrada triunfal en Praga», se quejó poco después. Pero esto no afecta para nada al hecho de que había conseguido su objetivo declarado. Había exigido los Sudetes el 1 de octubre y a finales de septiembre los tenía. Además, las fronteras del Reich se habían expandido y el poder alemán era mucho mayor. La debilidad de las democracias occidentales quedó al descubierto, y el prestigio y la popularidad del Führer alcanzaron nuevas cotas.

Por último, la Conferencia de Múnich echó por tierra un complot que la oposición alemana estaba preparando para quitar a Hitler del cargo en cuanto diese la orden de marchar, pero esto, claro, no se sabía. Es dudoso que esta acción, prevista para el 15 de septiembre y dirigida por el jefe del Estado Mayor, el general Franz Halder, hubiera prosperado. De lo que no cabe duda es que la iniciativa murió en el mismo momento en que los dirigentes occidentales decidieron abordar sus aviones. «Estábamos seguros de que tendríamos éxito —contó Halder en los juicios de Nuremberg—. Pero apareció el Sr. Chamberlain y el peligro de guerra se esfumó de golpe… El momento crítico no llegó.»

¿Un año de respiro?

Según las potencias occidentales, el principal argumento a favor del Acuerdo de Múnich era que ni Reino Unido ni Francia estaban en condiciones de afrontar una guerra en 1938 y el pacto les garantizó un año más de preparación —el llamado «respiro»—. «Gracias a Dios que apareció Múnich», escribió Harold Balfour, subsecretario del Aire durante el Gobierno de Chamberlain, al recordar que en el otoño de 1938 Reino Unido solo tenía dos cazas Spitfires operativos y algunos Hurricanes.66 Balfour tenía razón, desde luego. Los Spitfires, los Hurricanes y el RADAR —que fueron determinantes para la victoria local en la batalla de Inglaterra— no estaba listo en 1938 y sí en 1939. Lo que este argumento pasa por alto, sin embargo, es que Alemania no estaba tampoco en condiciones de emprender la batalla de Inglaterra en 1938. No solo porque —como probaron los acontecimientos de 1939 y 1940— necesitaba derrotar antes a sus vecinos para asegurarse el espacio aéreo de las costas del Canal, antes de volver la vista hacia Reino Unido, sino porque en 1938 la Luftwaffe no estaba equipada para realizar misiones de combate y bombardeos a larga distancia.

Los líderes occidentales lo ignoraban, claro. A muchos de ellos los engañó la propaganda alemana. La fuerza aérea francesa perdería el 40 por ciento de sus aparatos tan solo en el primer mes de guerra, declaró el general Joseph Vuillemin, jefe del Estado Mayor del Aire, tras volver de su visita de seis días a las instalaciones de la Luftwaffe, en agosto de 1938. Para impresionarlo los alemanes fueron llevando los pocos aviones operativos y relucientes que tenían de aeródromo en aeródromo en cuanto el general francés se marchaba de uno para visitar el siguiente. Es cierto que el estado de la fuerza aérea francesa era penoso. En septiembre de 1938, solo 700 de sus 1.126 aparatos eran operativos, y menos de 50 eran aviones de última generación. Frente a esto, Alemania contaba, según estimaciones del Deuxième Bureau, con unos 2.760 aparatos, entre los que había 1.368 bombarderos. Lo que no vieron los franceses, sin embargo —en parte por culpa de las predicciones apocalípticas del famoso aviador estadounidense, el coronel Charles Lindbergh—, era la gran cantidad de esos aparatos que no estaban operativos. De hecho, de los 2.760, solo 1.699 podrían haber surcado los cielos en septiembre de 1938.68 Y lo más importante de todo: solo había ocho divisiones alemanas en el frente occidental, frente a las veintitrés de los franceses (esto sí lo sabía el Deuxième Bureau), y en el muro occidental solo una de las fortificaciones estaba acabada. Por último, aunque raramente se tenga en cuenta, había treinta y cuatro divisiones checoslovacas bien equipadas y dispuestas a darlo todo.

Los alemanes no estaban listos para librar una guerra de grandes proporciones en 1938

La realidad era que los alemanes —como bien sabían los servicios de inteligencia británicos y franceses— no estaban listos para librar una guerra de grandes proporciones en 1938 y se habrían visto muy apurados, si no totalmente a merced, en el caso de que Reino Unido, Francia y la Unión Soviética se hubieran unido para defender a Checoslovaquia. «De ninguna manera —dijo en Nuremberg, en calidad de imputado, el general Alfred Jodl, cuando le preguntaron sobre si Alemania habría tenido alguna oportunidad real de vencer a Francia y Reino Unido en septiembre de 1938—, con cinco divisiones de combate y algunas de reserva en el muro occidental, donde apenas se había terminado de construir alguna fortificación, no habríamos podido contener a cien divisiones francesas. Es del todo imposible, desde el punto de vista militar.» Tampoco lo veía muy claro el Comando Supremo alemán con respecto a las defensas checoslovacas. «Si hubiera estallado una guerra —explicaba el mariscal de campo Erich von Manstein en 1946 (que, a diferencia de Jodl, no se estaba enfrentando a la pena de muerte)—, no habríamos podido defender ni nuestra frontera occidental ni nuestra frontera con Polonia. Y, sin duda, los checoslovacos nos habrían parado los pies. No habríamos podido traspasar su línea de fortificaciones.»

Esto no quita importancia, claro, a las enormes carencias militares de las potencias occidentales, ni niega que el año que se ganó gracias a Múnich sirviera para acometer un rearme muy necesario. El problema fue que «el respiro» también se les dio a los alemanes, que lo utilizaron para acelerar al máximo su propio rearme y para terminar el muro occidental. Además, el botín que les proporcionó la anexión de los Sudetes fue considerable: un millón y medio de rifles, setecientos cincuenta aviones, seiscientos tanques, dos mil piezas de artillería, por no hablar de la madera y otras materias primas. De modo que, mientras las potencias occidentales progresaban a muy buen ritmo durante ese «año extra», los alemanes lo hacían aún más rápidamente, hasta sobrepasar con mucho a los británicos y franceses en sus efectivos terrestres y, en menor medida, en los aéreos. Pero el gran argumento que esgrimen los defensores del Acuerdo de Múnich es que, en aquel momento, una guerra por Checoslovaquia habría dividido a la opinión pública británica y a la francesa, además de que Reino Unido no habría podido contar con el apoyo de los Dominios, todos los cuales habían manifestado una fuerte oposición a la guerra.

Contra esto, sin embargo, se puede argumentar que deben sopesarse bien las consecuencias de renunciar a una «Gran Alianza» con la Unión Soviética frente a la Alemania nazi (que era lo que defendía Churchill). De no haber sido así, Alemania habría tenido que luchar contra dos frentes desde el principio mismo de la guerra. Desde luego que no faltaban los motivos para desconfiar de Stalin (como Churchill vio después), pero había muchos más motivos para desconfiar de Hitler, cuya palabra no dudó en aceptar Chamberlain. Litvínov no dejó de reiterar la determinación de defender a los checoslovacos que tenía la URSS —siempre en el marco del tratado que habían firmado los dos países, según el cual los soviéticos intervendrían si Francia lo hacía primero—. También dejó muy claro que, si esta oportunidad de neutralizar la agresión alemana se perdía, la Unión Soviética adoptaría una postura aislacionista. Sin duda, no faltaban las dificultades prácticas para contar con la ayuda de los rusos, principalmente porque la URSS no compartía frontera con Checoslovaquia, y a Polonia y Rumanía no les hacía ninguna gracia permitir que el Ejército Rojo atravesase su territorio. Pero cuando la crisis empeoró, los rumanos empezaron a insinuar que los aviones soviéticos sí podían surcar su espacio aéreo, y la ayuda soviética en ese momento habría sido muy valiosa. En marzo, Litvínov había prometido a Beneš un mínimo de mil aeroplanos y, entre el 21 y el 24 de septiembre, las fuerzas armadas soviéticas iniciaron una movilización parcial que comprendía trescientos treinta mil hombres. Pero fue en vano. Los británicos y los franceses no dejaron de rechazar la ayuda soviética durante toda la crisis y, cuando llegó la Conferencia de Múnich, tanto los rusos como los checoslovacos quedaron excluidos. La estrategia de seguridad colectiva propuesta por Litvínov fracasó, y en el Kremlin empezaron a contemplar la alternativa más evidente: un pacto con la Alemania nazi.

Fue vital también que Múnich convenciera a Hitler de que las potencias occidentales nunca le plantarían cara y seguirían satisfaciendo sus demandas. «Chamberlain tembló como un flan cuando pronuncié la palabra guerra. Cómo va a ser peligroso alguien así», se oyó decir al Führer en tono burlón poco después de la firma del acuerdo.73 Más tarde, cuando tuvo que arengar a sus generales antes de la campaña polaca, dijo: «Nuestros enemigos no son más que gusanos, fáciles de aplastar. Lo comprobé en Múnich». Fue un error de cálculo cuyas consecuencias acabaría sufriendo el mundo entero.

Origen: Historia: «Gusanos fáciles de aplastar»: así Hitler humilló a Chamberlain en Múnich 1939

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